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Lamar y Cortázar José Domingo

 


Cada año, en el aniversario de la Batalla de Tarqui, se habla del hecho histórico glorioso los colombianos; y se habla del mariscal La Mar. Hora es de que los nuevos historiadores ecuatorianos, con el sentido crítico tan agudo y real con que están revisando y “reviviendo” la historia Patria, enfoquen la personalidad de este grande ecuatoriano, que con términos de ese vasco moderno don Miguel de Unamuno, encaro el “sentimiento trágico de la vida”.
Padre de la Mar, fue don Marcos de la Mar, nacido en provincia vascongada de Vizcaya, descendiente de una familia normanda cuya cabeza fue el duque de La Mar quien, huyendo de la tiranía de Oliverio Cromwell, arribo y afinco en tierras vizcaínas. Fue su madre doña Josefa Cortázar y Lavayen, hija de don Ruiz de Cortázar, antiguo Gobernador de Guayaquil. Don Marcos vino a América con el cargo de Contador de las Cajas Reales de la ciudad de Cuenca, donde nació y fue bautizado el 12 de mayo de 1776, su hijo José Domingo de las Mercedes la Mar y Cortázar. Hecho curioso, La Mar nació en la misma casa en que, años más tarde, naciera Abdón Calderón, sitio en el que se construyo y funciono el banco del Azuay, esquina diagonal al templo de San Alfonso.
Vinculado a nobles familias criollas y españolas. La mar es llevado por su tío Dr. Francisco Cortázar oidor de la real Audiencia de Bogotá y Regente de la de Quito, al principal colegio de nobles de Madrid en que, bajo la más esmerada formación humanística, se decide por la carrera militar, atendiendo a una autentica vocación.
A los 18 años de edad, integrando el regimiento de Saboya, tomo parte en los sangrientos combates del Rosellón, en 1794, bajo las órdenes de los más nobles y valientes jefes hispánicos, como el conde de la Unión, contra los más acreditados jefes franceses, como los generales Moncey y Perignon. De esta guerra salió La Mar con el grado de capitán del regimiento de Saboya.
Cuando la invasión napoleónica a España, ya con el grado de Teniente Coronel, participo en los celebres combates del sitio de Zaragoza, bajo las ordenes del heroico general Palafox. Mas tarde, defendiendo del fuerte de San José, fue gravemente herido, sufriendo una larga postración. Una vez recuperado, le trasladaron a Valencia, al mando del general Black, quien enterado de su nobleza, inteligencia y valor, le asigno cuatro mil hombres, con los que integro la “Columna La Mar”, de celebre recordación en la historia de las guerras de España, contra los franceses.
En enero de 1812, Black capitulo frente al mariscal Suchett y la Mar fue llevado prisionero a Francia, donde sentó un gesto de su nobleza y valentía congenicas. Mientras los demás oficiales españoles dieron juramento de no fugar y quedaron libres de Dijon, La Mar se negó a dicho juramento, por lo que fue internado en un castillo cuyo dueño, un noble que nunca acepto la trasformación de la Revolución Francesa, menos la autoridad de Napoleón, facilito la fuga de la Mar, acompañándole personalmente hasta Suiza, desde donde aso a Italia.
En junio de 1814, la Mar retorno a España cuando había concluido la guerra y Fernando VII se había restituido al trono. El monarca, por recomendaciones de generales y nobles de su corte, confirió a La Mar el grado de General de Brigada y le nombro Subinspector General del Virreinato del Perú, cargo desde el cual sirvió al Rey, hasta el 19 de septiembre de 1821 en que, tras una honrosa capitulación, rindió la plaza de Callao a las fuerzas del libertador José de San Martin, abrazando, desde entonces, la causa de la emancipación americana. Antes, con la nobleza de su ser, por intermedio del Virrey La Serna, devolvió a España su grado, sus honores y preeminencias.
San Martin le confirió el grado de General de División. Ya en Guayaquil, en la tierra natal de su madre, la junta de Gobierno presidia por Olmedo, le designo Comandante General de la Plaza y ascendió al grado de Gran Mariscal.
Hasta aquí la relación biográfica gloriosa. El resto de su vida y de su historia la conoceremos ensombrecida por un “genio maléfico adverso”, según unos; por el “sentimiento trágico” según mi modesta apreciación; ese sentimiento que llevan precisamente ciertas nobles razas, ciertos nobles hombres, como lo fue el Mariscal La Mar.
