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Aráuz Félix

 


Félix Aráuz (Guayaquil, 1935) es uno de los pocos pintores que en nuestro medio se han tomado muy en serio aquello de renovarse continuamente  en busca de otras formas de expresión, más ricas, más variadas o, simplemente, distintas a las anteriores.
Su continua y meditada renovación, sumada a un oficio serio y dedicado su trayectoria sobrepasa ya los 30 años de labor artística, nos ha permitido conocerlo en varias etapas: la informalista, la expresionista, la abstraccionista, la feísta  y últimamente, la magicista, tendencia que predomina en la exposición que actualmente exhibe en el museo del Banco Central en Guayaquil, acertadamente denominada “Universo de Fantasía”
En esta muestra, nuestro pintor, sin olvidar su personal sello, esas caritas infantiles que cautivan por sus miradas, se nos presenta más expresivo, más audaz en su dibujo, más latino en sus colores y, sobre todo, más mágico y fantasioso en su temática, que a momentos tiene harta de sensual y sugestiva.
Algo de los que exhibe se lo pudo intuir cuando participó  en la muestra “Pintores de Ecuador – Poetas de Israel”, organizada por la embajada de ese país, en 1988, con una obra que interpretaba un hermoso poema de Tuvia Rubner: “Ave tras ave, foráneo/alegre de tierra estaba/árbol tras árbol un brote engendra…”
Aves, vegetación, magia y rostros de niños se conjugaban magistralmente en la obra, pero aún no se podían entrever en ella las infinitas posibilidades que esa nueva vertiente, la mágica, le ofrecería posteriormente.
Y es que la exposición que en esta ocasión presenta es un verdadero canto a la magia, a lo supremo de la vida, del color; a esas fantasías en las que muy poco pensamos, pues la prisa de la vida moderna nos impide meditar en ellas y sumergirnos en su esencia.
Sesenta obras conforman la muestra y, aunque hay algunas que no corresponden a su intención general (abstractos, personajes deformes y enormes cabezas plenas de vegetación), el color, la magia y la fantasía es lo que domina este nuevo universo del pintor.
Mediante la utilización de símbolos que entremezclan lo animal, lo vegetal y lo humano, Aráuz ha creado una fauna y flora mágica que nos invitan a soñar en mundos distantes, donde la realidad ha perdido terreno para ser reemplazada por aquello que únicamente en sueños alcanzamos a crear.
Sus indispensables rostros y figuras de niños, que parecen mirar absortos desde alguna dimensión desconocida, surgen de esas formas de vida como para reinar, plácidamente, sobre ellas.
El prestigio de Aráuz como colorista se reafirma en la muestra, pues gracias a su hábil manejo del color ha conseguido brindar efectos especiales a la composición de sus obras e imprimirles un ritmo musical, armónico, casi de ensueño.
En fin, es tanto lo que se podría decir sobre este “Universo de Fantasía” pero…las palabras no son suficientes para abarcar la magnitud de su mágica atmósfera; para ello es necesario, frente a cada cuadro, dejarse llevar por los sentidos y dar rienda suelta a lo que muy pocas veces permitimos salir de casa: la imaginación.
Sobre Félix Aráuz no es necesario decir mucho, su exposición habla por sí sola y ratifica, una vez más, su talento artístico y dedicado e investigador oficio, que han hecho de él a uno de los grandes de nuestra pintura. Un pintor de nuestro tiempo.
Creo que su caso es único dentro de la plática Ecuatoriana. Me refiero a su timidez. Tan sincera en él, tan presente en su obra. Y es que si no hay obra que esté marcada por la timidez, la inocencia, la dulzura, los rostros infantiles, los sueños, pajaritos, esta es la obra del Guayaquileño Félix Aráuz, nacido en 1935. Y es que Aráuz es consecuente con lo que dice y hace. Maestro de escuela por cerca de medio siglo, soñador perpetuo por un mundo de paz, ha querido reflejar esas instancias éticas-humanas es sus lienzos desde los momentos mismos en que Félix se decidió por la pintura.
