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Mena Franco Bolívar


El conocido pintor ecuatoriano Bolívar Mena Franco cumplió recientemente un mes de fallecido, motivo por el cual se celebro una misa en la capilla del Colegio San Gabriel de Quito.
Pedro Bolívar Mena Franco nació en Ibarra el 24 de mayo de 1913. Fueron sus padres Tobías Mena Franco y Dolores Franco Parreño. Estuvo casado con Rosario Utreras, con quien procreo a sus hijos: Lola, Pedro, Roció y Margarita Mena Utreras. Sus hermanos son: Natalia Mena Franco de Navas y Gonzalo Mena Castillo y sus sobrinos, los Navas Mena y Mena Gaviño.
Mena Franco murió a consecuencia de un derrame cerebral cuando estaba cerca de cumplir 82 años. La obra plástica de este pintor la formaron oleos, dibujos (carbones y pasteles) y grabados. Su carrera artística comenzó en la Escuela de Bellas Artes en 1930 y egreso de esta institución académica en 1937. Durante su etapa de estudiante se rebela contra el sistema academicista y pinta indios, cuya característica son los pies grandes y terrosos, rostros y puños grotescos.
En 1938 Bolívar Mena Franco gana un concurso junto a Eduardo Kingman para trabajar como ayudante del pintor Camilo Egas en un mural que se realizo en el pabellón ecuatoriano de la Feria Mundial de Nueva York, EE.UU. en esta ciudad permanece durante un año y visita a menudo los museos y galerías. Aprende de Camilo Egas muchos conocimientos sobre plástica en la academia New School.
Más tarde regresa a Quito y empieza a pintar dentro de la tendencia del realismo social, del que saldría por cierta manera característica de estilizar el motivo humano. Durante su estancia en la capital trabaja a medio tiempo en su taller y como profesor o empleado.
El grabado y la etapa naturalista
Mena Franco admiró a los grandes clásicos de la pintura como Rembrandt, Durero y Goya. Mientras los artistas de su generación –como Galecio y Tejada- hacían xilografía, Mena Franco empezó a trabajar el grabado en metal y es considerado por los críticos de arte como el primer grabador al aguafuerte.
Dentro de lo pictórico trabajo con predilección el óleo. Los colores que predominan en este ámbito son: grises verdosos, ocres, sienas tostados, amarillos y rojos.
Su etapa naturalista se caracteriza por la sutileza en el color y la materia, por figuras recias y composiciones tensas. Una de las líneas temáticas de la obra pictórica de Mena Franco fue el paisaje, caracterizada en ocasiones por el dramatismo de los colores y por muchas veladuras.
La gran variante de su plástica seria la figura humana: desnudos femeninos y rostros humanos. El desnudo femenino de Mena Franco esta caracterizado por mujeres de muslos grandes, sensuales, talles finos y rostros pequeños.
Los rostros evolucionarían posteriormente hacia la redondez, la dulzura y la delicadeza. Otra vertiente temática en la plástica de Mena Franco son las cabezas, que el artista pinta con grandes ojos y cuencas oscuras y a las que rodea de misterios por los juegos de veladuras que realiza.
Individuales, colectivas y condecoraciones
Bolívar mena Franco obtuvo junto a Eduardo Kingmann en 1939 el Primer premio concurso de murales para la Feria Mundial de Nueva York. En 1948 alcanza una Mención en el Cuarto Salón Nacional de Bellas Artes de Quito; en 1953 obtiene el Primer Premio en el Concurso Nacional de Sellos Postales de Quito; en el mismo año logra el tercer lugar en el Sexto Salón Nacional de Artes Plásticas de Quito.
En 1956 alcanza el tercer premio en el Salón Mariano Aguilera de Quito; en 1958 conquista el Gran Premio Pintura Salón Mariano Aguilera de Quito; en 1960 Primer Premio Salón de Julio y Salón de Octubre, de Guayaquil; en 1970 segundo premio Salón de Artes Menores de Quito; en 1970 primer premio del Concurso Nacional de Grabado de Quito.
