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Molina Ayala Mercedes de Jesús

Nacida en Baba en 1828, muy joven viene a radicarse a Guayaquil donde comienza a llevar una vida totalmente entregada a Dios y a la caridad, Cuando conoce a Narcisa Martillo entabla con ella una intima amistad, pues ambas tienen un mismo director espiritual y un mismo programa de vida cristina, Por espacio de algún tiempo Narcisa vive en casa de Mercedes y juntas se dirigen a las iglesias, sea a la Catedral o San José de los Jesuitas, para cumplir con sus prácticas de piedad. Cuando Narcisa marcha al Perú, Mercedes Molina se dirige de misionera al Oriente junto a los jíbaros, y luego pasa a Riobamba donde obediente a la voz de Dios funda en 1873, la congregación religiosa de las Hermanas de Santa Mariana de Jesús, dedicadas a la educación de la niñez. Murió en dicha ciudad llena de virtudes y meritos para el Cielo en olor de santidad el 12 de junio de 1883.
En Roma se encuentra introducida la causa de su beatificación.


Una Flor del Guayas a los Altares
Exaltación de la vida y Obra de Mercedes de Jesús Molina y Ayala
El ejército invasor peruano había desembarcado y ocupaba las llanuras de Mapasingue. Inmediatas al norte de Guayaquil. Allí, en Mapasingue, en un día de enero de 1860, se suscribió un tratado llamado “fraterno” entre el  invasor y el minúsculo y repudiado gobierno que en la ciudad había establecido en General Franco, tratado que, a corto plazo de ser suscrito fue desechado por el mismo parlamento peruano, puesto que era altamente ilegal, ya que fue ajustado con un gobierno que no representaba al pueblo ecuatoriano, por la una parte, y por el lado peruano, con una dictadura arbitraria. Ostentosa e impopular que no Tanía ni ejecutorias ni capacidad moral para hacer tratados perdurables y honestos.  
Esa repudiada situación de la existencia de un gobierno en Guayaquil que solamente controlaba a la ciudad y algunas regiones vecinas, su impopularidad y desprestigio por haber firmado el repudiado convenio de Mapasingue y por haber suscrito otro convenio con el invasor mediante el cual se le permitió al ejército peruano que de su acantonamiento en las llanuras de Mapasingue se trasladara hasta Guayaquil y ocupara los cuarteles y otros edificios de la ciudad por “obra de humanidad” en vista que las tropas peruanas sufrían intensas penurias por el rigor de la lluvias de aquel enero de 1860, tropas invasoras que procedían de un país de escasas lluvias y menor humedad que la que se tenían en el Litoral ecuatoriano. Acrecentaron el repudio. La reacción ecuatoriano contra el gobierno de Franco y, aunque y a las tropas peruanas, una vez suscrito el convenio de Mapasingue se retiraron de la ciudad a su país de origen, la presión popular se fomento, librándose algunas acciones de armas entre las tropas que obedecido en Quito y las de la dictadura franquista.
Con la batalla del 24 de septiembre de 1860 que dio por resultado la ocupación de Guayaquil por las tropas del triunvirato, y la consiguiente fuga del general Franco hacia el Perú, termino aquella atroz etapa de la historia nacional.
Recogimiento y oración
Las familias guayaquileñas, al igual que todas las demás familias ecuatorianas, debieron de encontrar refugio en la oración y la penitencia ante tantas calamidades publicas. Fácil es suponer que Mercedes de Jesús Molina y Ayala, cuya vida de recogimiento y de caridad era de todos conocida, dedicaba todas las horas posibles a rezar por su patria, a orar por quienes sufrían desventuras y a rogar a Dios se apiadara del Ecuador  que había sido lanzado a la vorágine de las pasiones humanas.
Del hogar familiar a la Iglesia Catedral o algún otro templo vecino o a la vivienda de gentes humildes que recibían el amor y la ayudad material de sus manos generosas. Ese era su diario vivir.
Había recién traspasado la edad de los 30 años, pero mantenía con firmeza su con tal profunda revelación, Mercedes acrecentó su obra abnegada de servicio a los pobres. Y a pesar de que su salud comenzó a dar decisivos indicios de debilitamiento, se hizo el propósito de refugiarse en el asilo de huérfanos y de pobres que había en Guayaquil para prodigar más intensamente los servicios para los que se sentía predestinada.
Es sus continuos sueños proféticos, alguna ocasión viese que caía a un profundo abismo. (Así lo reveló en sus memorias escritas, años después). Pero de aquel abismo horrendo le salvo la oportuna ayuda de un sacerdote. “Aquel sacerdote que yo intuí resulto ser mi confesor y guía espiritual, a quien conocí poco después”, apunto la fundadora de las Marianitas. Fue el Padre García quien le ayudo mas tarde en la intensa obra pía de la caridad cristiana y la fundación religiosa para educación de la juventud ecuatoriana.
En Gualaquiza: Al día siguiente de su llegada Mercedes inauguro su ministerio siendo madrina de bautizo de una jibarita.