Consciente de su compromiso con la niñez, Félix ha sido consecuentemente con esa actitud. Y cuando los tiempos han sido amargos para el hombre (guerras, violencia, mentiras, etc.), nuestro pintor reflejó ese momento en sus figuras macrocefálicas, como queriendo señalar que ese mundo grotesco, desfigurado, es el mundo que vivimos y que dejamos como herencia a nuestros hijos. Y es ahí cuando Félix, pletórico de felicidad, por circunstancias colectivas (realmente pocas para el hombre), ha recogido esos momentos significativos en cuadros donde sobresalen sus niños, sus mariposas, sus sueños, sus colores sedientos de magia y misterio. Ese Félix Aráuz que encarna la más alta expresión de la pintura llena de ternura y goce infantil, es el que está cumpliendo un cuarto de siglo pintando, viviendo, sufriendo, gozando, amando. Porque así le dicta lo más íntimo de su ser. Aquí, en este encuentro con el pintor, pude una vez más apreciar su timidez, su calidad humana transida de perpetua esperanza por buscar ese mundo lleno de sabiduría infantil, que tan hermosamente ha sabido recrear en sus lienzos. Su voz tímida, no lo exime de ser caudalosamente honesto en sus respuestas.
Tus estudios académicos realizados en la Escuela de Bellas Artes, pueden ser decisivos para un pintor. ¿Lo fueron en tu caso?
La academia es una regla fundamental que debe seguir todo artista desde su comienzo, porque ella representa su visión para desarrollar todo su movimiento pictórico.
La academia ha motivado grandes encuentros con el pintor, porque es necesario descubrir el interior de un mundo extraño.
Muchos pintores ha comenzado desde la academia y con el tiempo se han seguido una etapa decisiva en su pintura. La academia es rigurosa y muchos artistas se han quedado encerrados en ella; otros, en cambio, se han librado de ella y, como tal, han puesto el sello personal de su pintura. La academia, en mi caso, se me manifestó en forma muy sencilla, hubo libertad.
Eres parte de una vigorosa generación de artistas que transformó el sentido de nuestro arte: que lo volvió cosmopolita, abierto a las distintas tendencias de la pintura contemporánea. Pienso en ti, Carreño, Villafuerte, Cruz, Del Campo, ¿Qué los vuelve universales?
Mi esfuerzo pictórico comienza por los años 1960. En 1961 realicé mi primera exposición individual en la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, y desde ese momento sentí mis primeras inclinaciones hacia el expresionismo, el cual lo considero como riguroso, y de gran trascendencia universal. El expresionismo es una de las escuelas de mayor fuerza pictórica, dentro de la historia del arte. En el Ecuador se ha forjado un gran equipo de pintores expresionistas, los cuales han sido reconocidos internacionalmente.
Para ese tiempo, te estoy hablando de los sesenta, ¿con qué pintores latinoamericanos y europeos te sientes cercano?
En 1960, cuando cursaba en la Escuela de Bellas Artes y comenzaba a desarrollar mi inquietud en el campo de la expresión plástica, el expresionismo fue un factor importantísimo en mi pintura, tal es el caso de Rouault, uno de los más grandes maestros expresionistas franceses y quizás uno de los que más he admirado por su gran aporte al desarrollo pictórico. Otro pintor que he admirado ha sido también el artista Portocarrero.
Siempre has estado cercano al experimentalismo. La búsqueda del mundo simbólico parece ser una constante en tu trabajo plástico. ¿Qué te lleva a ello?
Los niños o niñas, tema que lo venía realizando desde la Escuela de Bellas Artes, y al concluir esta, acogí como tema principal en mi pintura, las niñas, niñas con pájaros, gatos, etc…, en los que pongo énfasis en los ojos, transmitiéndoles matices de ternura, dulzura, que con el tiempo lo complementé con un determinismo simbólico denotado en su cabello, todo como si fuera un sueño para mí, el que lo demostraba en las figuras de gatos, aves que ahondaban su cabeza.
La simbología de las plantas, frutos, flores, realza más la imagen de la niñez, la que se fusiona con todo el colorido y encanto de la naturaleza, que cual aureolas fantaseaban en mis cabezas, ya que la niñez significa para mí la paz, una paz que por siempre viviré en ella y que dentro de mi trabajo siempre la buscaré.
