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Fevries Des Poentes


Las autoridades del país (Ecuador) vinieron a bordo para visitar al almirante; este les explico el fin de su viaje. Se debió entrar en contacto directamente con el Presidente de la República del Ecuador, en aquel entonces el ciudadano Urbina, un mestizo-indio. Nuestro ministro en Quito, el Conde de Montholon, había arriado nuestra bandera y abandonado el país, porque los franceses que habitaban en el Ecuador  habían sido maltratados y pilados sus bienes; el Ministro de Francia no había obtenido que sus reclamaciones fuesen atendidas por el Gobierno del Ecuador. El Almirante Fevrier des Pointes había sido encargado de arreglar este litigio”.
Así se comprende la inusitada concentración de la marina francesa frente a Guayaquil. Escribe el Viscon de Kerret: “En primer lugar, la fragata “La Forte” de 60 cañones; “El Prony”, navío de ruedas de 6 cañones; “La Brillante” fragata de 30 cañones; “La Prudente” corbeta de 24 cañones; y “El obligado”, brick de 12 cañones. Estábamos en capacidad, añade de Kerret, para demoler y reducir a cenizas esa diminuta ciudad de madera”.
Nuestro ultimátum, escribe de Kerret, no era muy duro para el gobierno de ese encantador pequeño país; pagar a nuestros nacionales perjudicador la suma de trescientos mil francés y saludar la bandera francesa con 21 cañonazos”. 
En espera de la respuesta del Presidente Urbina, disfrutaron de la facultad de circular en la ciudad, en donde pronto entablaron diversas amistades, entre otras con la familia del Ministro de Finanzas, pro entonces en Quito”.
La respuesta no se hizo esperar mucho tiempo. “Al cabo de tres semanas, las proposiciones del Almirante fueron aceptadas por el Presidente de la República en, quien añadia en su carta que se sentiriá muy feliz si esas proposiciones le fuesen  llevadas a Quito por oficiales Franceses, a los que se daría un recibimiento muy afectuosos”
El almirante Février des Pointes ordenó a su secretario redactar el acta por la que los dos Gobiernos estaban de acuerdo y del Kersaint y de Kerret fueron designados para llevar a Quito ese “tratado de Paz y Amistas” y hacerlo firmar por el Presidente Urbina.
“El Almirante hizo llamar, escribe nuestro viajero, y nos dio seis-horas para preparar nuestras maletas y partir las autoridades de Guayaquil, felices de ver que se arreglaban los asuntos, requisicionaron una buena piragua y el 24 de mayo dejamos nuestra querida “La Forte” por dos meses que necesitábamos para ir a Quito, visitar el interior del país, ya nuestros propósitos eran de avanzar. Las condiciones eran que debíamos realizar este viaje nuestra cuenta, con el concurso del Gobierno Ecuatoriano. Y nuestro compromiso con el Almirante fue que nos juntaríamos con el, después de dos meses, en el Puerto de Paita, al norte del Perú.
Reunidos en el Callao, en su querida fragata “La Forte”, ya podemos imaginar el cordial recibimiento del Almirante Pevrier des Pointes, de sus camaradas y el relato entusiasta que los dos franceses hicieron de los treinta y mas días que había durado su expedición. Pero urgentes”. Efectivamente la actitud hostil de Rusia hacia Europa había provocado la guerra de Crimea (1854-1855), en que Francia e Indes Pointes debió dirigir su escuadra hacia Kamtchatka y allí comandó, entre otros hechos de guerra, el bombardeo del puerto de Petropavlovsk, en la costa sudeste de Kamtchatka. Murió poco después y en su reemplazo fue nombrado el almirante Fourichon.
En cuanto a “La Forte” en que navegaban nuestros dos viajeros, del Callao emprendió su ruta hacia la polinesia, las islas Marqueas y según hemos vistos, de septiembre de 1853 a febrero de 1854, los franceses fueron los huéspedes de la reina Pomaré, en Tahiti, Regresaron a Chile; nuevamente al Callao y de allí se dirigieron al norte a San Francisco y Mexico, después. En Acapulco se informaron de la victoria de Inkerman, ganada el 5 de noviembre de 1854. Finalmente fue el regreso a Brest, en donde de Kerret llegó en los primeros días de Marzo de 1855. Es decir que en varias ocasiones de Kerret y de Kersaint navegaron aun en aguas ecuatorianas. Seguramente, en una de aquellas travesías por el Pacifico, el Vizconde debió pasar junto a las Islas Galápagos, a las que consagra estas líneas en una página independiente de su “Diario de Viajes”.