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Lorentz Karl

 

Cuando decidieron ir a venir a las Islas Galápagos, se hicieron extraer todos los dientes y Karl Lorentz, dentista de profesión, fabrico una dentadura de acero para las circunstancias imprescindibles. El y Rudolf Philipson, ingeniero este último, alemanes y cuarentones los dos, vegetarianos de medio tiempo como Eloísa, quisieron asegurar con esa medida radical, que no caerían en la tentación de probar carne roja y con entusiasmo dieron comienzo a la tarea de prepararse para una nueva vida que les depararía solaz para su angustia y paz para esos espíritus perturbados por los estragos de la guerra y el trajín de la vida  moderna, que ya en ese lejano día de principios de otoño era insoportable en toda Europa. Eloísa Wagner, Baronesa de Frankenwald, los había convencido de que la manera más segura de encontrar la paz, era vivir por siempre en la idílica soledad de un lugar como Galápagos en el Mar del sur, perdido en el confín del mundo y así fue como tomaron un curso intensivo de Español que empezaron a practicar entre ellos, realizaron sus haberes en su nativa Stuttgart, lo cual no fue difícil ya que los cuadros y demás bienes habían sido escogidos en su momento con innegable buen gusto y luego adquirieron  herramientas, medicamentos, semillas y utensilios, destinados a permitir la subsistencia en cualquier paraje apartado de la civilización y en menos tiempo de lo que pensaron, se encontraban los tres iniciando la travesía del Océano Atlántico, cómodamente instalados en un buque de pasajeros.
El puerto de Recife en Brasil, les confirmo que la idea había sido acertada, pues en cuanto llegaron, lo primero que pudieron percibir fue disminución del ritmo en la actividad cotidiana  del ser humano, los pobladores del puerto, tenía la misma tranquilidad que emanaba de las casa coloniales portuguesas y flamencas; de las iglesias barrocas y de los fuertes centenarios que los rodeaban por todas partes. Quedaron por todas partes quedaron definitivamente cautivados por la despreocupación atávica de los navegantes a vela del rio capibaribe, que desemboca turbio, extenso y tranquilo a los pies de la ciudad. Atravesaron Brasil, Colombia y la mitad del Ecuador, hasta que una mañana, un mes después de haber zarpado de Hamburgo, estaban haciendo lo mismo desde el puerto de Guayaquil. Un dragaminas tosigoso del gobierno los llevo durante tres días a través de un mar sin contratiempos, Permanentes estuvieron acompañados por delfines unas veces y otras por tiburones o pequeñas ballenas, después lamentarían que no pudieran disfrutar de los cielos amarillos sobre aguas añil de los atardeceres del mar abierto en el pacifico, ni de la inesperada presencia de una criatura con cabeza y pechos de mujer hermosa que de pronto apareció a flor de agua, porque los había dejado extenuados el rápido descenso desde Los Andes hasta Guayaquil y se puede decir que los dos primeros días a bordo los pasaron durmiendo de un tirón. Al atardecer del tercer día de navegación, pudieron avistar suspendida entre la bruma y el horizonte, la silueta de la Isabela, la más grande de las islas del archipiélago.
No está claro en qué momento se había adelantado Lorana con el fin de alistar todo lo necesario para una transición sin demasiados sobresaltos, lo cierto es que al llegar a la Isla Floreana, su destino final, se alojaron en la casa de techo de chapa metálica y paredes de madera que Lorana había hecho construir y alistar. La casa era en realidad, mas en mucho de lo que se podía pedir en esas latitudes. Construida sobre pilotes clavados en la arena, tenía en el frente y por los lados una verja de madera pintada de blanco; cercas de alambre de púas para proteger la huerta bien provista y plantada con un lado las plantas rastreras y al otro las calabazas trepadoras; atrás en eras perfectamente alineadas: verduras y hortalizas y mas allá, en el fondo, pequeños corrales de cabras paridas que se rezumaban leche fresca. Los obreros que utilizo para la construcción de Investigaciones Darwin en la Isla Santa Cruz y desde que llegaron a la Floreana estuvieron deseosos de terminar cuanto antes y alejarse del lugar. Eran nativos de Jipijapa en el continente, desconfiados y continente, desconfiados y supersticiosos y los intranquilizaba esa bella extranjera solitaria, con una intangible aureola de respeto, que no permitía un mal pensamiento, ni siquiera cuando salía sola a bañarse desnuda en los lagos termales a pocos minutos de camino.