Un crítico tan perspicaz como Hernán Rodríguez Castelo ha encontrado en tu pintura influencias de Vlaminck y Rouault. ¿Estás consciente de esas influencias?
Como te lo dije hace un instante, el expresionismo ha tenido bastante influencia en mi creatividad artística, desde mis comienzos, por su gran potencia en su nivel de contenido plástico, por lo que hace a Rouault, lo he admirado por su dinámica expresionista y su gran contenido social en su pintura.
Pero los seres que pueblan tu universo de colores, son seres atormentados por la soledad. Características esencial del mundo de hoy. Esos rostros y esas cabezas macrocefálicas son acaso una forma de denunciar lo grotesco de la sociedad en que vivimos.
Madres y niños constituyen uno de los temas que con mayor interpretación he realizado: madres alegres, madres tristes. Además, en la temática de niños, experimenté niños con cabezas enormes y deformes, quizás como una denuncia social análoga al tiempo en que vivimos, y para realizar esto, lo he manifestado en esta temática de cuadros, que aparte de su fuerza expresiva he tratado de reflejar en ellos un gran contenido social.
Un artista que se precie de tal, debe dejar plasmada en su obra una fusión auténtica de su contenido plástico y social. La época de las cabezas macrocefálicas, que tú señalas, fue un tema que lo desarrollé muy poco.
Sin embargo, para evitar que tus cuadros se tornen desoladores, invitas a presenciar un nuevo y mágico universo de seres y colores. Niños, aves, pequeñas florecillas. ¿Oposición, contraste?
Quizás mis cuadros se puedan presentar desoladores, que evocan temas que se pueden reflejar, en situaciones angustiosas y deprimentes, en el continuo transcurrir de la vida. Creo que a más de considerarlo como un contraste en mi pintura, al variar de temas, consideraría mejor expresarlo en una evolución, un continuo apego de encontrar nuevas y variadas formas, ya que todo artista tiene sus épocas y debemos respetarlas, ya sean conflictivas o pasivas, siempre y cuando estas generen un mensaje como producto del tiempo, y tratar de alcanzar una meta, y creo que una de ellas es procurar llegar a un paraíso de colores.
Félix déjame decírtelo, en mi opinión, tú has llegado a ese paraíso de colores. Por otra parte, intentas desprenderte, momentáneamente, de tus figurillas infantiles y buscas temas religiosos. Estoy pensando en ese “Ecce Homo”, de una desgarradora expresión, en “Descendimiento”, cuadro que convoca a la ternura, expresada en los rostros de esos niños. ¿Por qué no hubo perseverancia en ese tipo de temática?
Los temas sacros, los represento por mi ferviente amor hacia lo religioso, hacia lo humano. Los “Ecce Homo”, en cambio, me conmueven a lo humano en esencia, al reflejo del hombre, que por su sufrimiento, nos trató de dejar el regalo más maravilloso que es el amor y la paz. Temas como el descendimiento, la piedad, son imágenes, si las podemos considerar así, hacia las cuales, por su gran contenido de ternura y dulzura, nos deberíamos reflejar en ellas diariamente.
“Las Madonas”, en cambio, me transmiten un ideal de amor, el cual debemos de llevar para alcanzar un porvenir celestial. Como te lo expresé, la continua búsqueda de temas y formas ha sido partícipe de desarrollar un solo tema, considero que mi contribución a esta temática ya ha sido plenamente desarrollada.
Pero, tú vuelves a lo tuyo, al mundo de los rostros infantiles. Por otro lado, veo que esa temática te embarga, como que va aparejada a tu personalidad, a tu carácter intimista, sencillo. ¿Es así?
El mundo de los rostros de los niños, es algo que me apasiona, ya que aparte de pintar, he dedicado con orgullo 25 años, en enseñar dibujo en escuelas, en donde he visto la alegría, la tristeza de estas criaturas, reflejadas en sus trabajos.
Sencillo, siempre lo he sido, creo que la mejor cualidad que debe tener un hombre es esta, soy bien exigente en mi pintura, introvertido en ciertas ocasiones, ya que considero que mi pintura expresa de la forma más espontánea y clara todo lo que siento.