Las exposiciones individuales que ha realizado Bolívar Mena Franco lo reconocen como uno de los más importantes de su generación. En 1968 expone en el Banco Mundial, Washington (EE.UU.); en 1972, Banco Interamericano, Washington (EE.UU.); en 1973 en Wolfe Street Galery, Virginia (EE.UU.); en 1976 Galería Goríbar, Quito; en 1984 Galería Espiral, Guayaquil; en 1986 Galería Sosa- Nesle, Quito; en 1989 Sala de Arte Contemporáneo de Quito. Su carrera pictórica continua activa durante mucho tiempo.
Entre las principales exposiciones colectivas en las cuales ha participado se encuentran: Primer Salón Nacional de Bellas Artes, 1945, Quito; Segundo Salón Nacional de bellas Artes, 1946, Quito; Cuarto salón Nacional de Bellas Artes, 1948, Quito; Sexto salón Nacional de Artes Plásticas, 1953, Quito; Salón Mariano Aguilera, 1956, Quito; Salón Mariano Aguilera, 1958, Quito; Salón de julio y Salón de Octubre, 1960, Guayaquil; Testimonio Plástico del Ecuador, Quito, 1967; Bienal, 1968, Quito.
Mena Franco también ha intervenido en salones nacionales y muestras colectivas que se han efectuado en Bogotá y Cali (Colombia), Guatemala, Madrid, México, París y EE:UU: paz en su tumba.
El pintor ama su oficio. Concienzudo y meticuloso, comienza por tratar su tela. No importa que sea una tela ya preparada; él la trata. Lo primero es darle varias manos de agua cola. Hasta que se tapen los poros. Después, la imprimación: otras tantas manos de blanco con aceite de linaza. Si acaso, un fondo. Si no, el fondo será ese blanco tan cuidadosamente trabajado. Entonces aboceta, y mancha: los tonos locales. Acaso esos ocres que después se convertirán en mórbidos volúmenes. Esas manchas le permiten ajustar el equilibrio compositivo y comenzara “ver” el cuadro. Cuando todo parece exacto, se acentúan ciertas tintas y se aclaran otras. Se acarician los volúmenes con finas veladuras. Se dan luces con breves iluminados ricos de materia. Acaso se raspa y se pule. Se da a cada elemento el acabamiento justo. Cada rincón de la tela ha de tener la mayor exquisitez materrica y cromática; ha de dar su peculiar placer visual y sensorial. El cuadro habrá de ser visto tan meticulosa y lucidamente como fue pintado. El cuadro, de ser ello, posible, deberá ser acariciado.
Tan moroso acabamiento es una característica del óleo de Bolívar Mena Franco. En su dibuja –carbones, pasteles-, es más libre y recio. En el grabado luce, a la vez exactas sabidurías de oficio y búsquedas.
En El Vórtice
El artista –nacido en 1913- llego a la Escuela de Bellas Artes, desde su Ibarra natal, en 1930. Era Luis Veloz el director, y le sucedería Mideros. Víctor, el pintor. Con los Mideros –el otro era Luis, el escultor- la escuela se convirtió en reserva académica y neoclásica, mientras afuera vientos recios sacudían los cenáculos intelectuales y artísticos y en la literatura comenzaba a perpetrarse ciertos desacatos contra el gusto oficial a los que la cultura ecuatoriana debería su remozamiento. Entre ese 1930 y el 1937 en que nuestro joven pintor egresa –los estudios duraban siete largos años-, se publicarían “Los que se van” (1930), “La vida del ahorcado” (1932), “Los Sangurima” (1934) y “Huasipungo” (1934).  
