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Aragundi de Molina José María

 


El R.P. José Buitrón, Prior del Convento de San Agustín, de Guayaquil, por los años de 1888, al referirse a Monseñor Aragundi, dice así: “… el Dr. don José María Aragundi nació el año de 1811, el 24 de Septiembre, día en que la Iglesia Católica entona dulcísimos cantares y melodías a la Redentora de los cautivos, Virgen Santísima de las Mercedes, presagio sagrado que él debía de ser un tierno amante de aquella  Virgen Sacrosanta y un ilustre propagador de su culto. La Providencia Divina es la que dirige los destinos y ella fue la que hizo nacer en Portoviejo al eminente Deán…” “Sus padres fueron Ramón Aragundi y Gertrudis de Molina, ambos ilustres por su descendencia en la provincia de Manabí, pero más ilustre por la piedad cristina, noble carácter de la familia Aragundi”.
Jovencito, sale de su casa paterna, y se encamina a la ciudad de Cuenca en donde el Prelado Azuayo le acoge con benevolencia mirando en él rectitud de intención y señales inequívocas de auténtica vocación sacerdotal. En este Seminario hace sus estudios de gramática latina y otras asignaturas de instrucción. Luego, se dirige a Quito e ingresa en el Seminario de San Luis, en donde cursa sus estudios de Filosofía y Teología: como en el Semanario de Cuenca, se gana la simpatía de sus superiores por su claro intelecto y sus acrisoladas virtudes. El Ilmo. Sr. Arzobispo de Quito, Dr. don Nicolás de Arteta y Calisto no se vio defraudado en sus esperanzas respecto al aprovechamiento del joven levita, que al subir a la Capital llevo cartas de recomendación del Prelado Diocesano de Cuenca, en Sede Vacante.
En 1838, Monseñor Nicolás de Arteta y Calisto le confiere en la Iglesia Catedral las sagradas órdenes del Presbiterado. En 1841 se regresó a su tierra natal, en donde se encontró con su santa madre ya moribunda habiéndola asistido con ternura filial y encaminarla hacia el cielo, golpe rudo de la vida que supo recibirlo con resignación cristiana.
El primer campo de su apostolado fueron los Curatos de Montecristi, Charapotó y Pichota, en los que desplegó todo su celo, su salud y su saber, instruyendo al pueblo, a las religiosas, ya se le veía en la humilde cabaña del pordiosero, dispensando los santos sacramentos, levantándoles él mismo del rústico lecho y proporcionándoles alivios espirituales y temporales. El P.Buitrón, en oración fúnebre añade:  “Montecristi, Charapotó y Pichota jamás olvidarán la memoria del Sr. Dr. don José María Aragundi, celebrarán sus virtudes y no se perderá su memoria y su nombre se repetirán de generación en generación”. En Montecristi, siendo Cura Teniente, en 1842, bautizó al futuro Gral. Don Eloy Alfaro Delgado.
En 1844 , Monseñor Francisco Xavier de Garaicoa, practicando  la vista Pastoral de su Diócesis, se trasladó a la Provincia de Manabí, y conocedor de antemano de las virtudes y méritos que adornaban al Dr. Aragundi, tomó interés para que se pasara a la Catedral de Guayaquil. El Prelado Guayaquilense lo colocó de Maestro de Ceremonias y de segundo Capellán de Coro. En este tiempo dedicó sus días a la preparación de sus grados Universitarios para ser brillante “luz del mundo” para iluminar con mayores fulgores a sus conciudadanos. Salvadas las prendas relevantes de su alta sabiduría. El Excmo. Sr. Don Vicente Roca, Presidente de la República del Ecuador, en 1848, en el ejercicio de la ley de Patronato, le confiere el nombramiento de Prelado Menor del Cabildo de la Iglesia Catedral de Guayaquil.
