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Layana Melecio Machado

 


Es sabido que los músicos son seres humanos especiales. Son una extraña mezcla de amor, pasión, mística y entrega a los demás. Son, en definitiva, personas cuyo torrente de vida está impulsado por el ideal artístico. Ellos viven para la música, así como vivió Melecio Layana Machado, clarinetista guayaquileño.
Desde muy temprana edad se inclina por los instrumentos de viento Anécdotas familiares cuentan que a los cuatro años, se procuro un carrizo el cual soplaba a manera de flauta y llenaba de sonidos su casa.
Más tarde esa afición lo llevo a estudiar el clarinete y la flauta y a entregar sus conocimientos y su talento en el Conservatorio Antonio Neumane, del cual llego a ser Subdirector
Su trayectoria
En el año 1945 ingresa a la Escuela de la sociedad Filantrópica del Guayas, siendo su director el recordado Maestro Angelo Negri, cuya desaparición motivo el abandono de sus estudios, dedicándose a ejercer la profesión como instrumentistas dentro y fuera del Ecuador.
Pero esto sería solo un paréntesis, pues reinicia su preparación en la Academia Santa Cecilia, en 1947, siendo su profesor de clarinete el Sr. Bolívar Claverol. Posteriormente, en 1959, ingresa al Conservatorio Antonio Neumane. No sabía que este había de ser el lugar donde entregaría tanto a la sociedad guayaquileña como maestro, ni que tantas horas, días y años, serian dedicados a la promoción de los músicos actuales.
Durante su vida de estudiante fue galardonado con los premios que otorga la Sociedad Filantrópica del Guayas y con el premio “Estimulo” que otro entregaba la compañía de Cervezas Nacionales al mejor alumno del conservatorio, en actitud que dice mucho de la predisposición privada de ese entonces para estimular los valores artísticos.
Como instrumentista actuó bajo dirección de Ángelo Negri y Carlos Arijita, dos grandes maestros que dejaron un extenso legado de trabajo musical en Guayaquil. Posteriormente, en los años 50 integro la Orquesta de Cámara de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas, germen de la actual Orquesta Sinfónica de Guayaquil, constituyéndose en uno de sus fundadores.
Además de interpretar el clarinete y la flauta, incursiono en el canto coral con el Coro del Conservatorio allá por 1952, bajo la dirección del maestro Jorge Rayky y actuó en el Coro Madrigalista.
De haberlo querido, pudo consultarse en un gran cantante con su exquisita voz de tenor. En los años 60 la profesora Lila Álvarez, directora del conservatorio, lo motiva a estudiar flauta, inquietud que tuvo inmediata acogida e inicia su preparación con el maestro Víctor Wiesner.
Se convertiría luego en solista de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, pues sus posibilidades en la música fueron muchas, llegando a interpretar bien tanto lo clásico, como lo popular y a dormir clarinete, flauta y saxofón, en un despliegue de diversidad musical, difícil incluso para nuestro tiempo.
En el aspecto clásico llego a ser un concertista precursor de instrumentos como el clarinete, desafiando a un medio donde lo tradicional era y es el estudio del piano y violín.
 Estos datos biográficos no alcanzan tras el maestro. No hablan del amigo solidario, del trabajador incansable por el arte, que lo llevarían algún día a decir frases como “este poco comprendido arte es una entrega de amor y tiene como propósito la elevación espiritual de nuestro pueblo.
Sus amigos hablan Ipolita de Luca
(Pianista profesora del Conservatorio, en muchas ocasiones compartió, en muchas ocasiones compartió el escenario con M.L.M) “Era un músico de gran temperamento, muy prolijo en su fraseo, realizaba un trabajo muy meticuloso. Un concierto que recuerdo. Un concierto que recuerdo mucho y me pareció memorable fue el que realizamos en el Centro Ecuatoriano Alemán, cuando interpretamos el dúo Concertante de Weber. Por todas sus posibilidades, solía decir José Barniol “…si hay músico completo en Guayaquil, ese es Melecio Layana”.