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Hervas Joaquín


Después de tres horas de desigual y rudo batallar, el General Montes obtiene la victoria. Los insurgentes abandonan el campo de la guerra, como siempre hacen en estos casos, poniendo alas en los talones o en las rodajas de las espuelas. Pero don Joaquin no tiene por que huir. El no ha peleado. Y además, los chapetones tienen que respetar sus canas de octogenario.
A la hora en que  las tropas del Rey son dueñas de las plazas del pueblo, la indignación sube a la cabeza del viejecito don Joaquín. Quisiera probar que la vejez no extingue la hidalguía ni el amor a la Patria. Y, en estos casos, el aguardiente de caña sabe dar arrestos heroicos. Bebe unas copitas dobles y toma su escopeta de dos cañones. Sale a la plaza del pueblo y, a la distancia de cincuenta pasos del grueso del ejército enemigo, grita: ¡Viva la Libertad! ¡Abajo los esbirros del rey! Dispara. Y antes de saber su sus municiones llegaron al blanco, una descarga múltiple le deja sin vida en el mismo sitio donde le espera un pedestal.
Montes avanza siempre: los republicanos resistente: llega el 2 de septiembre de 1812, y los patriotas se concentran en Mocha para dar la batalla definitiva. Mocha es el terrible sitio histórico desde las embestidas indignas del Perú hasta los arrasamientos e incendios de Rumiñahui. ¡En Mocha debía concurrir también uno de los más fuertes fracasos del pequeño ejército libertador de Quito!
Carga Montes con ferocidad; los 2.900 hombres del checa no pueden resistir el formidable empuje, y a la vuelta de pocas horas, el desbande de los republicanos toma proporciones dolorosas. Montes triunfa; los realistas entran a tambor batiente en la plaza de Mocha, proclamando su glorioso hecho de armas; los vencidos huyen, dejando apenas unos cadáveres en el campo.
De repente, hay algo inusitado que sorprende y desconcierta a los cañones a la cara. “Viva la Patria! Abajo el Rey” grita con estentóreo acento, y dispara sobre el primer grupo de soldados españoles que tiene cerca de sí. No tuvo el anciano tiempo para observar a cuantos enemigos de su patria había matado, porque enseguida un torrente despedazo su cuerpo, derribándolo para siempre.
Anegado en su sangre y desfigurado por las innumerables heridas, es recogido el octogenario admirable. Se llama Joaquín Hervas; es vecino de Ambato, y con su sacrificio ha puesto la grandiosa nota heroica, aun en medio del desastre con que finalizo la primera campaña de los pueblos de Quito a favor de su independencia.
Falleció 2 de septiembre de 1812 en Mocha