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Jijón león Miguel


Don Miguel de ion y León, nacido en Cayambe en septiembre de 1717. Varón de talento ilustrado y al mismo tiempo de gran visión económica, presto notables servicios tanto en su país nativo como en la Madre Patria.
En recompensa a sus meritos, el rey Carlos III, mediante Cedula del 3 de junio de 1784, le instituyo donde de casa Jijón. Vuelto a su tierra natal fue uno de los fundadores de la “Escuela de la concordia “y mereció de Espejo un cálido elogio, por el interés mostrado en rehabilitar la economía de su país, el conde murió soltero, legando su titulo y su fortuna a su hermano don Manuel y Todos los de su apellido el ejemplo de superación.

En 1755 el Procurador del Cabildo don Miguel de Jijón y León expondrá al Rey de la triste y lamentable  realidad de la población de Quito: de su falta de comercio, “por las esterilidades y daños causados por el volcán de Pichincha.
Don Miguel de Jijón y León: “uno de los genios de Superior orden, a quienes anima un heroísmo de que apenas cada siglo presenta un ejemplar”, y ecuatoriano de inteligencia practica y emprendedora que tanto hizo por el perfeccionamiento de las manufacturas, por el progreso de las artes, por el tributo de la consagración mística a Mariana de Jesús Paredes y Flores, la dulce Azucena de Quito; cerebro visionario y estructurador de motivos beneficiosos para el pueblo, como cuando introdujo en Andalucía el cultivo de la caña  de azúcar, y cuando saneo y construyo en la misma ciudad el barrio de “La Carolina Malagueña”; diligente estadista, cuando logro del rey rebajare el 5% el censo al 3% en su asolada Quito; espíritu abierto a los vientos prósperos de la cultura, cuando a la par que Eugenio de Santa Cruz y Espejo y Juan Pio Montufar y Larrea, pusiera todo su entusiasmo para llevar a feliz término la “Escuela de la Concordia”, y cuando fuera perseguido en España por la inquisición; el regio varón que aun en los últimos momentos de su vida conservo el mas macabro estoicismo, al ser devorado lentamente por las llamas que prendieron fuego en su alcoba cuando la luz del candil alumbraba en su diario devorar de libros y de crónicas, en el puerto de Kingston, en el final viaje que realizaba a España para defenderse de los ataques inquisitoriales de Lima.