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Martillo Narcisa


Enseña la Sagrada Escritura, que quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Y esto significó amistad que cultivaron intensamente, dos almas gemelas, los mejor de nuestro jardín espiritual costeño. Se conocieron, se comprendieron, se amaron en el Señor y trataron de compartir la experiencia única de la santidad.
Casi de la misma edad, Mercedes Molina y Ayala, perteneciente a una de las familias del más rancio abolengo porteño, llevo con solo cuatro años de diferencia, a la humilde montubia, que viene a correr fortuna en el puerto, Narcisa Martillo Morán. La diferencia social y económica desaparecer, cuando se presenta una fuerza superior y unitiva a que es el amor.
Las dos se apedillaron de Jesús, en señal de pertenencia exclusiva a él. Se hermanaron en el mismo ideal: seguir las huellas sangrantes de Santa Mariana de Jesús, viviendo su misma espiritualidad de victimas.
Una circunstancia providencial las coloca en el mismo camino. Ambas son hijas espirituales de un Varón de Dios, que por su santidad y ciencia, brilló en la Iglesia Guayaquileña en el siglo pasado, el Canónigo José Amadeo Millán de la Cuadra, fruto sabroso del Seminario Conciliar de San Ignacio de Guayaquil.
Al viajar a Lima, Mons. Luis de Tola y Avilés, que venía dirigiendo espiritualmente a Narcisa, desde su llegada de Nobol, la deja confiada al cuidado y guía de Don Amadeo Millán “asaz instruido en asuntos de alta mística”, El sería ahora su nuevo Director Espiritual. Maestro que enseñaba, mas con el testimonio de vida, que con la palabra.
También lo era, de doña Mercedes Molina. Desde lo que ella llamaba “su conversión”, había renunciado totalmente el alto mundo social al que pertenecía, para consagrarse enteramente al Señor. Vivía ahora, junto a su hermana mayor, doña María, entregada exclusivamente a la práctica de la virtud y de las buenas obras, al trabajo domestico y al cuidado de sus cuatro pequeños sobrinos.
Al tener ambas un mismo Director Espiritual, “entonces fue cuando Narcisa trabó conocimientos con la señorita Mercedes Molina”. (Eliecer Fajardo, la Rosa del Guayas, 2° edie. Quito. 1947, pág. 58) Amistad santa y esplendida que cultivaron por muchos años. Gestando así, la bella experiencia de una amistad espiritual. Repitiendo en sus vidas, aquello de “las grandes amistades de los santos”. Y así unidas en el amor, escribieron una hermosa pagina de lo que puede hacer la gracia divina en los corazones humanos, que están abiertos a su suave influjo.
El camino que recorrieron fue el mismo: oración, sacrificio, penitencia y oblación por su pueblo vivieron la misma espiritualidad de la cual Mariana de Jesús es maestra y guía: espiritualidad penitente y reparadora, intercediendo por las necesidades del pueblo al que se pertenecieron.
Años, mas tardes, la Providencia las pone bajo un mismo techo. Don Amadeo gestiona las cosas de tal manera, que Narcisa venga a vivir en la misma casa de Mercedes. Dos almas unidad en el Ideal, comparten ahora el mismo hogar.
Mercedes vivía en cada de su hermana, como queda dicho. Esta casa estaba situada entre las calles Caridad (hoy calle Chile) y de la Cárcel (hoy avenida 10 de agosto). Exactamente, donde actualmente se levanta el Hotel Continental.
Era una casona esquinera “con piso alto y otro bajo, techo de tejas y paredes de madera. En los bajos funcionaban varias tiendas de comercio y los altos los ocupaba su propietaria que vivía en unión de sus hijos, los niños Vergara Molina…no hay ventanas, sino corredores, con toldas de lona que suben y bajan según el sol y el calor”.
Al quedar Narcisa sin donde vivir, por obediencia de su confesor que le ordena se cambie de casa, está a su vez, habla con Mercedes para que consiga de su hermana, la dueña de casa, un cuartito para su amiga y compañera. Y lo obtiene, precisamente, debajo de la escalera.
De esta manera la célebre casa esquinera de la calle caridad, será conocida en el Guayaquil antiguo, como la Casa de las Beatas, pues albergaba otra señorita beata, doña Jesús Caballero, muy dada a la virtud y fallecida en olor de santidad. Las tres serán muy queridas y respetadas en el vecindario. Todos conocían de sus vidas piadosas y austeras. Formarán una pequeña comunidad de oración y penitencia en su misma morada.
