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Carondelet Barón

Carandolet nació en 1748, en el cantón de Bouchain, departamento del norte, en Francia, que por entonces formaba parte de la Arquidiócesis de Cambray. Era un valón, un católico de habla Francesa, en el disputado.

Territorio que se encontraba entre el norte de Francia y el sur de los Países Bajos. Su familia tenía un historial de servicio a los Duques de Borgoña y a los Habsburgo. La costumbre del mayorazgo le impedía a François-Louis, u hijo menor, recibir las propiedades ancestrales, así que el joven opto por la carrera militar, ascendiendo en rango dentro de la Guardia Real Valona y distinguiéndose en la guerra, durante la desastrosa campaña española de Alegría, en 1775. Seis años más tarde, Carondelet encabezo un contingente de tropas y actuó en la captura del fuerte británico de Pensacola, en el Golfo de México. Como miembro de la orden de los caballeros de Malta, Carandolet quiso aprovechar la influencia que tenía su mujer en la Corte, pidiendo insistentemente una encomienda, aunque tan solo logro que se lo nombrase intendente de San Salvador. Cuatro años después de aquel nombramiento Carondelet alcanzo a ser nombrado Gobernador Intendente de Louisiana, en 1792. Allí sirvió hasta 1797 en que partió a su destino final, en la Presidencia de Quito". Llego a Manta en 1799.

Los problemas a los que se enfrentaba Carondelet en Quito eran, en general, similares a los que lo habían ocupado en San Salvador y Louisiana tenía que lograr establecer una relación satisfactoria con los principales elementos del poder dentro de la Audiencia, sirviendo de mediador entre sus intereses y los de la Metrópoli, mientras aseguraba la eficaz cobranza de impuestos, el manejo de la economía local y el mantenimiento del orden público. El nuevo Presidente tenía que apaciguar a la docena de vociferantes nobles, los comerciantes que se quejaban de la crónica negligencia oficial, y los caciques principales de indios, cuya lealtad era esencial para el control social.

Carondelet atribuía la postración de la colonia a los caprichos de una naturaleza violenta y a su desafortunado aislamiento de las principales rutas comerciales. El Cabildo de Quito, de otra parte, insistía en que todo debía culparse a los vicios de las clases más bajas; informaba al nuevo Presidente que la declinación de los negocios resultaba de una reducción en la población indígena antes que trabajar la tierra.