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Correa Francisco de Paula

El Dr. Francisco de Paula Correa, merece especial Loanza por sus “Estudios sobre Botánica”, afirmado de estos traen “datos curiosos y clasificaciones nuevas” y que, “siguiendo las huellas del sabio ingles Jameson, ha enriquecido muchas familias de la flota americana”. Al comprarle a fray Vicente Solano, ponderando el estilo y claridad de Correa, dice el articulista chileno que “se adivina tras el sabio, el artista”. Francisco de Paula Correase distingue entre los primeros estudiantes del Colegio Seminario, bajo la rectoría del Dr. Miguel León que reconoce en el educando especiales prestancias, y consigue inclinarlo al gremio levítico, haciendo que tome de ser disimulada, pero nunca por el fosfórico temperamento del Obispo en Cierne, le vale al seminarista unos azotes en cuero limpio, que le indignan hasta el punto de escapar del Seminario e ir a esconder su rubor en la lejana capital del Rinac, en donde, tirando la sotana, sienta plaza de maestro de Gramática en un principal instituto de Instrucción Pública. En herranza profesional, nuestro poeta Miguel Moreno, topa con Correa en Lima, y no ceja hasta conseguir que en el prófugo se encienda el amor al Tomebamba y en el apostata el arrepentimiento. Ignoramos si la ordenación de Correa tuvo lugar en Lima o en Cuenca, sabemos solamente que fue en 1872. Al tornar al terruño, disputó la preeminencia a los más elocuentes predicadores de su tiempo, y que, en su presentación y arreo, fue el Patroneo, entre los tonsurados. De este clérigo se cuenta que su fama de orador, en un Setenario hizo rebozar la Catedari de oyentes. Se dirigió Correa al pulpito, convencido de que era el hombre del momento. En el raso y la seda de sotana, en las áureas hebillas de sus zapatos, cabrilleaban las lámparas del templo, mientras su espíritu, sedientos de aplausos y de triunfo, transparentaba en el relampagueo de los ojos y en la sangre que encendía sus mejillas. Era Correa en ese momento, blanco de todas las miradas. Así avanzo al pulpito, y las primeras palabras de su oración fueron como el preludio de un arpa pulsada ´por diestra mano. Pronto el orador se enardece y a medida que a su voz se eleva, desgranando, perlada, las más puras inflexiones, el silencio del auditorio crece y publica la profunda emoción que le cautiva. Mas, de pronto, el orador de calla, los brazos que tenia elevados, como alas, caen inertes; mortal palidez cubre su frente e inclinando la cabeza, prorrumpe: señores, la memoria es frágil, yo confié de ella y de ella se a escapado mi discurso. Francisco de Paula Correa no volvió en su vida a ocupar la cátedra del Espiritusanto. Cuando nosotros lo conocimos, era ya viejo, mal visto en la sociedad, por su divorcio con la Curia, pero filólogo de fama, literato con sobrados títulos para así llamarse y destacado científico, sufriendo el menosprecio pueblerino reconocido y ponderado por la intelectualidad azuaya. En las aulas del Colegio Nacional, varias generaciones recibieron su enseñanza, Profundo humanista, botánico insuperable; la flora, así como la Gramática, no tenían para el secretos; el castellano fluía de sus labios, musicalizado y puro. Renació a la disciplina eclesiástica, severo con el conservatismo, puso más de una vez, en sus llagas cauterizante hierro, provocando el encono de los fanáticos de bigote y de tonsura. Los sofistas, enconaron al filósofo y, con el abandono e indiferencia de los prelados, el menosprecio de los mediocres y la emulación de los que se empequeñecían a su lado, se salió de las rutas apostólicas. Nada detuvo el ímpetu de su rebeldía y sin hallar lo que había buscado en las fuentes del amor divino, cayó en las redes del amor humano. Encerrado en su torre de marfil contrahízo en ella uno como hogar, pero atizado desde afuera, con el soplo de la maledicencia. Con su mano planto un huerto que, a trueque de un pimpollo, nunca le produjo sino manzanas de ceniza.
Y desde su penumbroso templo, donde las luces de la ciencia, la filosofía y la didáctica no habían alcanzado a sustituir el fulgor caricioso de la lámpara que en otro tiempo, alumbraba sus desvelos, cuando al buscar una chispa en el yerto incensario, a su soplo siguió una nube de polvo; cuando en la copa de la vida no quedaban sino haces de desencanto, salió de bracero con la insania y, deambulando por las calles de la ciudad dormida, conmovía al vecindario, con voz de lloro, implorando a la tierra el refugio que no tardo en darle, compasiva.