Vivirán unidas en el fervor, “Se conocieron y congeniaron admirablemente, comunicándose sus más íntimos secretos y animándose mutuamente al amor de Dios y al ejercicio de la oración y penitencia, Narcisa ocupaba un cuarto en los bajos y solo salía de él para ir a la iglesia y al comedor, cuando la llamaban a la mesa… (Fajardo, ídem, 1° edic. Guayaquil, 1926, pag.9).
Viviendo juntas, la amistad de estas dos almas crece y se funde en un solo amor. Cristo está en medio de ellas animándolas a permanecer fieles a su invitación a seguirle. La verdadera amistad humana viene de Dios y a Dios regresa, fresca y ágil en la unidad. La unión de personas que se aman es ya por si misma un signo de la presencia del Señor Resucitado. “Solo el hombre radicado en Cristo es capaz de vivir plena y limpiamente la realidad humana de la amistad”. Esto fue lo que descubrieron las tres amigas de la casa de las beatas, a las que se unió la joven Virginia Vergara Molina, iniciada por su tía Meche en el mismo ideal de santidad y que terminó enclaustrándose entre las Carmelitas de Cuenca.
Dirigidas las cuatro por el mismo Padre Espiritual, Don Amadeo Millán, juntas oran, juntas subirán por idéntico camino de santidad y juntas se sacrificaran. Encendidas en devoción y amor de Dios, podrán en común sus experiencias para alentarse mutuamente, fortalecerse en la amistad y ayudarme totalmente en esa lid tan singular que es la santidad.
Parodiando a una célebre frase, podríamos decir que las cuatro era uno, casi como un puño. Vivirán revestidas de Cristo y transformadas en su imagen, como enseña el Apóstol Pablo.
Años después, al bajar Narcisa de Cuenca, enterrando al querido Padre Amdeo, víctima de la tisis galopante, que lo llevó a la tumba el 19 de noviembre de 1867, encuentra que su amiga Mercedes, ya no vive en la casa esquinera de la Plaza Mayor. Siguiendo un ideal de heroica caridad, abandona a los suyos, para ir a servir a Cristo, en la persona de las niñas huérfanas y abandonadas. Es ahora la Directora de la Casa de las Recogidas, asilo fundado por el Padre Miguel Franco y Doña Juana Marín de Molina, quien dona para este fin, su amplia casa ubicada en El Bajo, barrio hacia el norte de la ciudad, poblado de quintas y huertas.
Al morir su Padre Espiritual, también Narcisa se encuentra sol y abandonada. Necesita se encuentra sola y abandonada. Necesita una hogar. Mercedes otra vez le abrirá las puertas de su nueva casa. Juntas Cooperarán en la formación de las huérfanas.
Juntas las pondrá su nuevo Padre Espiritual y director de la casa, el jesuita Luis Segura, Superior del Convento de San José, que trabaja con ilusión en la buena marcha del asilo. Feliz descubrirá en Mercedes y en Narcisa, las auxiliares eficaces en esta obra de caridad y promoción.
La más probable es que dado a su oficio de costurera, Narcisa haya enseñado costura a las huérfanas. Lo cierto es que vivirá por corto tiempo al lado de Mercedes, antes de viajar a Lima.
He aquí pues esta historia muy humana. La aventura de una amistad, que por sendas diferentes pero convergentes, llevó a estas dos costeñas, por los caminos de Dios. Amistades en la que se ayudaron mutuamente a escalar las cimas de la más alta y autentica santidad cristiana.
Sus padres don Pedro Martillo Mosquera y doña Josefa Moran, ambos oriundos de la histórica Villa de Santa Clara de Daule y dueño de algunas cabezas de ganado, asi como de cuadras de tierras, en lo que seria la hacienda de Nobol. Por el censo del recinto San José hecho en 1844, en el cual Narcisa aparece como de once años, deducimos que el año de nacimiento de Narcisa sería 1833, como arriba se apuntó; o habría nacido en los últimos meses de 1832, como lo dice el señor Angel Tola, su primer biógrafo; siendo la séptima de una familia de nueve hermanos.
Muy niña pierde a su madre y queda menor de edad a la muerte de su padre, según consta en el testamento de don Pedro Martillo, fechado el 25 de agosto de 1851. Narcisa de Jesús aprendió las primeras letras en una pequeña Escuela Municipal que funcionaba en una hacienda contigua bajo la dirección del profesor don Juan de Dio Richer, de nacionalidad peruana. Sus parientes y amigos refieren la gran habilidad que Narcisa tenias para la costura y el bordado, asi como su dedicación para los quehaceres de casa. El precioso adorno de la mujer de aquellos tiempos, la música lo que ahora llamamos “hobby”, era el pasatiempo de la doncella noboleña: su profesor, un viejecito llamado Juan Manuel Navarrete llevaba por doquer el elogio de su delicada voz, al rasgado de su “vihuela”.