En 1846 se dirige a Quito para obtener sus grados universitarios que los da con el lucimiento más grande y aplausos mil, la investidura de doctor en Jurisprudencia Canónica se la concedió el Sr. Dr. don José Manuel Espinosa, Rector de la Universidad Central del Ecuador, el 14 de Julio del año 1849. El grado de doctor en Jurisprudencia se lo confirió el Sr. Dr. Carlos Tamayo, Vice-Rector de la Universidad Central del Ecuador, el 27 de Agosto del mismo año, en virtud de los brillantes exámenes presentados ante Catedráticos los más acreditados de la Universidad como consta por sus títulos respectivos.
Habiendo regresado a Guayaquil laureado de Doctor, el Sr. General don Francisco Robles, Presidente del Ecuador, le nombró en ejercicio de la misma ley de Patronato, Prebendado Mayor  del Coro de la Catedral, en el año de 1855. Fue nombrado por Monseñor Garaicoa Promotor Fiscal Eclesiástico de toda la Diócesis y Capellán del Hospital Civil. En todos estos empleos iba haciendo el celo por la salvación de las almas, que era la porción que Dios le había encomendado al recibir y consagrarse de Ministro del Señor.
En 1864 obtuvo por oposición la Canongía Magistral. En 1866, el Ilmo. y Rmo. Sr. Dr. don José Tomás de Aguirre le nombró dignidad de Tesorero del Cabildo de la Catedral de Guayaquil. El mismo Prelado le designado de Guayaquil. El mismo prelado le designó Juez de Matrimonio y Examinador Sinodal, desempeñando todos estos cargos con aquella actividad y talento propios de su personalidad magnífica.
Los demás prelados siempre apreciadores de las prendas sobresalientes que le adornaban le encomendaron cargos delicadísimos, que supo desempeñarlos con acierto y satisfacción de sus superiores, según consta por las notas dirigidas por ellos.
Sus servicios no se limitaron tan sólo a los que demandaban su carrera eclesiástica, sino que los ha prestado a su Patria en el orden político, como hombre ilustrado y de beneficio hacia la humanidad doliente. Así, concurrió al Congreso Nacional. Fue senador de la Provincia de Manabí, en el año 1869. Fue varias veces Consejero Provincial  y Concejal de Guayaquil.
El Excmo. Sr. Delegado Apostólico Dr. don Francisco Tovani le dio el título honroso de Protonotario Apostólico. En atención a su rectitud y práctica en los asuntos eclesiásticos, en algunos ocasiones y por distintos Prelados fue designado Gobernador del Obispado de Guayaquil, cargos todos que Monseñor Aragundi los desempeñó dignamente y con aprobación de sus superiores.
El antes citado Padre José Buitrón, en su oración fúnebre, prosigue emocionado: “Por último, dejando aparte otros títulos honrosos, pasando en silencio su actividad, su desinterés, las iglesias protegidas y rentadas por él, los cementerios levantados por su entusiasmo y prodigalidad ”. En verdad, uno de esos Cementerios es el de la Parroquia Victoria, en el actual Cantón Urbina Jado.
Monseñor Carlos Adolfo Marriot, benemérito e ilustrado como fue, siendo Vicario General de la Diócesis, por Rescripto de su Santidad León XIII, del 29 de Junio de 1879, le confirió el título de Deán de la Iglesia Catedral de Guayaquil, que estaba vacante desde hacía cinco años por la muerte del último poseedor, el Rvmo. Monseñor Dr. Mariano Sáenz de Viteri.
Hizo viaje a la ciudad Eterna, Roma, por tener el placer más grande de ver al Sumo Pontífice y visitar los principales monumentos del Catolicismo. Fue agraciado de muchos títulos y privilegios, como el de tener Capilla en su casa y celebrar y hacer celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Le fueron dadas muchas reliquias de los Santos. Volvió al Ecuador, y comenzó a sufrir muchos achaques y en todas esas enfermedades, se lo notaba que su fría con aquella resignación y paciencia esperando nada más que el terrible momento en el que debía ser despojada su alma de su cuerpo mortal.
A continuación me complazco en extractar de la mencionada oración fúnebre, la última parte de ella, para comprender mejor y apreciar más la extraordinaria personalidad de tan eminente eclesiástico manabita, honra y prez de la entonces diócesis de Guayaquil. Leamos con atención lo que nos relata el Padre Buitrón.
