<< Miranda Jose Filamir Indice M
 

 

Miranda Luis

Primer poblador de Loja
Encontramos a Luis Miranda Neira atareado con su exposición retrospectiva; “prepare 200 cuadros y solamente podre presentar 83 por razones de espacio. Mostrare algunos de dimensiones mayores, como el díptico Gente del Puerto (2.40x1.50m), la tela vertical Años después, cuya fotografía estará en la portada del catálogo (1.84x1.03); o el tríptico horizontal El platanal (3.60x1.50)”. Por igual motivo no podrá enseñarnos todos motivo no podrá enseñarnos todos los géneros plásticos que domina: crayón, carboncillo, cera, pastel, acuarela, témpera, tinta en varias modalidades, grabada, cerámica, a más de pintura al óleo y acrílica. Nos aclara: “solamente desdeño el aerógrafo porque lo considero muy frío”. Miranda tiene el título de profesor de Artes Plásticas por la Escuela de Bellas Artes de Guayaquil y la laurea (licenciatura) por la Academia de Bellas Artes de Roma. Sus profesores de Pintura aquí fueron Hans Michaelson y Cesar Andrade Faini. Creemos valida la influencia de ambos valida la influencia de ambos, prevaleciendo la del europeo. Sin embargo, en la obra mirandeana encontramos mayor júbilo que en la del expresionista alemán, por sus valores cálidos y brillantes. También tomó distancia del dramatismo agrisado del maestro ecuatoriano desde los primeros años. Recordemos que en los 50 el predominio del expresionismo social era casi total en la plástica nacional. Luis, que admiraba a algunos de sus representantes –especialmente a Camilo Egas- tomó como rumbo pictórico la figuración y como tema cardinal de su atril, nuestro paisaje costeño urbano, rural o marino- y como personajes, las gentes sencillas que lo habitan. Las figuras de Miranda no están simbolizando ni contestando, las encontramos simplemente trabajando, comiendo, descansando, caminando, cantando, viviendo en suma. Sus selvas y desnudos son particularmente interesantes. Podemos decir sin temor de errar que entonces tiene ya un estilo personal, y comienza a edificar su ámbito plástico antes de la experiencia europea.
“Desde niño prefería los colores y pinceles a los juguetes y golosinas”, afirma nuestro artista. Sabemos también de sus triunfos juveniles dentro y fuera de la Escuela: “Mis primeros cuadros eran de un corte divisionista; para mí en aquel tiempo el divisionismo era la pintura”, recuerda. Tuvo algunas exhibiciones en las que oscilaba entre el impresionismo y el expresionismo, sobresaliendo la que presento en el Museo de Arte Colonial de Quito regentado por Eduardo Kingman. Las palabras de ofrecimiento las dijo el poeta Jorge Enrique Adoum (1954). Al poco tiempo, el joven pintor se marcha a trabajar y estudiar a Europa por sus propios medios. Su estadía comprende desde 1955 hasta 1961. Obtener el premio Vittorio Grassi le valió una beca de la UNESCO para continuar estudios en la Academia de Bellas Artes de Roma. Nos declara Luis: “Admiro las figuras de Picasso y Leger, y como movimiento histórico a la llamada Generación del Treinta de Italia. Tuve la suerte de ser alumno de Amerigo Bátoli en pintura y de Mario Mafai en grabado. A mi graduación asistió Franco Gentilini. Conocí, además, al escultor Michelle Guerrizi. Completan el grupo el gran Giorgio Morandi, los hermanos Afro y Mirco Bassaldella, Pericle Fazzini y Renato Guttuso”. Los galardones para Luis Miranda se suceden unos tras otro: Premio Fiat, Copa Odelcaschi, via Margutta, Medalla de Giornale de Italia por dos ocasiones, recibidas en ceremonia especial en el Campidoglio. Estas preseas lo dan a conocer en una órbitra mayor y expone en varios lugares, como Galería El Babuino de Roma, en la Valetta (Isla de Malta), en la Universidad de Upsala (Suecia), y en Londres, junto con la escultora Ethel Courtney. Su trabajo de grado versó acerca de la obra de Fra Filipo Lippi de Tomasso, famoso pintor religioso de la escuela sienesa del siglo XV. De 1959 a 1960 trabaja en Cinecittá haciendo escenografías, lo que constituyo una práctica enriquecedora para su conocimiento cultural. Durante este periodo sus telas y papeles reflejan la naturaleza y la arquitectura de la península itálica. Recibió una ráfaga de las corrientes mediterráneas y africanas en Sicilia y toda la zona austral, de la Isla de Malta, a más de los contactos marroquíes por vía de algunos condiscípulos.    