El creador es por naturaleza inquieta e innovadora, y a la inquietud y afán innovador de la hora –una hora de crisis total se dieron los más brillantes alumnos de Bellas Artes en esos duros años de la ruptura. Ejercitaron con entusiasmo el parricidio que caracteriza las horas de cambio y violaron a su gusto el “canon” neoclásico con los más virulentos excesos naturalistas y expresionistas. Alumbraron un nuevo realismo: tremendista, visceralmente comprometido con el indio y la gente del pueblo –este comprometimiento le valió el membrete de realismo social”.
También Mena Franco se rebelo contra el tradicionalismo de la escuela, y también él pintó indios con pies enormes y terrosos, rostros embrutecidos y puños crispados. Pero el los pinto con fino tratamiento maté rico y delicadas gamas cromáticas.
 La experiencia Neoyorquina
Aquel momento naturalista duró poco. En 1938 se promovió un concurso para darle a Camilo Egas dos ayudantes para el trabajo del gran mural que iba a pintar en el trabajo del gran mural que iba a pintar en el pabellón ecuatoriano de la Feria Mundial de Nueva York. En la ocasión, que fue acogida con entusiasmo por viejos y jóvenes, triunfaron dos de los más prometedores artistas de última jornada: Eduardo Kingman y Bolívar Mena Franco.  
Un año en Nueva York le abrió a nuestro artista anchos horizontes. En los puestos de la feria pudo ver pintura de todo el mundo. Y estaban los museos. Y estaban Camilo Egas, generoso maestro, que le abrió muchas noches las puertas de la New School, de la que era subdirector. Camilo Egas vivía una hora poderosa de su pintura: dibujos de tamaño heroico sobre la guerra española.
Habría querido quedarse Mena franco en Nueva York, pero le disuadió de hacerlo la inminencia de la gran guerra.
El Grabador
Volvió mena Franco al somnoliento Quito y a un realismo social del que se iría saliendo por cierta manera característica de estilizar el motivo humano, Montó taller –en los altos de la botica “Pichincha”-, decidido a pintar, en una hora en que nadie podía vivir de la pintura. Por largos tramos seria profesor o empleado, pero solo a medio tiempo: la otra mitad seria siempre su sagrado tiempo de taller.
Dedicaba ese tiempo de pintar lo mismo a trabajar telas de gran acabamiento que a experimentar. Y esos experimentos lo llevan a un territorio en el que siempre contaría como uno de los más destacados artistas ecuatorianos del siglo: el grabado.
Le atrajo el grabado de los grandes maestros: Rembrandt, Durero, Goya. Y por libros procuro el acceso a ese fascinante oficio.
Lo que hacían los artistas de la generación era xilografía. Notabilísima la hacían Galecio y Tejada. Mena Franco inaugura el grabado en metal. Es nuestro primer grabador al aguafuerte.
Mena Franco pudo madurar su trabajo de grabador como ayudante de cátedra de un alemán que se trajo Pedro León a Bellas Artes, y, cuando el alemán se fue, como profesor. Entonces hizo hacer, con un hábil mecánico, un tórculo –el que se había importado se había hecho humo, nadie supo nunca como, en la aduana-, e instalo taller. El taller no duraría y apenas dejaría huella. Lo que quedaba era un gran grabador, el maestro.
En 1970, cuando la Casa de la Cultura Ecuatoriana promueve un Salón Nacional de Dibujo y Grabado, Mena Franco es el triunfador indiscutible. “Excelente grabado de Mena Franco en Salón Nacional”, titulé mi nota crítica de ese salón y escribí: “Bolívar Mena Franco es en grabado un primer premio a enorme distancia de cualquier otro participante” (“El tiempo” de Quito). Eran, recuerdo, cinco grabados a la aguafuerte, con trabajo sabio a base de cuatro y cinco acidaciones e impresión en cartulina martillada. “Figura blanca” estilizada, casi geometrizada, una figura femenina, sin quitarle sinuosidades sensuales, y la situada en conjunto bien compuesto, rico de negros y grises. ”Griterío” estaba en la línea de denuncia del realismo social, pero con una noble serenidad. “Vuelo” era, a la vez, pájaro en vuelo y solamente y estática montaña.