Pero decides dejar de lado los rostros y cabezas macrocefálicas. Me has dicho que tu mundo interior se ha modificado y ahora buscas tranquilidad, sosiego, alegría. Y eso explicaría los rostros infantiles cargados de belleza, colorido, plantas, animalitos, insectos, etc. ¿Ubican tu nueva actitud?
He tenido etapas con mucho contraste, debido a la continua búsqueda que he venido experimentando, la cual se ve reflejada a las situaciones en que vivimos. La superación llega y mi tranquilidad la encuentro en los colores, siempre con ese amor por la naturaleza, ya que uno de mis sueños es transmitir lo que nos brinda la naturaleza y conjugarla en mis temas con los niños, los cuales tienen un papel preponderante en mi vida.
Félix, ¿qué representa para ti la pintura? ¿Acaso una forma de ver el mundo a través de colores, imágenes, sensaciones, etc.?
Mi pintura es mi vida, sin ella no sería nada. En mis 30 años como artista, nunca he dejado de pintar y creo, si Dios me da la oportunidad, nunca dejar de hacerlo, porque creo que la constancia, el anhelo, el deseo de superarse cada día más, hacen de cualquier profesión la base de su éxito. Todo pintor llega a tener un estilo, reflejo de sus sentimientos, en donde expresa y diagrama sus temas, colores, imágenes, esperando que el mundo las conozca.
Comenzaste por las formas grotescas, dándole preminencia a formas negras con trazos violentos. Esos serían cuadros de tus primeros años. Ya debemos pensar que estamos refiriéndonos a los sesenta. Y en los últimos años pareces desprenderte de neoexpresionismo, que está cercano al “Art Brut”, para gozar con lo mágico, con la ternura, que es finalmente la expresión más cercana a tu mundo interior y a la paz que quisieras floreciera en este mundo.
La exposición que realicé en 1966, en el Centro Ecuatoriano Norteamericano, profundizó un eslabón de la pintura, los trazos de línea negra con rostros de niños enloquecedores, posteriormente, en 1967 incursioné en el campo del precolombino, cuyo resultado fue el comienzo de mi identificación con el Art Brut, tema que lo mantuve muy poco tiempo.
Ahora, en este año, con mi nueva exposición, concluyo un ideal más, un sueño más, plasmado de símbolos, niños, aves, árboles, en un espacio que transitan, vuelan o se lanzan.


VERANO-OLEO DE LA COLECCIÓN CASA DE LA CULTURA, 1967
A mediados de los sesenta, Aráuz Basantes deja el grueso grafismo de sus telas multicolores y blanquinegras, por un trazo más fino, contornante de figuras generosas, armonizando totalmente el conjunto desde la arbitrariedad absoluta. La composición sigue igual derrotero: manteniendo equilibrio, tiene superposiciones ilógicas de las formas, las mismas que son tratadas con valores planos y labrados, en un juego combinado de lisuras y asperezas, a veces empleando arena y grumos de mayor densidad matérica. Sus personajes miran de frente, con grandes ojos alucinados o dubitativos. Las criaturas tratan siempre de agarrarse de algo, como si una ansiosa inseguridad las determinará. Es el tiempo en que le llueven los galardones, de los que ha acumulado una veintena.


SUEÑOS DE NIÑA-ACRÍLICA, 1988
Todo su mundo de infantes, flores, hojas, pájaros, frutas, carretas, casitas, cercas, globos y peces, pareciera una baraja infinita para jugar varios destinos. La composición continua plana y simple. El color se aclara y abrillanta manteniendo agrisadas ciertas zonas acorde con la propuesta. Los fondos desempeñan un rol creciente en la flotación de las figuras recortadas sobre ellos. En las cabezas de las imágenes focales aparecen símbolos apilados como recuerdos, añoranzas, pesadillas o sueños gratos. También pinta retablos e imaginería, atiborrados de figuras anárquicamente coloridas, causando en estos casos, una composición aún más llana y obvia, de sabor primitivo e ingenuo donde lo principal a rescatar es la encantadora cadencia del conjunto, rayano en tapicería, brocado o estampación.


