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Infante Díaz Nicolás


El 23 de noviembre de 1884 del mismo año, la población de Palenque, provincia de los Ríos, se insurrecciono contra el orden público, haciendo causa común con los revolucionarios y designado jefe Civil y Militar al Coronel Nicolás Infante.
1876 “Como a las cuatro de la madrugada, fue tomado por la Policía el Señor Nicolás Infante, quien hizo armas contra el celador que lo aprehendió y fue desarmado. Conducido a la Policía, trato de romper los papeles que tenia sobre si, los que le fueron quitados. Entre ellos, está el compromiso para la revolución en el que se nombra a dicho señor Jefe Superior de ella, y del cual envió a US. H. una copia, listas de comprometidos, los agentes mandados a otros lugares, notas de gastos, etc. “habiendo sido necesario sacar de su prisión al Señor Nicolás Infante para que presenciara el allanamiento de su tienda, en la que se encontraron seis rifles y una caja de capsula, este señor, al regresar de su prisión pudo burlar la vigilancia de la escolta, a su paso por la casa del señor Vice-cónsul de México, y se introdujo a ella. Aunque los Vice-cónsules no tienen derecho de asilo, esto produjo ya una complicación desagradable. Reclame a Infante, y aunque se dio la orden de casarlo, pero siendo necesario la prudencia, no se procedió inmediatamente, limitándose a guardar la casa con perfecta seguridad. “El señor Vice-cónsul mexicano, sin pretender inmunidad de ninguna clase y acompañado de los señores Cónsules de Estados Unidos e Italia, solicito pasaporte para el exterior para el Señor Infante, a lo cual me negué, lo mismo que a cualquier concesión, mientras Infante no fuese restituido a la Policía. Transcurriendo algunas horas y continuando las solicitudes por el pasaporte y de acuerdo en todo con el señor Comandante general del Distrito, convenimos en que, después de ser entregado Infante a la policía y prestado sus declaraciones, a él y los principales comprometidos, se les concederían los pasaportes solicitados por ellos.
Don Nicolás Infante nació en palenque, el día 4 de septiembre de 1847. Fueron sus padres doña María Trinidad Díaz, oriunda de Portoviejo y don Nicolás Infante Bustamante Guayaquileño.
Apenas contaba con 99 años de edad cuando tuvo el dolor de perder a su padre; y el desgraciado suceso que le ocurrió al pasar cerca de una camareta que explosionaba, permitió conducirlo a Guayaquil. Allí ingreso a la escuela del señor Chica que en aquellos tiempos, gozaba de mercida fama.
Es desde entonces que comienza a revelar su valentía, a juzgar por la siguiente anécdota.
Cierta noche en la que su maestra se quejaba de agudo dolor acerco el pequeño Nicolás a inquirir por su salud.
Mal muy mal respondió el Maestro el único remedio que podría aliviarme son ciertas  hojas que no las hay aquí sino en la Quinta. En la Quinta ha dicho Ud. Pues yo ira por ellas. Contesto resueltamente el muchacho.
No eso no lo permitiré yo jamás. Bien sabes que es un paraje solitario y peligroso por ser guardia de malhechores.
Nada que iré he dicho exclamo con animo resuelto.
Y sin que nadie pudiera estorbárselo, tomo un farolillo y lanzo a la calle con dirección al indicado sitio. La verdad es que el remedio conseguido aquella noche, logro aliviar la dolencia del Maestro chileno.
En 1873 es entonces cuando el periódico político La Nueva era arrostra las iras  del tirano y una pléyade intelectual estrecha filas para la forja de los más furibundos escritos. Montalvo, Valverde, Semblantes, Balda, Proaño, Infante, Roberto Andrade, Marcos Alfaro, Sorroza y otros combaten los abusos y arbitrariedades del gobierno, a riesgo de soportar inicuas represalias.