En las muestras de los años siguientes –pocas: Mena Franco es artista tremendamente parco para mostrar y mostrarse- volvió a presentar estupendo grabando.
De un conjunto magnifico se destacaba en muestra de 1976 (“Goribar”) una cabeza tamaño heroico, impresionante por su expresión de estupor idiotizado y su dolor a central, con grandes y vacios ojos negros mas cuencas que ojos-. Grabado de extraordinarias calidades de tintas y texturas, que se explicaban por una técnica recuperada de Durero. La plancha era de madera, pero el entintado se había hecho por el procedimiento del grabado en metal: entintando en el surco.
Obras de tan calidad van a la Bienal de Puerto rico y a exigentes colecciones.
El Oleo
Pero el artista comenzó por el óleo, amó siempre con predilección el oleo y parece haberse instalado casi por completo en el óleo.
Desde la etapa naturalista trabaja con gran sutileza color y materia, que en ese momento valorizan figuras recias y composiciones tensas. Grises verdosos, ocres y sienas tostados dan la clave cromática, sobre la que se destacan ciertos amarillos o rojos, estos graves.
Sin perder reciedumbre en el dibujo ni sutileza en el color, en un segundo momento el artista busca, acaso obscuramente simbolismo cromático. Sobre todo en el paisaje. “Pueblo de Baños”, el cuadro que le vale el Gran Premio de Pintura en el “Mariano Aguilera” de 1958, sitúa el pueblo en oquedad de amarillos quemados, con subrayados rojizos ensombrecidos por negros, y lo rodea de montes verde-grisáceos y angustiosa franja de cielo de neblinosos azules.
El paisaje seria una de las líneas del artista. Un paisaje recio, a veces dramático, y, mas tarde, fantasmagórico, con colores a los que veladuras de austero cromatismo y texturas con algo de nervadura conferiría extrañeza.
En 1969(Muestra en el “Camilo Egas”), “Yaguarcocha” ilustraba la maduración del paisaje en esta dirección. Un paisaje austero, geometrizado, con obscura simbología cromática. Tres mundos: en un primer plano, en grises espléndidamente trabajados, las orillas; al fondo, en neblinosa lejanía, ciudad, campos, cordillera. Y entre uno y otro plano, azul y plata, la laguna, en imagen de impresionante serenidad.
La otra vertiente seria la figura humana. Desnudo de Bolívar Mena Franco cobraría pronto inconfundibles rasgos morfológicos: mujeres –generalmente jóvenes- de grandes muslos. Cintura de avispa, talle fino, rostros pequeños, y muslos generosos y sensuales. Los rostros evolucionarían hacia la redondez, la dulzura y la delicadeza. Tal evolución –que parece continuar- acercaría la expresión del artista a tremendales de amaneramiento.
Muy temprana en el artista la predilección por las cabezas. Cabezas que llenan telas y cartones. Cabezas de grandes ojos estáticos, que a veces son casi simplemente cuencas obscuras. Cabezas a las que se inscribe dentro de formas que las destaquen, a las que se rodea de misterio por juegos de veladuras –generalmente blancas-, a las que acompañan manos –unas manos que se hacen cada vez más largas y ascéticas- en gestos casi siempre de ternura. En una de las últimas muestras (Sosa- Nesle, 1986) esas cabezas se tratan al carbón, con la austeridad y fuerza del negro y el blanco. Entonces, junto a la ternura y la dulzura, se desnudaba el horror. Como el rostro de un niño que dejaba ver, a través de la epidermis transparente, tejido venoso. El dramatismo de varias de estas obras frenaba cualquier deslizamiento hacia el estereotipo ilustrativo. En ese dramatismo y en la magia están los aportes de Mena franco a la Expresión visual figurativa de la plástica ecuatoriana contemporánea. En ese dramatismo y en esa magia esta la roca en que puede cimentar su refinada producción.