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Almeida Urrutia Gonzalo

QUITO.- En estos días han menudeado las entrevistas a don Gonzalo Almeida Urrutia, intelectual nobilísimo, periodista valiente y, a veces, cruel, pero certero; embajador digno de la Patria; funcionario capaz y leal.

En tales entrevistas se puede adivinar una gran corriente de simpatía y una muestra de afecto, sentimientos que afloran en cuantos lo conocen y, más aún, en quienes gozan los dones generosos de su amistad y, aún, de quienes no le han sido afectados. Más, ¡oh dolor!, los entrevistadores se quedan comentando, casi siempre, un solo aspecto de su admirable personalidad múltiple y varia, llena de cimas y simas de intensidad soberana, original, casi ilimitada. Se quedan tales entrevistas en la piel, la apariencia, la manifestación festiva, ágil, llena de ingenio, de fino, palpable e impalpable humorismo o bien de su capacidad de animar las reuniones, de hacer gratas las horas de amistad. El, Gonzalo Almeida, temió siempre que aquello se produjera al tratar la personalidad del “Chulla Quiteño”, con el cual tantas veces se identificó para ennoblecer al personaje, para hacerlo permanentemente, para ponerle alma e inteligencia. Al hablar del “porque” de su novela “SOBRE EL ÁRBOL ABATIDO”, dice:

“Siempre pensé que el “Chulla Quiteño”, como fenómeno social había sido tratado en nuestra literatura, de manera harto superficial, destacando de su personalidad apenas al aspecto picaresco y anecdótico, como la de una horterilla con más inescrupuloso que ingenio, sin profundizar en sus virtualidades protagónicas del acontecer colectivo”.

No tuve la suerte de contarme en el grupo de sus amigos. Si, en cambio, en el de sus admiradores, reclamando quizá el primer sitio en ese grato sentimiento del alma.

Lo admiro como periodista. Él era y será para siempre “el doctor Guillotín”. Terrible en su ironía, devastador en su verdad, cruel en su piedad, grande en su humorismo. Palabra de cauterio. Mirada penetrante que jamás se queda en lo periférico, que usa la luz para esclarecer, el ingenio para entender y hacer entender, la verdad para enmendar, la inteligencia para convivir.

Lo admiré como embajador del Ecuador en México, Argentina y Perú. Su increíble personalidad vestía de etiqueta, seriedad noble y exquisita, para tratar los asuntos encargados a su versación y amplia y envidiable cultura, experta en cuanto se proponía e intentaba.

Lo admiro como novelista, pues edificó su obra con la paciencia finura del arquitecto y el artista y modeló la materia prima de su obra en el conocimiento del ser humano, del ser humano íntegro y completo que late en todos sus actos. Y supo vengar, con su inteligencia, lo que fue necesario vengar para no quedar con una deuda consigo mismo, mucho menos con los demás.
Lo admiro por su capacidad de conversar, de descubrir dónde está la esencia de las cosas, lo bueno de los lugares, lo gustoso de los manjares, lo audible de la música, lo hermoso y humano del paisaje, del alma, de la vida. Su casa se eleva como una ciudadela, un vigía, un protector sobre el Valle de los Chillos y en ella tiene un hogar y un refugio merecido.

Don Gonzalo Almeida Urrutia es mucho más de los que él mismo pretendió y quiso ser. He querido entrevistarlo, don Gonzalo, en mi propio corazón.