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Mena Alfonso


Entre el grupo formado por Gómez jurado, Luis Ruiz, Mideros, Abraham Moscoso, figura el pintor Alfonso Mena, de quien hemos tratado aparte por la circunstancia de que la mayor parte de sus cuadros se han referido a un tema especial: el convento de San Francisco de Quito.
En primer lugar, es un buen dibujante. Se ha disciplinado prolongadamente en los problemas del dibujo. En lo que se refiere a su estilo, a su escuela, lo dominante en el es naturalismo que requiere mucha paciencia. En una escalera de piedra que escogió por tema, pintó hasta los poros de la piedra. De modo que está muy lejos de la pintura moderna que, al fin y al cabo, a través de sus diferentes escuelas, se caracteriza genéricamente por su capacidad de síntesis. Aparte de esta circunstancia desfavorable para los conceptos estéticos que dominan en nuestra época, hay que reconocer que es un buen pintor y hasta suele intencionadamente proponerse dificultades, problemas complejos de pintura, con el propósito de vencerlos. Al hacer un retrato, pongamos por caso, escoge un fondo gris y la chaqueta del modelo también es gris, cuando más fácil habría sido escoger una chaqueta negra. No ha escapado de la tendencia que tiene todo su grupo a pintar cuadros filosóficos. Mideros, Gómez Jurado, Mena, Yepez, destinaron una parte de sus pinturas a expresar simbolismos religiosos, metafísicos o morales. En el caso de Mena, recordamos por ejemplo, un cuadro que se llama “El filosofo”; es un hombre seco, con lentes, tiene en sus manos un libro terroso y en un ángulo superior del cuadro se reproduce la figura de San Francisco que pinto Zurbaran, con el propósito de asociar un ambiente de pureza espiritual que es el que reclama el filosofo. Ya hemos anotado que el mayor mérito de Alfonso Mena es el de haberse dedicado a pintar los rincones, los jardines, los claustros, las torres, hasta los tragaluces del admirable convento de San Francisco de Quito. La pintura de Mena tiene un valor informativo innegable.
Alfonso Mena estuvo bastante tiempo en Italia. Su cultura es abundante y bien formada. Es un artista fino y emotivo, que se enternece de cualquier pequeña cosa. Su casa es todo un museo de sus propios cuadros, en donde, además de las pinturas que se refieren a San Francisco, no faltan los temas familiares: retratos de la esposa, manchas de los jardines; aparte de todo esto, tiene una colección de paisajes lirico-románticos, a lo Santiago Rusiñol. Vive insatisfecho de la pintura moderna, a la que le acusa del pecado de la facilidad; cree que no tiene el armazón fundamental del buen dibujo y trata de suplir esta deficiencia con extravagancias.    
A la pintura de Guayaquil nos hemos referido muy poco por el insignificante desarrollo que las artes alcanzaron en ese puerto. Anotamos, con todo, los nombres de Antonio Bellolio, Bolívar Ollague, Alba Calderón y Galo Galecio.