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Acosta Solís Misael

Seguramente no hay ecuatoriano que haya escrito tanto, investigado, tanto y recorrido sabanas, selvas, páramos y montañas de nuestra patria y que, a poco de cumplir 80 años, planifique a futuro la redacción y publicación de otros tantos volúmenes científicos, la ascensión al Chimborazo, la elaboración 62 mil fichas bibliográficas y de otras 22 mil para su herbario. Seguramente ningún Ecuatoriano ha dado a conocer mundialmente al país como lo ha hecho este Ambateño. ¿Quién es Misael Acosta Solis?. ¿De dónde extrae esa energía? ¿Cuál ha sido su aporte al mundo de la ciencia?

“Soy naturalista de nacimiento, desde chico coleccionaba hojas, caracoles, conchas, raíces…cuando se podía recolectar”, cuenta don Misael mientras me concede la oportunidad excepcional de ingresar por unas horas en el mundo fascinante en el que vive; alimentándose por épocas sólo de maíz tostado en tiesto sin grasa, de capulíes y chochos, acostándose con papel y lápiz en la mano y despertándose sobresaltado cuando le vence el sueño por más de tres horas, “porque tengo susto de no terminar a tiempo los tres últimos volúmenes de la Enciclopedia de Botánica Económica que debo entregar al Banco Central”. Esta tiene 5.000 páginas de texto, grabados y fotografías y por la que le pagan cincuenta mil sucres mensuales durante las 36 meses que dura el contrato, como él dice: “Un chofer del banco gana S/. 85.000”.

Profeta de la ecología
A fines de 1920 deja su terruño, Ambato, para obtener en la universidad Central su doctorado en Ciencias Naturales convirtiéndose en el primer doctor en esta especialidad de este siglo. Hoy posee la biblioteca de Ciencias Naturales más grandes del país y aspira llenar 62.000 fichas bibliográficas antes de vendérsela al Banco Central.

Desde hace medio siglo el científico viene predicando en la mente desierta de sus coterráneos, la propagación dirigida de las especies nativas que deben poblar los páramos, las sabanas, la selva oriental, para evitar la destrucción de nuestra ecología. “A los cincuenta años de campaña, han comenzado los técnicos de varias entidades particulares (extranjeras y nacionales), a ensayar la reproducción de algunas especies andinas, como: pantzas, quinuas o yaguales, el arrayán, los alisos. En la costa dos compañías extranjeras van a retomar la siembra de la tagua; se descubrió que el fruto tierno es buen forraje”.

Su preocupación por la erosión de algunas zonas del callejón interandino y la desertización de la Península de Santa Elena le llevó a experimentar en su única propiedad, una finca situada en la línea equinoccial, la adaptación de plantas para proteger los suelos secos.

Desde hace cuarenta años viene advirtiendo que es un error sembrar eucaliptos y sauces donde no hay capas freáticas bajo tierra. La chilca, el molle, el chamano por tener potentes sistemas radiculares son los mejores y el sigse, con sus raíces cual cabelleras de mujer, es ideal.

Investiga el fenómeno de la erosión y descubre un cuarto elemento que la produce: el sol (patentada mundialmente y denominada por la erosión heliólica). “Observé que el soles allí tan fuerte y tan potente que al calentar en la mañana las laderas (graníticas o arenosas), al mediodía se dilatan las partículas y empieza a resbalar la tierra, completando la erosión el viento”. El maestro habla tratando de ganarle a la velocidad de la luz, con excelente sintaxis, precisión de fechas y nomenclatura griega y latina, posee además una memoria fotográfica. “La gente no cae en cuenta que en el Ecuador nacieron dos ciencias: la fitogeografía y la vulcanología”. La primera por la expedición de Humboldt y la segunda cuando vinieron dos alemanes, Wilhelm Reiss y Adolf Stübell (187C) a estudiar los volcanes. (Acosta posee el único ejemplar de este trabajo y lo está haciendo traducir del alemán al castellano).

Subía montañas como perro
En 1986 ascendió el Carihuairazo, en el 87 Tungurahua, en el 88 hasta el refugio del Cayambe.
“Hemos recogido y recolectado plantas, sacado altitudes, pero como los años no perdonan he notado que en los últimos tiempos, ya me he cansado. Toda la vida que subía montañas iba, como decían los alemanes, como perro, siempre adelante. ‘Espere, espere, no se adelante’, me decían y yo seguía adelante. ¡Suban!, les gritaba yo, no descansen porque es malo hacerlo en medio de una ascensión”. Tiene una salud de hierro y ha enterrado a algunos de sus coexpedicionarios que murieron sobre el caballo por efectos del soroche o de la papacara. “Pero noto que al cumplir los 80 años la respiración, el esfuerzo es mayor. El último refugio que tendré que subir a fines de este año, es el de Whimper del Chimborazo, cuando termine el octavo volumen de la obra que estoy escribiendo”.

La etapa decisiva fue cuando lo designaron jefe de expediciones de la oficina de guerra económica de la embajada de los Estados Unidos (1941 – 1945). Don Misael tuvo la misión de detectar los sembríos de chinchona o cascarilla de los países andinos, para extraer la quinina que los aliados necesitaban de urgencia.
“Antes de viajar me preparaba leyendo a los cronistas, por allí leí que los mercedarios habían explotado caucho hace 200 años detrás del Cayambe y, donde hay caucho hay también cascarilla y así fue”. Entre sus actividades está el haber dirigido más de 250 expediciones científicas.

