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Aquiles Pérez

 


El 13 de Marzo de 1970, le fue entregado el premio Tobar 1969  al Profesor Aquiles Pérez. En aquella ocasión el premio municipal fue especialmente justo. Señalaba con encarecimiento – esa es una de las funciones de los premios mayores – una obra que, de tramo en tramo, era ya magna. El Tobar se daba por “Los Puruhuayes”; pero atrás estaban, en la misma certera dirección, “Los seudo-pantsaleos” y, antes, “Quitus y Caras”. (Y aunque en otro línea, “Las mitas en la Real Audiencia de Quito”, libro fundamental sobre el tema).
Tan ilustre trayectoria había comenzado del modo más humilde que pudiera imaginarse. En Cangagua, pueblito perdido al sur de Cayambe y, en ese 1903, aislado. En la escuelita de Cangagua el pequeño de nombre homérico aprendió a leer en el ABC y se inició en la historia con el pequeño texto de Roberto Andrade.
¿Cómo el guambrita cangagueño se puso en camino de ser profesor e historiador de primera línea?
Tenía una buena costumbre. El propio Aquiles Pérez me lo contó alguna vez: “Tenía una buena costumbre: cangagueño que sabía que tenía un libro nuevo, le pedía y me encerraba a leer y entender. Y los datitos interesantes los copiaba”. Y, puesto a copiar, como se le ocurrió que nunca iba a tener un diccionario, se dio a copiarlo…
Lo del profesor vino porque un hacendado lo comprometió a dar clases a sus hijos. Le cogió gusto a la docencia y, a los diecinueve años, cuando la ley lo permitía, dio examen y optó el título de tercera. Con el título de tercera enseña donde los salesianos, en Quito, por un sueldo de seis sucres más una comida de perros, que lo postró y lo obligó a devolverse al terruño.
Pero alguna autoridad de educación ya le había echado el ojo. (En aquellos tiempos era posible cosa que ahora suena a fabulosa). Y le dieron el puesto de maestro en la escuela de Malchinguí – maestro único para una escuelita de tres grados –
Estando en Malchinguí, la revista “Educación” (¡En tan atrasados tiempos, el Ministerio de Educación tenía revista!), que dirigía Emilio Uzcátegui, promovió un concurso sobre el tema ”¿Cómo hacer obligatoria la enseñanza de la escuela primaria en el Ecuador?”, y el joven profesor de aquel arenal al pie del Mojanda sacó el premio.
Y siguió escribiendo y ascendiendo. Enseñando de todo y escribiendo de todo. Enseñó historia, matemática, geografía. En 1934 publicó una geografía (que yo manejé en mi escuela).
El arribo a los ricos territorios de la historiografía patria se dio con “Las mitas en la Real Audiencia de Quito”. Había ido a los Archivos de la Corte Suprema, donde dormían cubiertos de polvo y comidos de hongos los Archivos de la Real Audiencia, buscando otra cosa: el significado de algunos toponímicos (Pichincha, Carihuairazo, Cayambe). Y, de pronto, se topó con el horror de las mitas. ¿Y a cosa tan tremenda, habían dedicado González Suárez cuatro páginas y Cevallos muy poco más? Empezó a hurgar, a desvelar, a diseccionar.
Fueron siete años febriles. El libro apareció en 1948. Terminado el libro, quedaba el historiador en posesión de cientos, miles de nombres aborígenes que le tentaban a internarse por sus meandros en busca de sus significados, de sus orígenes, de la relación con los pueblos que los habían traído e impuesto. ¡Qué empresa tan tentadora! Pero debió jubilarse para poder darse a ella de lleno. Entonces sí, sin horarios, sin días festivos, sin ahorrar gasto ni esfuerzo.
Libros e iluminación sobre nuestra protohistoria comenzaron a sucederse. Desde los Pastos hasta los Cañaris, sendos tomos. 23 mil palabras revelaron costumbres, cultos, guerras, migraciones. Fue un lectura fascinante de signos. Y una obra fundamentalmente de la historiografía ecuatoriana del siglo. Mi homenaje al noble trabajador, tan modesto como grande, que, con ese silencio que tanto amó siempre, ha traspuesto el dintel que separara este pequeño mundo de lo que es ya historia.