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Holst Gilda


He allí un tándem de epítetos que las protagonistas femeninas de Más sin nombre que nunca (1989) tienen que aguantar y sufrir en el campo en que se desenvuelven.
Campo masculino, campo de poder macho que somete a la mujer a la marginalidad, al silencio, al ámbito de la imaginación, a la mutilación de iniciativa y al anonimato implícito en el titulo de esta primera colección de relatos de Gilda Holst.
Anonimato irónico pues estamos aquí ante una voz inaudita que no puede pasar inadvertida. Voz feminista: urbana, civil, burguesa (y no por eso menos respetable), voz ciudadana, Guayaquil y de Costa.
Mas con esto último ni por pienso aludimos a baratos provincianismo. No obstante, lo autentico y lo autóctono, dejo que otros definan esos términos, corren sin esfuerzo por las páginas de Gilda Holst.

Mas sin nombre que nunca contiene una poética y un criterio de selección que informan su organización temática.
Arranca Gilda Holst de la idea de poder y autoridad implícitos en las estrategias de técnica narrativa que preocupan a un escritor y que informan un texto. El modo en que se plantea la enunciación en el texto es una preocupación central en los relatos. ¡A bajo con la omnisciencia, y abajo con la autoridad del escritor! Hay que derrumbar y desmitificar la voz solemne y mandona, tiránica, del narrador para cedérsela al cancionar de los personajes, liberarlos (“El escritor”). Por otro lado, junto a relatos que exponen restricciones y reglas los hay aquellos en que proliferan la presencia de lo ambiguo e imprecisable, el ámbito de lo maravilloso de la libertad plena, si bien imaginaba (“Mas sin nombre que nunca”).  Poder, autoridad, sujeto, objeto, tradición, cambio, norma, rebeldía, represión, incomunicación, enajenamiento, realización y escritura sin algunos de los motivos que se desplazan sutil e irónicamente por el libro de Gilda Holst.
Metáforas, símbolos, imágenes, testimonios, lenguas, claman la necesidad de alterar el orden establecido, Remiten a una lucha de poder. Alegan una insensitiva e injusta separación y desigualdad de géneros, una insondable carencia de ternura. Una gran parte de las narraciones sugieren que el varón reprime, somete y excluye a la mujer, la traduce constantemente en hembra/objeto, en ser inesencial, en el “Otro”.
En este último sentido no puede ser más eficaz el relato “Reunión”, dedicado a Simone de Beauvoir, la autora de Le Deuxieme Sexe. La presencia femenina exhalando uneros voluntarioso, husmeante a sexo, es vista en más de alguna reunión de sociedad como un “atrevido” impulso que amenaza los hegemónicos códigos masculinos de comportamiento. Reconocer ese tufo, habituarse al mismo, y reunirse con su elemental condición humana de erótico ser,  mujer en este caso, se entiende la pauta “correcta” a seguir, es el rechazo de tradiciones y normas institucionalizadas, es romper un tabú, es invertir papeles, es rescatar un derecho. Así lo afirma la “insolente” voluntad de vida de la protagonista, voluntad que, irónicamente, no es ni más ni menos que la que siempre se ha adscrito el nombre para sí.
Resuena en las narraciones de Gilda Holst una abismal angustia que permite por via directa a la condición femenina de sus protagonistas, angustia que camina a través del espanto, que acaso zozobra entre el miedo y el deseo, pero que se adhiere a lo suyo y acaba por redimir su condición única, intransferible, de mujer/ser humano.
Un buen numero de los relatos de Gilda Holst constituyen un alegato artístico, un testimonio de cómo una mejer cualquier mujer de clase burguesa, reconcilia o trata de reconciliar su índole social, al margen, dentro de un mundo que la ha condicionado a patrones canónicos de comportamiento. La voz femenina que los cuentos revelan es la de la mujer moderna, consciente de sus propias contradicciones, viviendo “entre lo estable y el desbarajuste…viviendo la transición del mundo…la volcadura de campana”, como diría Pablo Palacio. Mujer moderna afectada por un “virus” de consciencia que ella reconoce en si, que ella entiende como miedo y deseo de ser, pero que pasa desapercibido por el hombre y sus usos (“Una palpitación detrás de los ojos”). No obstante, ese virus se riega, siembra nuevos modos de vida.
En la madre de Mas sin nombre que nunca yace la idea inquebrantable de que hay que llevar a cabo transformaciones en la tradiciones culturales y en las restricciones físicas que usurpan a la mujer (Ejercicio”) tradiciones que ella, contradictoriamente, por habito, por ser un producto de las misma contribuye, irónicamente, a mantener en pie (Día de playa”).