Reconocido mundialmente
El investigador es además periodista científico, la sociedad Interamericana de Prensa le concedió el premio Reitemeyer  en 1966 por sus miles de artículos publicados en El Comercio, El Telégrafo y El Tiempo. Innumerables entidades científicas europeas y americanas lo han distinguido a lo largo de los años por sus contribuciones a la Botánica Médica, por su campaña realizada a favor de la “Protección de la Naturaleza y la Conservación de las Tierras en América Latina”, por sus obras de fitogeografía, historia, recursos naturales, etc. En 1986 recibió el accésit o pre reconocimiento como candidato al Premio de Ciencias “Albert Einstein” que otorga el Instituto Real de Tecnología de Estocolmo. “No pierdo las esperanzas de obtenerlo, dice optimista, Gabriela Mistral y Neruda esperaron años para el Nobel”.

Consultado por técnicos israelitas en materia de plantas de desierto, aclamado por la Universidad de Michigan donde fue becado para un postgrado en Recursos Naturales y Bosques. Sus colecciones botánicas, en especial la xiloteca (Colección de 22 mil fichas de maderas preparadas, con su correspondiente herbario forestal), es considerada como la mejor y más completa del mundo. Todas ellas reposan en museos y herbarios del mundo entero: Smithsonian Institute de Washington, Universidad de Michigan, Escuela Forestal de Yale, Museo Field de Chicago, Forest Products Laboratory de Madison, Museo Botánico de Berlín, Herbario de la Universidad de Gotemburgo, Suecia, etc. “En el extranjero me han reconocido, musita compungido, pero aquí no he tenido apoyo, nadie entendía en qué consistía la anatomía de maderas. Fundé el departamento forestal del Ministerio  de Agricultura: ¡Imagínese! 22 mil fichas de colección de maderas desaparecieron cuando salí del ministerio. ¡Qué desgracia! Felizmente tuve el acierto de prepararlas en quintuplicado enviándolas a distintas universidades, si no lo hacía, yo asomaba como mentiroso. La envidia, el egoísmo, la desidia es lo que me impide que el Ecuatoriano brille en su tierra. Tuve un alumno en quien puse mi esperanza, pero como buen serrano pobre dejó la profesión para hacer dinero; no le sirvió de nada, al final murió joven y rico”.

El Gobierno Ecuatoriano le ha otorgado varias condecoraciones desde 1927, entre las que destacan la de Gran Oficial en 1951 y la de Comendador en 1982. Fue declarado Decano de los Naturalistas y Botánico Oficial por el Congreso Nacional en 1969. Hace poco se enteró por la prensa que había sido galardonado con el Premio Eugenio Espejo. Ninguna de las preseas nacionales le ha reportado un centavo.

Una familia singular
Misael Acosta Solís es también un hombre de carne y hueso, su primera esposa con quien tuvo dos hijos se divorció de él “porque no pudo sostener mi ritmo de vida; nunca he tomado vacaciones, yo era profesor universitario y vivía en la Universidad, no es como ahora que terminan de dar clases y se van”.

Confiesa que fue mal matemático y no se explica cómo, su primogénito, Wilson (PHD), resultó medio genio, reside en los Estados Unidos donde hace los cálculos físico matemáticos del satélite andino.

Cinco años vivió solo, hasta que se enamoró de los ojos camaleónicos de Beatriz, “cosa rara pero sus ojos son en la mañana verdes, pasado el mediodía violetas y a la tarde vuelven a su color original”.

Se casó con esos ojos y tiene tres hijos; Misael arquitecto, Luis Fernando ingeniero, Grace, que ha sido su mano derecha, está por doctorarse en Biología.

¿Y su esposa – le pregunto –, qué hace?. “Atender al loquito, darle de comer, ver que salga vestido”, responde socarronamente, mostrando las ventanas de su dentadura.

La familia ha sufrido un gran impacto, luego de vivir 26 años en un amplio piso de la calle Manabí por el que pagaban S/. 12.000 mensuales, se vio forzada a cambiarse a un pequeño departamento arrendado, en las laderas del Pichincha. En esa estrechez su fichero anda desperdigado debajo dela cama, en el velador, encima de anaqueles, en la cocina. Don Misael se quedó viviendo en la casa de la Manabí empacando y acarreando libros por cinco largos meses urgido por los demoledores del edificio. Su tesoro está por el momento en un galpón de su finca Equinoccial.

Todos los sábados viaja en transporte público a Ambato a cumplir con sus dos programas radiales. Dicta cursos en INERHI y escribe tres libros a la vez; su descanso es el cambio de actividad.

Al despedirnos el doctor le dijo a su familia: “No se olviden de darle la nueva dirección a la señora Albán”. “Pero papá, le dijeron a coro, tú estás viviendo aquí: desde hace una semana te mudaste de la Manabí”. “¡Caramba!, de veras, dice meneándose los cabellos, qué distraído soy, tienen que enseñarme a usar el bus de La Gasca.”