“Yo mismo en varias ocasiones que tuve el honor de visitarle y administrarle el Cuerpo Sacrosanto de Jesucristo, no había visto que estaba esperando nada más que venga la muerte, y se había hecho administrar todos los Santos Sacramentos, que son el viático de todo hombre que sale de este mundo. En fin, esperando alcanzar su salud, sale para el pueblo de Samborondón, y allí había estado decretado por los arcanos divinos, de entregar su alma al creador, el día 23 de Junio (de 1888). En el momento en que iba a suceder la más terrible lucha de su espíritu contra todas las tentaciones diabólicas, se encontraba rezando las oraciones de la mañana, y al encontrarse en estas palabras: ”.
“En ti, después de Jesús, pongo mi confianza. Sé siempre mi amparo y mi defensa, oh Virgen poderosa, y en terrible trance de la muerte, cuando el dragón infernal haga los últimos esfuerzos para tragarme. Vuela a mi socorro, Oh Madre Santísima, y alcánzame la perseverancia final”, el Sr.Dr. don José María Aragundi, que había sido el más devoto de la Reina de los Ángeles, no podía ser menos que su compañera en el terrible trance de la muerte, y a pocos instantes entregó su alma a Dios a la edad de setenta y siete años. O Cruz, puerta del Cielo, ábrela para recibir al alma de un Ministro de Jesucristo, que camina por tu escala desde su infancia hasta su muerte. Abrela para que de esta manera puedas introducir en tus puertas eternas a aquel cuyo nombre no se perderá en la tierra y cuya memoria se repetirá de generación en generación. Así debemos esperarlo”.
De este modo expiró, en Samborondón, el Ilmo. Monseñor Dr. don José María Aragundi de Molina, deán de la Iglesia Catedral de Guayaquil, ilustre Prelado Guayaquilense que, entre sus múltiples donaciones, obsequió para la Iglesia Santa Rosa de La Victoria, cuidada por el Párroco de Samborondón, una hermosa custodia para albergar el Santísimo Cuerpo de Cristo, que los Victoreños la guardan con enorme cariño y que en la fiesta del Cuerpo de Cristo la contemplan llenos de alegría y orgullosos de tener tan bella reliquia, recuerdo de Monseñor Aragundi.
Su cadáver fue trasladado a la Catedral de Guayaquil, recuerdo de Monseñor Aragundi. Su cádaver fue trasladado a la Catedral de Guayaquil, en la cual le celebraron solemnes exequias, misa y oración fúnebre, la primera organizada por el Vble. Capítulo Catedralicio, y la segunda, pronunciada por el Prior de la Iglesia de S. Agustín, de Guayaquil, Fray José Buitrón. Terminada la celebración litúrgica sus restos mortales fueron conducidos a la cripta de la Iglesia Catedral. Más tarde, fueron trasladados a la Iglesia San Francisco junto a los restos del vate y patricio José Joaquín de Olmedo y del eximio ex – Primer Mandatario de la Nación, Sr. Dr. Vicente Rocafuerte y Bejarano, hasta el incendio grande de Guayaquil, acaecido en los días 5 y 6 de Octubre de 1896, que destruyó el templo franciscano, aunque salvados los venerandos restos de las personalidades antes anotadas.
Accionistas del Banco del Ecuador en 1885.
José María Aragundi  1 acción, E. H. Arosemena 3, Manuel Baluarte 1, Ana Bonin de Puig 1, J.H. Butler 1, Luis Costa Durante & Cia, Garbe Garcia Borenoli, José Guillame, Luciano Jaramillo, Miguel Juanola, López, Antonio Madinyá, José Marta, Gregorio Mascaron, Moreno y Cia, Sánchez Quintana, Seminario, Bartolomé Vignolo, Martín Avilés, Isidro Icaza, quedando 3 en poder del banco. El aumento de Capital se completaba con 400 acciones al portador de 5000 pesos cada uno.