A raíz de la muerte de su padre (1852), Narcisa abandona la nativa aldea. Una vez radicada la Sierva de Dios en Guayaquil, el barrio de la Catedral fue su barrio. Una de las primeras casas que habito Narcisa en Guayaquil fue la de doña Carmen Uranga Vásquez, cónyuge del Coronel Camilo Landin. Vivirá en un cuartito en los bajos y de ahí ira casa por casa y familia por familia, posando siempre en los cuartos más humildes: altillos o buhardillas y bajos las escaleras; trabajando siempre para vivir como costurera de las familias que la acogían.
En este tenor de vida, pasará por donde la familia Antepara Marín; luego por la casa del canónigo Cura de El Sagrario, el Dr. Pedro Pinto, que después llegará a ser Gobernador del Obispo de Guayaquil; en donde era tratada con mucha consideración, por la cual, opta por separarse para ir a vivir con la familia Vergara Molina, situada en la esquina sur este de la Plaza Mayor, entre las calles de la caridad (Chile) y de la Cárcel (Avenida 10 de agosto), en donde también vivía en su intima amiga la señoritas, su compañera de vida espiritual. Ambas eran dirigidas por el Pbro. José Amadeo Millán de la Cuadra, pero este cayó gravemente enfermo de tuberculosis, por lo cual el Obispo de la diócesis Monseñor José Tomas de Aguirre y Anzoategui le prohibió confesar; pero no obstante tenía permiso para atender a Narcisa y a Mercedes que a medio día solían atravesar la Plaza Mayor, para ir a la Catedral en busca de Don Amadeo, para conferenciar con él.
Estando el Padre Millán enfermo de los pulmones por esos tiempos, enfermedad mortal por recomendación de sus médicos viaja a Cuenca, en plan de recuperación. Narcisa decide acompañarle para servirle y asistirle en su larga, penosa y contagiosa enfermedad. Poco dura su permanencia en Cuenca, pues casi enseguida, a mediados de 1867, muere don Amadeo a causa de su mal.
Durante su permanencia en Cuenca, Narcisa hace amistad con el Obispo de aquella ciudad Mons. Remigio Esteves de Toral, prelado notable que poesía como ninguno el don de discernimiento de las personas, y por lo tanto le fue fácil conocer y admirar las virtudes de Narcisa.
Mons. Toral tenía en mente fundar un nuevo monasterio contemplativo en Cuenca. Aprovechando, pues, que Narcisa quedaba sola en Cuenca, después de la muerte del señor Millán, la invita a que profese en la vida religiosa tomando parte de la nueva fundación “pero no hubo argumento, ni reflexiones que la convencieran.
Agradece dicha invitación y regresa a Guayaquil, donde se aloja en la casa de la señora Silvania Gellibert de Negrete, situada frente a la Catedral, el lado de la casa de la familia Vergara Molina, la cual también existió hasta el incendio de 1902 y que perteneció luego a don Juan Solines. En esta ocasión, pocos meses permanecerá Narcisa en Guayaquil; de esta casa partirá para Lima a mediados de Junio de 1868, dejando a doña Silvania algunas pertenencia personales y sus instrumentos de penitencia, entre ellos una cruz de madera en la que se crucificaba, la cual se la había hecho hacer en el Convento de San José el Padre Segura, por negro Rabasco, esclavo de la familia Landin.
Ahora bien, el padre Millán, profundo conocedor de su alma acaba de morir… En estas circunstancias, realiza su visita apostólica al Ecuador  Fray Pedro Gual y conocer a Narcisa Martillo. Este misionero franciscano, catalán de origen, ilustre por su espíritu evangélico y por su ciencia, examina atentamente el alma de la virgen noboleña y la admira tanto, al punto de reconocer -según el testimonio de Mons. Medina- que estaba bien. Un día dice a Narcisa: “Si quieres ser Santa vete a Lima” y le ofrece el retiro del Beaterio de Nuestra Señora del Patrocinio, que las religiosas dominicanas tiene en el “Paseo de los Descalzos” cerca de su propio convenio”.