En 1869 al estallar en Guayaquil la revolución acaudillada por el coronel José Veintimilla, Infante conspira desde el almacén en que trabaja y comunica su entusiasmo a los demás empleados para secundar el grito de rebelión que trataría de restaurar la dignidad de la Republica. Se salta al combate en las calles de la ciudad; se asalta la guarnición y cuando el triunfo comienza a sonreír a los rebeldes, circula el rumor de la muerte del caudillo, originando la derrota.
Solamente un grupo de valientes situado frente del cuartel de Artillería se mostraba irreductible para petado detrás de su cañón. Uno de ellos era Infante.
¡Ríndanse! Les intima uno de los jefes gubernistas.
Vencidos, pero jamás rendidos responden ellos. Por fin es sofocada la revolución. Algunos prisioneros son fusilados. Tras de rendir fianza por $10.000, infante recobra su libertad.
Infante publica algunos artículos contra Borrero. Don Eloy Alfaro y otros distinguidos liberales, convencidos de que Borrero ha traicionado los ideales del partido, resuelven derrocarlo. Mediante una acta fechada el 2 de mayo de 1876 se inviste a don Nicolás Infante con la Jefatura Suprema del partido, como el más hábil, valiente e ilustre ciudadano; pero, el plan es descubierto, capturándose a muchos de los conjurados, infante es aprendido; logra burlar la guardia y se refugia en el consulado de la Republica Francesa para salir deportado al Callao, el 28 de mayo 76 Infante y es confinado a sus hacienda de Palenque.
Pronunciase en Palenque el 23 de noviembre de 1884, adhiriéndose a la protesta armada acaudillada por Alfaro; organiza un pequeño ejército, pero bien equipado; marcha sobre Vinces, cuya escasa guarnición rinde, y apropiarse de considerable material bélico. En brillante alocución nomina “Husares de Chapulo” a su batallón. El pueblo le designa Jefe Civil y Militar de los Ríos. Sin pérdida de tiempo, el  25 toma la plaza de Balzar, que estaba en poder de las tropas gobiernistas.
Como rasgo de la clemencia y moderación que sabia usar después de las victorias se cuenta que cierto sargento de oficio mecánico. Manifestaba tal odio a don Nicolás que siempre encontraba ocasión para desprestigiarlo. Después de la entrada a Balzar, Infante hace conducir a su presencia al sargento que había caído prisionero ¿Qué me dice ahora sargento?
Yo…..yo…nada señor, contesta el infeliz templado de piez a cabezas, y no hacia sino pedir perdón. Casi lloraba.
Mira cobarde, te perdono, el único castigo que te impongo es limpiar y reparar todo el armamento que se encuentra en mal estado. Retírate!.
El 28 se baten los beligerantes en las montañas de Maculillo, cuyo triunfo es adverso a las tropas gobiernistas, dejando en el campo muchos rifles, caballos y pertrechos. Por tiempo los valientes guerrilleros tienen en jaque a los defensores del régimen, como llama de voraz incendio, se propaga la revolución por todo el Ecuador. El 6 de diciembre, Alfaro se inmoraliza en las aguas del Jaramijo. El día 9, a las 10 de la mañana, el General Darquea invade con numeroso ejercito las llanuras de Piscan; difícilmente puede sostener Infante los fuegos con su reducido número de combatientes. En consecuencia, se produce la retirada a las montañas y desde entonces se marcha en continuos descalabros. Infante, su hermano Justo, su hijo Pedro, don Emilio Estrada, el doctor Marcos Alfaro, Francisco Borja, Limones, Salomón, y L. Sotomayor se refugian en las selvas.
Finalizaba Diciembre. El General Darquea, esa pantera al servicio de los déspotas, se olvido de la clemencia al juzgar a Infante mediante un Consejo de guerra integrado por enemigos políticos del gran vencido de la historia.
Hay que fusilar a Infante tronaba iracundo, arrebatando por la venganza. Y su decisión fue aprobada. Y para no escuchar a los que pudieran interceder por la revocación de la cruel sentencia, se encerró en su despacho.
Al esparcirse el rumor del veredicto, gritos de indignación se escaparon de la garganta de los prisioneros que esperaban el turno.
