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Gutiérrez Judith


Nace en la provincia de los Ríos y crece en la hacienda de Chorrera, al borde del río Babahoyo. Su niñez transcurrió entre el campo, el río, los amaneceres y los atardeceres, las creencias y los mitos, las historias de la selva. Su padre, marino fluvial y agricultor, un gran aficionado a la lectura, preocupado por la educación de su hija, la manda a un convento en Riobamba a la edad de 16 años.
Judith está hecha de calor, de humedad, de historias del campo, bellas y terribles, de muros conventuales que la separaron del mundo durante algún tiempo llenándola de Imágenes sagradas, de miedos, de iluminaciones y le enseñaron otra manera de imaginar, de inventar, de crear y de vivir. Más tarde Judith empezaría a navegar su propia vida, que hasta ahora transcurre en un mar de líneas, de colores y texturas,  “porque vivir simplemente no es preciso; navegar, descubrir puertos, sentirlos, es preciso”. Así llegaría a México, donde actualmente vive, su segunda patria, su segundo vientre, un país que la llenaría de atmosfera de historias de ambientes y de luz.
Hay cosas que son más fuertes que nosotros y no las podemos dejar; cosas que no recordamos pero que fluyen mágicamente de nuestro interior para reconstruir nuestra historia con verdad y fantasía. A veces no creemos en esas cosas y a veces somos y no somos, por el simple hecho de no indagar en el infinito interno de cada uno. Judith, desde hace mucho tiempo, comenzó a indagar en sí misma, a descubrir, a recordad. Judith recuerda un vapor navegando en el río, a su padre ene l timón, a ella sobre cubierta con su cabello volando por la brisa y grupos de garzas en el cielo completamente azul, mientras los lagartos se asoleaban a las orillas del río Judith recuerda también la oscuridad conventual y el misterio de las montañas, de los nevados, de lo sagrado. Judith recuerda tierras, personajes momentos mexicanos que le fueron dando forma.
Judith sueña. Inventa juega. Los colores y las formas son sus elementos, sus llaves mágicas para entrar en su mundo de imágenes, de atmosferas, de momentos y de historias. Olor a óleo, olor a vida. Judith Gutiérrez se presenta en cada tela, porque cada tela es su momento de vida, de recuerdo, de fantasía, con la cual invita a imaginar y a jugar con la posibilidad de ver el mundo a través de un caleidoscopio de luces, texturas, personajes, líneas y colores.
En sus cuadros se puede ver una tendencia hacia una expresión “ingenua”.
Hace unos años estuve en los Ángeles en una exposición y allí sentí que quería mi obra menos explicativa y más de impacto; quería dejarle más al espectador, dejar que él volara y darle más bien una visión de color. Entonces la presencia de las formas fue ausentándose; me di cuenta de que me gustaba muchísimo el salto que había dado pero también me percaté que tenía que cuidar muchísimo el no poder elementos de mi pintura que consideraba importantes, vitales y frescos. Así como estaba exagerando ese barroquismo en mi pintura, así mismo tenía la tendencia a exagerar en el perfeccionamiento de la línea. Creo que en este momento estoy cerca de lograr algo que me satisfaga, por el momento, porque ya se sabe que un artista, hasta que se muera, no estará satisfecho.