Los personajes de sus cuadros eran a la sazón los jóvenes del turismo pobre, los músicos callejeros, los titiriteros. Su cromática estaba profundamente identificada con los maestros italianos de pasados siglos, empero su trazo no era italiano, sino más bien de acento francés o español. Sus queridos Picasso y Leger estaban presentes. Lentamente, Miranda Neira va consolidando su unidad pictórica. De 1961 a 1975 vive en las ciudades de Nueva York y Nueva Jersey. Por diversas actividades relega a los domingos su mayor pasión. Pero además de observar un alto índice de calidad, la etapa estadounidense tiene su propio sabor; la coloración pura y encendida de la acuarela del Mediterráneo se transforma en el acrílico opaco de Manhattan, de fuerte grafismo, con valores agrisados fundidos en verdes-oxido, violáceos o burdeos-lacre. La viciada atmósfera de los subways, los gettos de negros y otros marginales, las cavas humeantes del slow jazz; en síntesis, la Babel de Acero underground y el smog y los gray buildings de Nueva Jersey, son temas que provocan una excelente pintura. La composición y construcción de sus cuadros siguen marcados por la época romana, pero la evolución se da, clara, intensamente. Desde 1975 hasta hoy, reside en nuestro país.
En el mural que hizo en 1987 para el Banco de los andes en esta ciudad, nos demuestra que puede asir con solvencia al paisaje y al poblador de cualquier región nacional, pero su preferencia temática es el hombre costeño y su hábitat. El mar, como idea permanente de grandeza plástica. Hasta sus cuadros de vegetación tienen movimientos marinos. El mar y sus oficiantes llenan sus ojos y sus pinceles. Los rústicos cajones, mesas, carretas y canoas de las faenas pesqueras resultan su escenografía y los cholos peninsulares sus protagonistas, cuando las familias de la vieja raza extraen recursos vitales de los océanos.
El taller de Miranda se desborda de estampas estéticas que exaltan a la vida. Pasó de 1976 a 1978 por una breve fase de ensayo expresionista abstracto. En realidad de geométrico-neocubista que a nosotros agradó, pero que él considera una línea fallida: “No me siento bien en el arte abstracto, sería como hacer algo muy ajeno a mí”, expresa. En este periodo ecuatoriano ha obtenido muchos premios, entre ellos el del Cincuentenario del Banco Central, con tribunal encabezado por Jorge Romero Brest (1978). Sus obras lucen en casi todos los países de América y Europa y aun en Asia y África.
El dibujo de Luis Miranda es rara triangulación. Se percibe una fuerza orgánica en su obra. Aclaró paulatinamente en estos años la paleta de los clásicos italianos y de su época norteamericana. El sol tropical tomó preponderancia en su caballete. Frente al mar de Chanduy el artista ha encontrado la esencia de su recorrido plástico: lo vital y simple de la belleza del mundo. Hombre de una modestia y una sencillez exageradas, tiene además de pintar el oficio de catedrático y la afición por las plantas, particularmente las orquídeas. Pese a estar muy fundamentado en su profesión, prefiere no hablar mucho. Nos dice: “Primero que todo la técnica; las palabras del pintor son menos importantes que su obra”. Al escucharlo, recordamos al escultor Auguste Rodin cuando aconsejaba a los jóvenes artistas: “….Nada de gestos, nada de contorsiones para atraer al público. ¡Simplicidad, ingenuidad!”.