¡Traidor, infante! ¿Traidor a quien? ¿Acaso no estaba fuera del servicio activo de las armas constitucionales, al comenzar la campaña? Pero se necesitaba una víctima de significación política para aterrorizar a aquellos que sintieron deseos de seguir el pernicioso ejemplo.
Llego el día 1º de enero de 1885. En el mismo calabozo donde Infante estaba prisionero, se improviso la capilla, colocando una mesa desmantelada sobre la cual había un crucifijo alumbrado por dos cirios. Apenas se digno el reo mirar ese aparato. Toda la mañana la empleo escribiendo sus últimas disposiciones. Antes ya había redactado su testamento político que empieza: “Yo Nicolás Infante, natural y vecino de Palenque, hallándome preso y sentenciado a muerte por haber acaudillado una revolución regeneradora en el sentido liberal que mis compatriotas, hoy triunfantes la han juzgado un crimen horrendo; y en consecuencia; juzgado en consejo de guerra verbal compuesto por ellos mismos, se ha salido la condena del último suplicio, que no dudo que, acababa de ejecutarse su apasionada sentencia, se arrepientan de haber hecho derramar una sangre estéril para los principios que sustentan..”
Cuando a las once una mujer se acerca al prisionero llevándole el almuerzo, la responde.
Gracias por la molestia. ¿Por qué? Esta noche cenare con Plutón en el infierno. Después del medio día comenzaron en los cuarteles los preparativos para la ejecución. Tanto el Capellán del ejército como el presbítero italiano, Dr. Destefano, intentan persuadirle para que se confiese:
Es inútil. Nada tengo de qué arrepentirme les responde.
Correctamente vestido de negro, tocado con fino sombrero manabita y fuertemente ligado por los brazos, lo sacan a la plaza. Marcha con ánimo resuelto, conversando con los dos sacerdotes, que no quisieron separarse de su lado.
En los rebeldes de tambor resonaban con intermitencia lúgubres, Cesaron al llegar el fúnebre cortejo a la explanada que precede al pórtico del cementerio.
En el pálido verdor de los cercanos matorrales de destacaba la silueta del valiente guerrillero; y en su reluciente calva parecían flotar sus grandes sueños libertarios.
Los dilacerantes toques de corneta acallaron los rumores. El reo habla “hoy levantan el cadalso para exterminar conmigo el brote fecundo de la libertad. No lo conseguirán. Quedan hombres altivos y valientes, que no se acobardaran porque vean correr a borbotones mi sangre dentro de un momento. Teñirán en ella la enseñan rebelión y volaran al campo de batalla a luchar por la conquista santa de la diosa libertad, oprimida por los verdugos”.
El oficial del pelotón ordeno vendar al sentenciado. Eso nunca lo permitiré. Quiero ver salir la bala que me arrancara la vida.
Es de reglamento explico el oficial.
El pañuelo de seda rojo que el mismo proporciono obscureció para siempre la visión de las cosas. Fue un momento de trágica expectación. Era como si las conciencias despertaran a la realidad, pues hasta los mismos soldados comprendieron que se trataba de un valeroso e inteligente adversario…
El estridor de la descarga manifestó lo irreparable. Los cañones de los fusiles se cubrieron de neblina. El ajusticiado cayó de bruces, los sesos volaron en todas direcciones. Se le secaron las mejillas. 
Apareció la ridícula conspiración de Infante (el cojo) y de Valverde que fue sofocada en el momento, aprehendido a los revoltosos y tomándoles
 El armamento y municiones que había han copiado.
Prócer Negro, venezolano, miembro del escuadrón Altollano, que invadió la Nueva Granada por el Norte y decidió el triunfo en el pantano de Vargas; lucho en Boyacá y en Queseras del Medio; vencedor con Bolívar en Ibarra el 17 de 1823; asesino al Tnte. Francisco Perdono, su rival, por faldas, por lo cual fue fusilado en Bogotá.
Camino al patíbulo y como los empleados del Palacio de Gobierno salieron a espiar al negro, este le increpo a gritos que a él le debían sus puestos y sueldos.