Al llegar, Eloísa escogió la habitación que daba al mar, frente a la ventana a pocos metros, moría la vertiente de un remolino fragoroso que después de pasar por un túnel natural de roca volcánica, salía mansamente sobre la arena gruesa, por lo que permanentemente producía un arrullo mullido y crepitante. La primera noche, pasaron la mayor parte del tiempo escuchando como había hecho Lorana para transportar madera, techos enteros capturar animales vivos, perforar la tierra, plantar sembríos y mantener a raya a doce obreros en pleno trópico.
Al otro día después de un desayuno con naranjas enteras, leche y queso de cabra, frutas de árbol del pan cocidas y huevos de tortuga hervidos, salieron los cuatro a disfrutar de la caminata matinal a la vez que los recién llegados pudieran satisfacer la curiosidad de conocer su paraíso. La única disposición de Eloísa fue acatada sin reclamo. En adelante andarían completamente desnudos y solo se vestirían en caso de que arribara a la Isla algún visitante, cosa que no sería a menudo, pues Lorana les conto que no había tenido ninguno en los meses transcurridos desde su llegada y que el único habitante de la isla vivía al otro lado, pasando los lagos y el volcán apagado a más de veinte kilómetros de donde estaban y era personaje solitario que ponía por encima de todo su aislamiento.
Eloísa estaba invadida por una sensación de entera libertad y mientras caminaba a la retaguardia, precedida por los cuerpos desnudos de sus amigos, empezaba a sentir una embriaguez parecida a la que da el vino por la mañana, cuando se sabe que quedaba todo un día por delante para disfrutar y lo maravilloso, era que en realidad tenían por delante de semana, años, la vida entera. La alegre cháchara de los caminantes, estaba contrapunteada por trinos y zumbidos esporádicos que salían perezosamente de la fronda malva, verde y oro de los alrededores.
¿Saben? – La voz era de Rudolf- en este momento acabaran de desaparecer las mariposas que por más de diez años me revoloteaban en el estomago y por primera vez me importa un soberano culo el día de mañana.
Amen, contesto Karl, entre pequeños jadeos.
Después de atravesar la sucesión de pequeñas colinas que bordean los lagos termales, empezaron el ascenso por la falda del volcán apagado que domina la geografía de la isla avanzaban ignorados por inmensas tortugas dedicadas a partir pacientemente pedazos de cactus, a mediodía se encontraban en el colosal balcón natural que forma uno de los bordes del cráter por donde en tiempos remotos se debió desbordar el ardiente turbión de lava que se petrifico en todo su recorrido hasta el mar. Desde allí dominaban toda la isla que vista desde el lugar no parecía muy grande porque la bruma que se desplazaba a trechos por las planicies impedía una visión completa del panorama. De común acuerdo tomaron la posición de flor de loto y así sentados con los pies bajo las pantorrillas y los brazos descansando sobre las rodillas empezaron a respirar pausadamente para irse adentrando poco a poco en los espacios luminosos de la meditación profunda.
Era casi de noche cuando regresaron, se reunieron en el salón principal de la casa y a medida que la obscuridad se asentaba afuera, los mecheros de aceite de recino iban dando un toque mágico a la reunión y la conversación era una cascara que flotaba tranquilamente sobre comentarios sin trascendencia. Eloísa fue la primera en retirarse y a solas en su habitación se encontró pensando en Tole, la mina de oro en el sur de Colombia a donde había ido cinco años antes, mas por deseos de aventura, a tomar posesión de un considerable paquete de acciones de la mina que al morir le dejo su único tío materno. En Tole, un caserío tropical entre la apretada arboleda de cacao y cocoteros fue recibida por sus socios, inmigrantes italianos, casi todos casados en la región desde mucho tiempo atrás. Naturalmente que la llegada de una joven y bonita europea fue recibida con exuberante entusiasmo y mas de un colono rico alentó la esperanza de poner fin a su soltería. Los primeros días fueron una sucesión de jaranas y paseos en los que no falto la clara vinaza de banana que los italianos preparaban y delicados bocados de mariscos macerados en fragantes especias y hierbas que se daban silvestres por todas. Desde el primer día noto la presencia de un hombre moreno de renegrida y encrespada barba y mirada atónita que tomo por siciliano, pero que después se presentaría como Yussuf Salomón, era un beduino del Batrun aposentado en la región con el fin de atender sus negocios de destilación de semillas, cascaras resinosas y extractos de azahar.