Pero la gloria verdadera de este hijo de Cuenca, con noble sangre normanda vascongada guayaquileña, vive en el inmortal canto “La Victoria de Junin”, único ecuatoriano mentado en las estrofas sonoras de olmedo. Vive en el “Canto del siglo” de José Santos Chocano, en el soneto “Al General La Mar” del mismo Olmedo. Y el Mariscal sucre, pese a su adversión a La Mar, “el viejo” como le llamaban, en el parte de guerra de Ayacucho, dirigido a Bolívar, expresa textualmente: “Con satisfacción cumplo el agradable deber de recomendar a la consideración del libertador, a la gratitud del Perú y al respeto de todos los valientes de la tierra, la serenidad con que el señor general La Mar, ha rechazado todos los ataques y aprovechando el instante de decidir la derrota”. Hora es pues de reivindicar la personalidad histórica del Mariscal La Mar. En Cuenca creo que también está formada esa nueva escuela de historiadores ecuatorianos, que tienen que volver a escribir la Historia de la Patria.
Desde sus más tiernos años, el había abrazado en España la carrera de las armas y por su valor y merito había llegado en la Península al grado de General. Hallándose a fines del año 19 de Inspector General del Perú por el Gobierno de España, se recibió en Lima la noticia de que principios del año 20 estallaría en Cádiz una revolución a favor del sistema Constitucional, y escribían de Europa, que apoyase aquí ese movimiento. Los americanos Independientes y los españoles constitucionales, que residían en esta capital, se reunieron secretamente para mudar el Gobierno, deponer al Virrey Pezuela, proclamar la constitución del año 12 y nombrar jefe supremo provisorio al General Lamar D. Pedro Abadai, intimo amigo de Lamar, se encargo de la delicada comisión de comunicarle este proyecto. ¿y cuál fue la respuesta que recibió? Que siendo americano de nacimiento, y más independiente y libre en el fondo de su alma, que San Martin, Carrera, Castelli, Puy Rendón, etc. Sabia  ahogar en su pecho el amor a la independencia para escuchar la voz de su deber, y de la fidelidad que le ligaban al Gobierno Español de quien había recibido tan honorificas pruebas de confianza. Que en el momento que la fortuna abandonase en América la causa de España, que el se viera libre de todo compromiso de honor, el volvería a servir de simple soldado en las filas de la independencia, y sería tan leal y fiel a quien me refirió este hecho, se quedo absorto y admirado de tanta grandeza de alma, y el tiempo comprobó la sinceridad de sus sentimientos.
Los triunviros o Juntas de Gobierno el 14 de enero de 1822 nombraran al General Lamar, comandante General Militar de la Provincia de Guayaquil, con el visto Bueno de Sucre, en reemplazo del Coronel Antonio Morales que abandona ese cargo para incorporarse al ejercito en campaña en marcha sobre Quito. Y da Sucre mayor testimonio de amistad cuando el Coronel Juan F. Elizalde, que debe incorporarse también a la campaña de Quito, se lo sustituye en la jefatura del Distrito de Portoviejo con el comandante Matías Tirapegui, conocido por sus ideas peruanófilo.
El 2 de julio de 1822, Simón Bolívar sale de Riobamba y llega a Guaranda y conferencia con el General don José de La Mar, que había venido a su encuentro para felicitarle a nombre del Gobierno de Guayaquil.
Actuó al lado de Bolívar en Junín (6 de agosto de 1824) y al lado de Sucre en Ayacucho, comandando en esta ultima la División del lado izquierdo integrado por la Legión Peruana y los batallones 1º, 2º, y 3º, en todos los cuales había ecuatorianos que constan en las respectivas listas. Los otros jefes de división eran: el general Córdova, a la derecha, con los batallones Bogotá, Voltigeros (ex Numancia), Pichincha y caracas, el Gral. Miller, al centro, con los Granaderos y Húsares, de Colombia; y el Gral. Lara, en la reserva, con los batallones Rifles.
La Mar condujo inmediatamente al general francés al servicio de España a la tienda de Sucre, donde se redactaron las clausulas de la total rendición española.