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Aranda Martín

 


El año de 1622, con poca diferencia, hubo un suceso de los más memorables. Se internó por Panamá y Lima al Reino de Quito un hombre desconocido, y llegando a las cercanías de Riobamba, fijó su residencia en el territorio de la parroquia de Guamote a distancia de cuatro leguas de distancia de la Villa, en unas cuevas que hacen las peñas en el camino real, manteniéndose, según refiere el Padre Velasco, con la limosna que le daban los pasajeros, que la pedía siempre con el disyuntivo de que se la diesen por Dios, o por el diablo: y, según otros, con los alquileres de un caballo que tenía la virtud para andar muchas leguas en pocas horas. Era de aspecto venerable y representaba la edad como de 60 años. Se ignoraba absolutamente quien y de dónde fuese, porque nunca lo quiso decir; menos se conocía que religión profesaba, porque teniendo cerca una iglesia, nunca se le vio oír misa, era extranjero por lo mal que hablaba el castellano. Tampoco se podía descubrir ni entrar en ella, así es que algunos que pudieron oír algo de él mismo, hicieron juicio de que fuese luterano. Observando un día aquel ente peregrino que pasaba mucha gente, le hizo novedad, y preguntó a dónde iban. Se digirieron a Riobamba, por ver las solemnes fiestas que anualmente se hacían en obsequio de su patrón San Pedro. Siguiendo a la misma gente entró a Riobamba y se encaminó a la iglesia principal, en donde se iba a celebrar una misa solemne con panegírico del Santo. Confundido entre la multitud, se puso muy cerca del altar mayor, sin que nadie lo reparase. Empezó la misa con un gran concurso y asistencia del Corregidor y Cabildo; se pronunció el panegírico, y, cuando el sacerdote alzó la hostia, se levantó el luterano, como agitado de las furias infernales, y se abalanzó a la hostia consagrada y la hizo pedazos. Apenas observaron los asistentes este sacrílego atentado y la turbación de los sacerdotes que estaban en el altar, cuando los Cabildantes, que tenían más inmediato su asiento, le dieron tantas estocadas, que cayó muerto al pie del mismo altar. El prodigio grande que obró Dios en este acaecimiento, fue el no permitir que se manchara su iglesia con la sangre de aquella infernal furia, que no arrojó ni una sola gota, a pesar de que estaba atravesado el cuerpo de centenares de estocadas, hasta que, sacado de la iglesia, y al mismo tiempo de estar fuera, arrojó abundantes plomadas de negra sangre. Atado a la cola de un caballo y arrastrado, fue arrojado a un campo distante. Y autenticado todo el suceso, el Cabildo dio cuenta al Rey.
Era corregidor entonces D. Martín de Aranda, natural de Chile, a quien le hizo tanta impresión este acontecimiento, que disponiendo en obras pías todos sus bienes, se convirtió y se metió en la Compañía de Jesús, premiándole Dios con el martirio que consiguió muriendo en manos de los bárbaros Hicuras.
El Cabildo obtuvo una Real Cédula muy honorífica del Sr. Felipe 4° aplaudiendo la conducta de sus miembros, y aprobando la muerte del luterano. Le concedió gracias y privilegios haciéndolo uno de los más ilustres del Reino, dando a la Villa el título por escudo de armas una cabeza atravesada de dos espadas al pie de la Custodia del Sacramento.
Don Martín de Aranda Valdivia fue el primer corregidor que tuvo el partido de Riobamba. A Aranda  le debe la actual Capital de Chimborazo su acrecentamiento: él parece que hizo algo como una nueva fundación, y llamó a la población de San Pedro de Riobamba. “La Villa del Villar – don – Pardo”, en atención al Virrey del Perú, Conde de este título.
Riobamba, a propósito de la muerte que sus regidores dieran al sacrílego de que hablaba el texto, obtuvo en escudo de Armas, consistente en un cáliz de oro.
La cédula de merced de este escudo de armas no ha podido ser encontrada y se conoce el escudo tan sólo por relación de los historiadores. Esta cédula no figura siquiera en el Nobiliario de Conquistadores de Indias.