LA NIÑA DEL JARDÍN-ACRÍLICA, 1989
Los pasos de una vida tan ideologizada como la del artista, no están exentos de visitas, – en la memoria – de nostálgicas presencias. Así en Aráuz sucede, cuando en medio de una alegre primavera asoma un vendaval sombrío. Todavía en su época actual vemos considerable rezagos de etapas vencidas. Los elementos de instantes anteriores y lo que se perfilan a futuro, aparecen, desaparecen y reaparecen en la obra de hoy. Algún gnomo o capricho hace su inesperada intrusión en el soporte arauciano en cualquier momento.
FOTO DEL ARTISTA Y SU PIETA: BUONARROTIANA EN LA TEMÁTICA Y ROUALTIANA POR LA TENDENCIA
Félix Aráuz Basantes (Guayaquil, 1935) es el pintor por excelencia. Muy terco de palabras, se muestra prolífico en el arte cromático bidimensional, pues en el encuentra su lenguaje natural, como vehículo de manifestar inteligencia, voluntad y sensibilidad. No escatima admiración por sus  maestros históricos: Francisco de Goya, Georges Roault y Jean Dubuffet. En sus años tempranos mientras recibía clases de César Andrade Faini en la Escuela de Bellas Artes conoció al destacado expresionista alemán Hans Michaelson. De todos ellos recibió valiosas influencias en sus primeros años profesionales, así como de Marc Chagall, Joan Miró y algunos Brasileños. Es pertinente anotar algún paralelismo con su coetáneo Fernando Botero en ciertos tramos de su carrera. Sería erróneo indicar ascendientes recíprocos. Durante su aventura evolutiva, Aráuz ha ido decantando su nivel de calidad en su copiosa producción, valido de un oficio perseverante y una poderosa imaginación. Ha sido fundamentalmente un expresionista durante su trayectoria, pero ha pasado por épocas muy señaladas, en que el informalismo, el simbolismo, el neo-figurativismo, el surrealismo y, actualmente, el magicismo, encajan alternativamente en su camino de expresión.


MUJER Y NIÑO-ACRILICO, 1969


Cumplió períodos obscuros, dramáticos y feístas, lindando con el monstruismo. Por encima de traumatismos. Por encima de traumatismos escolásticos y sociales, de este artista introvertido y profundamente emotivo, afloran esporádicamente en su lenguaje pictórico alaridos y maldiciones. Su estado de ánimo es decisivo en sus representaciones plásticas. Desde los tiempos de tímida asimilación al informalismo-catalán y ancestral criollo, pasando por el período antropomorfista en que se unen la cultura ceramista precolombiana con la formas del inconsciente, el brochismo casi gestual o tachista, el simbolismo hiperbólico y desdibujante, presenta aproximadamente del 69 al 77 cuadros  monstruistas, reflejos del temor y la miseria humanos, con un trabajo textural insuflador de atmósfera trágica, que constituye lo mejor logrado en el asunto entre nosotros. Esta etapa tuvo gran resonancia crítica (José Gómez-Sicre lo consideró entre los más grandes art-brut de América). Expuso en La Unión Panamericana en Washington, en Rock Island (Illinois) y en varias galerías de Nueva York.


CABEZA-ACRÍLICA, 1991
Descontando un monocromático abstracto en verde, más de cincuenta cuadros integrantes de la inminente exposición en el Museo del Banco Central de Félix Aráuz, son figurativos. Todos corresponden a su labor presente. Creemos que esta exhibición marca un gran momento de su recorrido. Ha innovado su composición, que ahora tiene características estructurales de seres humanos cohesionados con su hábitat, en una embriaguez de colores ecuatoriales, cálidos, llenos de sol, selva, montaña y mar; de trópico, en una palabra. Los matices se muestran audaces en ocasiones, pero siempre armónicos, muy elaborados y bien dispuestos. Los espacios están calculados con acierto. Cualquier desmesura decorativa está atemperada por la solvente cocina pictórica del talentos creador porteño. Parece haber dejado definitivamente la fase demoniaca y dramática, que nos agrada tanto como la de ahora. Su faena textural es de mucho apoyo para el resultado óptimo del conjunto. El expresionismo permanente que mencionamos antes, toma un viso mítico, misterioso, cada vez más magicista. Toda la fiesta equinoccial es ofrecida a nuestros ojos por un Guayaquileño modesto, laborioso, callado e imaginativo.