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Egüez Iván

Escribo cuentos apenas desde hace unos quince años. El primer cuento lo escribí en una temporada de mi vida en la cual solo hacia poesía y ese cuentecillo fue una casualidad, casi un accidente. Apareció en un numero de la revista la Bufanda del Sol y, A la larga, fue el embrión que años más tarde iba a permitirme escribir mi novela Pájara la memoria. Ese cuento se llama La Martinada. Luego, en el lapso de dos años escribí los quince cuentos que aparecieron en El tripe salto. Después surgieron apuntes o quedaron dentro de mis historias vírgenes que no llegaron al papel por mucho tiempo, como el caso de un cuento que lo vislumbré en Venecia y que lo atesoré dentro de mí, durante años, unos seis o siete, hasta escribió. En general, si no estoy por publicar un libro, prefiero no rifarlo no me gusta perder la emoción de contarlo “de mano” como suelen decir los jugadores de póker. Asimismo fue. Lo escribí como un vómito, sin puntuación siquiera, esta publicado en mi libro Anima pávora y se llama muerte en Venecia, como un homenaje secreto a Tomas Mann.
Escribió por temporadas. No se trata precisamente de temporadas de fertilidad. Más bien de tiempo de concentración. En general la escritura me resulta fácil: quizá se deba a que no me gusta ir a lo que llaman “el abismo de la hoja en blanco”. Cuando me siento a escribir, casi siempre se lo que voy a escribir, por eso prácticamente escribo lo que se llama “a limpio”, Pero últimamente me sucede algo extraño: sueño los cuentos o siento como si una voz me los dictara.
Mi último sueño al respecto fue bastante patético: soñé en (¿o no?) Guy de Maupasant, pero un judío ruso, de nombre Isaac Babel, se me había adelantado. Afable, con la seguridad de alguien que ha acumulado sabiduría al punto de no ostentarla, con la mirada más tierna y segura del mundo y con una voz grave, pausada, Maupasant me ha referido que el vela por mí y que lo hace a sabiendas de que el no es mi único maestro, pero que como los otros tres o cuatros que tengo andan muy ocupados, el me tomaba a cargo.
Con El triple Salto, Iván Egüez se rebeló como un brillante cultor del relato breve en su generación, en la cual destacan también Abdón Ubidia, Raúl Pérez, Velasco Mackenzie, Proaño Avandy, Béjar Portilla, entre otros.
Iván tenía a su haber dos novelas notables: La Linares, Best seller de su tiempo, y El poder del Gran Señor. Pero lo singular de su quehacer literario es que se realiza con el mismo acierto en los dos principales géneros narrativos: la Novela y el cuento, lo cual no es muy frecuente. Borges, cuentista excepcional, jamás escribió una novela; Pareja Diezcanseco, ficha mayor de nuestra novela, escribió un solo cuento, al que el mismo mira por encima del hombro.
Sin duda el cuento es el género cultivado con mayor fuerza por los ecuatorianos, al punto de ser, con la pintura, la actividad más brillante de nuestro pequeño mundo de las artes.
Larga es la lista de jóvenes cuentistas ecuatorianos. En su Eugenia Viteri presenta más de veinte autores nacidos a partir de 1940, todos ellos importantes.  
Ahora Egüez nos ofrece Anima Pávora, colección en la que el autor llega a la madurez como cuentista. Relatos que unen al dominio técnico un alucinante clima mágico, son al mismo tiempo cuentos que cuentan cosas, no simples estampas.
Me decía Paul Engel –notable intelectual austriaco nacionalizado en Ecuador- que el cuento tiene dos grandes vertientes: la de Chejov y la de Maupassamt, la de este caracterizado por los finales que impactan por lo sorprendente e inesperado Egüez se ubica en la corriente del maestro francés, a veces dando el golpe solo en la Línea último del relato, por ejemplo en El Lago de los cisnes.
¿Qué te propusiste en este libro?-preguntamos al autor.
-Son historias asignadas por el asombro, el desconcierto, la incertidumbre, la zozobra, lo inesperado, lo inexplicable, Retratan el Miedo y la inseguridad en que le ha tocado vivir al hombre actual. Miedo que late, que ronda, que paraliza, que degrada, que puede ser vencido solo por la magia de la vida, por el amor, la entereza y la solidaridad.
Casi no hay tomo de cuentos que satisfaga por igual. Siempre hay preferencias. Como simple lector, señalo los que más me han impresionado del último libro de Iván Egüez: Cruce de trenes, La banca del parque, Las vueltas del molino, El lago de los cisnes, la espada (al que le encuentro un parentesco con el cuento genial de Eca de Queiroz, El Tesoro), El hombre de las ideas, Sunka, y el que da el nombre al libro, anima Pávora, que ciertamente es más bien una novela corta. Todos ellos son de una precisión de relojería, sin una palabra, sin una coma demás. Anima pávora se incorpora con todo derecho a la no muy extensa lista de grandes literarios de la presente década.