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Estupiñan Bass Nelson

Muchos años han transcurrido desde mi encuentro afortunado con el vate africano. He vuelto con frecuencia a su lectura; muchos de sus versos resuenan en mi, aunque jamás he podido memorizar nada si recuerdo unos, porque en un momento lo quise para título de mi obra actual, “Cantos helénicos”, que dividí en tres partes, cuya última tiene coincidencias notables con la obra del poeta africano.

Al tiempo que revisaba los poemas dichos, volví al estudio, ya más reposado, de Nelson Estupiñan Bass, con quien cruce un par de cartas cuando yo vivía en Puerto Príncipe, en esa calma abrazadora, parecida en algo a la que ahora estrecha mis inquietudes. El Desempate es uno de los libros de poesía que ni siquiera lo he colocado algunas vez en el estante dedicado a la Lirica. Lo dejo siempre frente a mí, pues muchas tardes voy hacia tus paginas y leo cualquiera de las replicas singularísimas y empreñadas de saber, años y poesía de veras. No hay juegos malabares; no esas metáforas que por desgracia, el mismo autor la utiliza en sus poemas de “guerra”, comprometidos y al uso, pues el único compromiso que admite la poesía es con el verbo mismo, y en la raíz de Nelson Estupiñan, esta la tierra y está el alma de Esmeraldas. Quizás nadie la siente con él, digo entre los poetas, pues tengo entendido que vive en el paramo en esa ciudad gélida, desde donde se imparten las órdenes para que el resto del mundillo ecuatoriano siga la danza.

¿Quién acuño el término “negritud”? Se me antoja que fue un poeta francés; pero su aclimatación al español se la debemos a José María Anson, que la Dio a la Luz por primera vez en una nota editorial de ABC, diario madrileño de solera e imperio, donde aun se dan cita la realeza de la palabra y el tono regio. Y “negritud”, agrado como a nadie, a Sengzhor.

Anoche, al pasar por esa mesa donde me espera El Desempate, no pude resistir la tentación y, pese a que no debo leer a luz escasa, cogí el pequeño tomo y leí morosamente: “Yo quisiera sentenciar/que la mujer es libre agua” (Pág. 30), y me basto ese par de versos, para mi solaz, venturosos, sabios y con qué trazo…Luego, pasando las paginas, como quien mira esquelas o fotografías que uno ya conoce, otro par de versos añosos  y puros: “pero en el jamás oirán/ que yo ensalce al corruptor…”(72). El saber, arma del pueblo, el conocimiento, que solo se adquiere en la universidad de la vida y ese tono de chunga, propio de la raza negra, están “patentitos”, en estos versos que siguen: “no se dé que educación/ es que vamos a tratar/ pues la que se imparte hoy/ es la ciencia de vagar…”. Y ya me parece ver cabecear a una negra de 100 años al oír esta sentencia: “el país debe tener/ población de calidad/ en vez de la cantidad/ que no puede mantener…” (Pag.54).

Digo y termino: que llamo aposta “Vate” a Estupiñan Bass, porque fiándome en lo antiguo, de tal suerte se llamaba al adivino, y solo se lo llamo del mismo modo, más tarde, al poeta. Si, es adivino el que de si va a los demás, mientras la muchedumbre de poetastros dice sus versos como cosa propia, y nada, casi nada es suyo, pues lo recogieron de los eunucos educados en los monasterios marxistas…después de todo, alguien dio: “lo que no es imitación, es plagio”.

Estupiñan Bass solo imita a su tierra. De ahí su grandeza humilde y única.
Novelista y Poeta, presento la problemática de la tierra esmeraldeña en “Cuando los guayacanes florecían”. (1954).