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Escudero Gonzalo

Gonzalo Escudero nace en Quito el 28 de septiembre de 1903 y muere en Bruselas el 10 de diciembre de 1971, a los 68 años de edad, debiendo cumplirse el segundo lunes de este mes, 13 años de su fallecimiento. A la sazón, desempeñaba una función diplomática, y su muerte se debió al enfisema pulmonar que le deparó su inveterada afición al tabaco.
Su actitud de escritorio se despierta, ya desde sus años infantiles, apenas a los 9 años; y cuando ingresa al Instituto Nacional Mejía de la capital, tiene oportunidad de activar su vocación junto a Augusto Arias, Jorge Carrera Andrade y Luis Aníbal Sánchez, aún jovenzuelos como él, con los que edita las revistas “Crepúsculo” y “La Idea”.
Los 4 se alternaban en la obtención de los premios literarios que organizaba el Instituto.
A los 15 años, Escudero les toma la delantera, cuando en el concurso Nacional Intercolegial de 1918, triunfa con su obra poética “Los poemas del arte”, que además, se convertiría en su primer libro de versos.
Más tarde, siendo estudiante de derecho de la U. Central recibe el Premio por su trabajo “Las parábolas olímpicas”, triunfador de los Juegos Florales Universitarios de 1922.
De acción multifacética, siendo aun estudiante, cumple funciones de subsecretario de Educación y Secretario del Congreso Nacional que lo proyectan después de graduado, a ocupar funciones diplomáticas en calidad de Encargado de Negocios en Francia y Panamá.
De regreso al país, toma banderas por el periodismo y la política, siendo uno de los fundadores del Partido socialista Ecuatoriano.
Como docente, cumplió funciones de profesor de estilística y lógica en el colegio “Mejía” y la U. Central pero una vez consagrado en su carrera diplomática, toma rumbos que se bifurcan por los caminos del internacionalista de alta nombradía y el poeta excelso y de fuste.
La función diplomática, le deparan el profesorado de Derecho Internacional Público en la U. central y de Derecho Diplomático en el Instituto de Derecho Internacional de Quito.
Países como Perú, Francia, Panamá, Argentina, Colombia, Brasil y Bélgica, se benefician con la diplomacia suficiente y capaz de que dio muestras en calidad de Embajador del Ecuador, acreditado en ellos.
La OEA lo tuvo, primero, en calidad de miembro de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y después de Presidente del Consejo de Organización.
En la UNESCO cumpliría funciones culturales y, en nuestro país, pocos años antes de su muerte, ocuparía el cargo de Canciller de la Republica.
Señalado como el poeta de la metáfora desconcertante y el de la imagen impresionante, es autor de obras que lo han colocado entre lo mas altos cultivadores del postmodernismo ecuatoriano. Arquitecto minucioso de la forma y cantor de armonías rutilantes, fue autor de libros poéticos como: “Hélices de huracán y del sol”, “Estatua del aire”, “Materia del ángel”, “Autorretrato”, “Introducción a la muerte”.
Escarbador profundo de los versos de Góngora y Quevedo, de Whitman y Sabat, de Mallarmé y Valerey debió leer, también, a San Juan de la Cruz y a Manrique cuyas huellas todas se advierten en sus poemas “Hombres de América”, “Pleamar de piedra”, “Dios”, “Ases”, “Tú”, “Poesía”, “Amor”, “Fuga”, “Presagio”.
Uno de sus libros en prosa, es “Justicia para el Ecuador”, donde abunda al país, por el despojo infamante de 1942.
En su honor, y postmorten, se publican dos obras que las habían estado elaborando antes de morir. Son: “Réquiem por la Luz” y “Nocturno de Septiembre”.
Por la perfección formal de su verso, se considera la suya, como la poesía más plena que se haya escrito en la lírica ecuatoriana en este siglo.
En diciembre de 1971, hace precisamente veinte años, murió en Bruselas, el escritor quiteño Gonzalo Escudero, una de las voces más elocuentes e informadas que ha producido el Ecuador  en lo que va del siglo. Sin embargo, y no obstante haberse destacado como bardo, jurisconsulto, estadista, y profesor universitario, la obra de este gran poeta ha sido sólo apenas estudiado. Aquí no intentamos otra cosa que rememorar su figura y trazar una silueta de su trayectoria poética con miras a que esa obra sea motivo de mayor estudio.
Escudero colaboró en revistas de aliento vanguardista. Dentro de esa línea, en el primer número de Hélice (1924-26) lanzó estas proclamas editoriales: “Estética de movilidad, de expansión, de dinamia. Nunca la naturaleza en nosotros, sino nosotros en la naturaleza… el artes es la alquimia….de la inverosimilitud…sólo el artista crea, multiplica y destruye… el simbolismo de la hélice es pródigo: un perpetuo que gira sobre sí mismo. El dominará… al boa constrictor de nuestra América…Nihilistas sin maestros, ni semidioses, proclamados la destrucción de la naturaleza, para crearla de nuevo… Entonces haremos la luz”
Los ecos futuristas y creacionistas de esas frases colocan a Escudero en el ámbito de los iconoclastas.
Al respeto, sin embargo, no hay que olvidar que esos anuncios provenían de un intelectual que había investigado a fondo la tradición estética de Occidente. Sus conocimientos teóricos sobre el tema  están patentes en su compresivo ensayo titulado “Las trayectorias del pensamiento estético” que publicó, también en 1924. Ese estudio es significativo para ver en germen las ideas del poeta sobre la estética del ideal, de la sensación de la percepción, de la voluntad, y también sobre la estética psicológica y social.