Narcisa vivirá, pues, en El Patrocinio, no como monja, sino como simple seglar retirada del mundo, donde puede libremente dedicarse a la vida de piedad, ya que este era el objetivo principal por no decir único, de su viaje a Lima. Aquí vivirá con el objetivo principal por no decir único, de su viaje a Lima. Aquí vivirá con la limosna que una persona caritativa, probablemente otra dirigida espiritual de recursos económicos del Padre Gual, le asignara para pagar su alojamiento y escasa alimentación. Será limosna de cuatro pesos al mes; así, pues, liberada de toda preocupación terrena, se entrega de lleno al camino de la santificación interior, consagrándose totalmente a la oración, a la oración, a la penitencia y a la caridad.
Se propuso imitar a Marian de Jesús, Azucena de Quito y la favoreció tanto del Señor para lograr su propósito que basta leer la vida de Mariana para conocer las virtudes de Narcisa.
Escribe Mons. Medina, siempre estaba vestida de cilicios, diariamente se daba disciplina de sangre, tenía ocho horas de oración diaria… llevaba constantemente en su cuerpo la crucifixión del Salvador por los intensos dolores que experimentaba. Todas las noches hacia cuatro horas de oración coronada de espinas que le penetraban la cabeza colgada de una cruz sembrada de algunos clavos. Dormía en el suelo sobre puntas de acero que tenía preparadas al interno.
Nos cuenta que el Señor Jesús se le aparecía casi todos los días para consolarla con su presencia y que algunas veces, la aparecía casi todos los días para consolarla con su presencia y que algunas veces, la humilde penitente de Nobol fue arrebatada al cielo. Un día después de un retiro extraordinario, la Sierva de Dios cae en éxtasis y apareciéndole Jesucristo
“se sacó el corazón con las manos de la cadiadd del pecho y se lo dio a besar, diciéndole que jamás había concedido igual gracia a ningún alma”.
Cerca de un año y medio venia ya viviendo Narcisa en el Beaterio de Nuestra señora del Patrocinio, entregada completamente a Dios, cuando a mediados de septiembre de 1869 le asaltan unas fiebres que le llevaron al sepulcro, ale encuentro querido y deseado con Jesús, después de una enfermedad que duro dos meses. El origen de esta enfermedad lo atribuye al capellán Medina a una gracia del Señor, pues ella siempre pedía gozar lo más pronto de su Dios. “el día 24 de septiembre fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes, Narcisa arrebatada al cielo; y solicitada por Nuestro Señor y la Santísima Virgen a que pide mercedes, rogo como siempre solía hacer por los prójimos, y  que la sacasen pronto de la vivida para gozarles en la eternidad”. (Mancero, obra citada, pag.27).
“Nada hacía temer un desenlace. A media noche la Hermana Veladorea al pasar por delante del humilde aposento de Narcisa, advierte que un resplandor extraordinario salía por los resquicios de la puerta, al mismo tiempo que un perfume suavísimo se difundía desde la habitación. La Superiora acudió al momento, informada por la veladora; Narcisa estaba muerta; el cuarto lleno de vivísima luz y el perfume era mas intenso;. (Mancero, obra citada, pag. 28). Era el miércoles 8 de diciembre de 1869.
Todo el día jueves, todo el viernes y la mañana del sábado, hasta el momento de la Misa de Cuerpo Presente, el cuerpo de la Sierva de Dios quedo expuesto.
El Comisario del Cuartel Quinto viniendo a saber que no se le había dado sepultura después de dos días -cuentan los periódicos de esos días- fue una persona a preguntar la razón por la cual se infringía el reglamento de policía, dejando el cadáver insepulto. El Coronel Cortez entró en la estancia donde se estaba velando.
La difunta y no pudo menos que maravillarse en ser que todavía conservaba el color natural de un vivo y que no emanaba ningún mal olor. Inmediatamente dicha autoridad dio cuenta al Prefecto de la ciudad, que era el General Andrés Segura”.
Así pues, a los tres días de muerta, el 11 de Diciembre, dia sábado, por diligencias del señor capellán Medina se le hicieron los funerales en la propia iglesia del Patrocinio, con la asistencia de muchas personas importantes de la sociedad de Lima como el pueblo. Fueron depositados sus restos en la bóveda del mismo beaterio resulta del libro de registro de defunciones de la Parroquia de San Lázaro, a la que pertenece el Patrocinio.    
El 11 de diciembre de 1869 funeral mayor en el convento del Patrocinio, de la señores Narcisa de Jesús Martillo, natural de Guayaquil, virgen de treinta años de edad. Murió de fiebres. Fue sepultada en la cripta del mismo convento. José N. Tamayo (firmado).