Tradición y ruptura coinciden, pues, en la obra de Escudero. Darío y Góngora, dos insurgentes, dejan surco en su trayectoria poética. Desde sus comienzos, bajo el astro modernista, la poesía de Escudero revela un ansia constante de perfección formal. A su vez, metáforas e imágenes densas, de raigambre surrealista, cubista y futurista matizan su búsqueda de expresión, de simbólica luz. Se entiende que se lo haya calificado de “neogongorino”.
De Escudero cabe decir en conjunto lo que él dijo, respectivamente de Darío y Góngora en 1967: aquel “acuñaba una poesía Límpida dominada por la las aguas procelosas de la imagen pura, con todo lo que esta posee de inaudito hallazgo y de sorpresa mágica”.
En 1965, Escudero publicó Poesía, volumen que reúne todos sus poemarios anteriores. Los poemas del arte (1919), mayormente soneros, lleva como epígrafe esa estrofa del “Yo soy aquel” de Cantos de vida y esperanza de Darío que dice: “En mi jardín se vio una estatua bella” etc. Resultan así evidentes la inspiración, el tono y la temática de esta obra juvenil.
Las Parábolas olímpicas (1922) entrega, en el sentido alegórico y matemático, lecciones proyectadas por medio de imágenes yuxtapuestas que van desde el agua a la espuma, de la luz a la tiniebla, de los elementos a lo infinito. El astro lírico e intelectual de Escudero se abre brecha en aquel poemario, anuncia el temple que caracterizará Hélices de huracán y del sol (1933).
Los elementos, lo telúrico, la grandeza de América están presentes en este último libro nombrado. Esta el culto de lo épico, de lo grandioso. El tiempo y el espacio remontan dimensiones ciclópeas. Corren por ese poemario poblado de huracanes, de ventarrones los bajos profundos de oboes rezumando eternidad. La voz Lírica se columpia en lo infinito tratando de aferrarse al límite, al orden, al autoconocimiento humano. Poesía que se dilata abrasada de angustia Cósmica. Versos de aliento intelectual y lírico, apolíneos y apasionados, revienta, en ello la búsqueda epistemológica de esencias metafísicas.
Altanoche (1947) recoge poemas escritos entre 1933 y 1943; la voz lírica se interioriza, se vuelve ontológica. El poeta se reconoce como un “grito sobre el abismo”, detrás y después del cual hay otros alaridos. La angustia existencial de la nada, la presidencia de la muerte, el constante interrogar e interrogarse y la simbólica visión del hombre como “ahorcado” elementos que se vuelven lamento y se arropan de ternura pueblan este poemario que es cuaderno, botánica, geografía, biografía y burbujas de un yo cada vez más presente y más cargado de preguntas.
No falta la preocupación social, el indio. Por sobre todo ello se siente la mortalidad del hombre alimentando la eternidad de la vida, afirmado tercamente el vivir. Se aprecia de manera especial esto último en “Rondalla en ocho lamentos”, conjunto de ocho sonetos, y en “Altanoche”, poema que cierra el texto. La futura pauta de la poesía de Escudero irá reiterando y perfeccionando los caminos que abre este libro.
Estatua de aire (1951) consiste en cincuenta octavas en que la presencia de sones del Siglo de Oro (Garcilaso, Góngora), envueltos en su moderno montaje, nos hacen sentir la tensión de lo antiguo y lo moderno, del tiempo, del continuo recalcar de la vida, evidente en los apóstrofes que emite la voz lirica a esa simbólica “estatua de aire” que es el vivir/morir.
Materia del ángel (1953) constituye en la trayectoria del poeta un paso más hacia el sosiego y la armonía, hacia la pureza de expresión, hacia la anhelada y tan difícil sencillez. Poesía desnuda, suave, serena (asoma Fray Luis). Muy atrás han quedado los huracanes y los cataclismos cósmicos.
Autorretrato (1957) trasunta una imagen biográfica y estética de Escudero, expuesta toda en límpidos pomas que puntualizan su dominio formal del alejandrino.
Introducción a la muerte (1960) se explica por sí mismo. Poesía depurada: la presencia de la tradición lirica castellana se enfatiza y perdura en la recuperación de contenidos y formas: “Me bastará, señora, para amaros, / en mi morada junto a mí teneros, / un lecho blando para sosegaros/ y una oruga de lumbre para veros”. 
Escudero nos dejó también un drama, Paralelogramo, comedia con cuadro (1935), suerte de farsa de inspiración surrealista. Drama y no teatro. Entiéndase bien esto. Más que la narración de un conflicto dramático tradicional predomina el montaje de imágenes, de axiomas, de frases lapidarias, epigramáticas, de greguerías de lo absurdo. Los cuadros presentan hombres y mujeres anónimos, numerados, que son y no son los mismos, que se desenvuelven en una universidad, en una cárcel, en un manicomio, en una “morgue” y en un vagón de ferrocarril, y que, en una oficina policial, en el último cuadro se convierten en tema de las divagaciones abstractas de un “jefes” y de un “ajusticiado”, entre otros. Predomina lo intelectual y filosófico.
Póstumamente apareció Réquiem para la Luz; Nocturno de septiembre (1983) que elocuentemente reitera los elementos fundamentales de su poesía.
Además, Escudero se interesó por esclarecer la cuestión histórica de los problemas territoriales de nuestra patria y Perú, según se observa en su Justicia para el Ecuador  (1968). Escudero tradujo del francés la obra de su coterráneo Alfredo Gangotena, ese otro gran poeta, también muy poco estudiado. Es de esperar que la Biografía literaria y personal de esta figura eminente de las letras ecuatorianas e hispano americanas e hispano americanas sea pronto objeto de estudios serios. Me inclino a pensar que ese estudio nos revelara sobre la formación de la identidad nacional y cultural ecuatoriana.