Resolución de consagrarse al amor al prójimo como la mejor ofrenda de servicio al Crucificado.
Mercedes confesó, mas tarde en la narración escrita que dejara a la posteridad: “en muy repetidas ocasiones tenia sueños en que la Virgen María se le presentaba para amorosamente acariciarla”. Eso le obligaba a reforzar su fe y su obra de caridad. Se levantaba a las 03h00 para iniciar sus oraciones y las actividades hogareñas, o para preparar las ayudas que luego llevaría a los menesterosos.
Vida abnegada
En el templo, diariamente recibía la santa comunión y luego consultaba todo el cúmulo de preocupaciones y de proyectos de caridad con su confesor y padre espiritual, R.P. García. Alternaba, en el hogar la vida interior de la mediación cristiana con el trabajo físico atendiendo los quehaceres o prodigando amorosa asistencia a quien se acercaba a ella en busca de ayuda.
En alguna ocasión, en sus sueños, Jesús en sublime aparición le aconsejo: “Cuida tu de mi honor y yo velaré por ti”.
En sus sueños proféticos, Mercedes de Jesús se vio en un hermoso jardín, con manojo de rosas en sus manos. De entre esas preciosas flores sobresalía una, que ella, tras profundas meditaciones, interpretó como que el señor quería escogerla para que fundara una congregación de religiosas que se dedicaran a la crianza y educación de la niñez femenina. Intuición en que puso fe y que permaneció latente en su mente hasta años después, es que logró coronar el propósito de fundar la Congregación de Marianitas.
Mientras soñaba y esperaba, con renovadas esperanzas el poder cumplir con actos de caridad cristiana, continuaba en sus cotidianas labores de servicio hogareño y de manifestaciones de amor a quienes sufrían.
Un hecho feliz
Sintió alborozo e intuyó que llegarían buenaventuras para la patria ecuatoriana cuando contemplo que, en Guayaquil, por navíos que arribaban desde playas extranjeras, retornaban los religiosos jesuitas que habían sido expatriados en tiempos del Gobierno del General radical don José María Urbina. Ya había ambientes de esperanza y de reconciliación en el espíritu nacional por las medidas diligentes que implantaba el nuevo Gobierno que presidia desde Quito el doctor Gabriel García Moreno.
Habían sido tiempos difíciles aquellos en que la acción política, violenta y apasionada, envolvía a la Iglesia y la precipitaba a pugnas y situaciones de beligerancia. La Masonería internacional había plantado sus tiendas de lucha en tierras de Colombia, y desde allí influía poderosamente en el Ecuador. El Gobierno del General Urbina se vio, en todo momento en el círculo de esa influencia. De ahí que una de las medidas radicales había sido la expulsión de los Padres jesuitas que, años antes, habían sido a su vez expulsados de la Nueva Granada. Es que la Masonería consideraba a la Congregación de Loyola lo más tenaz opositora a toda radicalización en la política y la educación en América Latina.
Labor misionera
Con la influencia espiritual de su confesor Padre García, hacia 1870, Mercedes de Jesús abandona Guayaquil, desligada ya de toda preocupación por sus bienes materiales, pues acababa de hacer entrega de los últimos remanentes de su fortuna personal que había heredado de sus progenitores.
A pesar de que su salud continuamente se debilitaba, Mercedes, con dos de sus amigas y compañeras en la labor de ayuda al prójimo y servicios en el asilo en que vivían, resolvió viajar a las desconocidas y remotas regiones de Gualaquiza, en las selvas amazónicas, tras los andes de la provincia del Azuay.
Allá faltaban abnegadas personas para la forzada obra de evangelización y educación de las tribus jibaras que pueblan esa región ecuatoriana. A las gibarías les faltaba todo: caminos, escuelas, poblados donde pudieran acogerse tanto los hombres civilizados, como también aquellos naturales que en forma nómada habitaban esas montañas y sus ríos Inmensa labor de quienes se proponían La Sierva de Dios Mercedes de Jesús Molina. (Fotografía tomada en Guayaquil a instancias de su hermana María).
La evangelización y colonización de las selvas que entonces y hasta hoy, tenían el nombre genérico de Oriente.
Con una breve escala en Cuenca, ciudad que era forzoso utilizar en el transito, aquel diminuto refuerzo personal para la inmensa y difícil tarea colonizadora, se encamino por las breñas del Matanga, por las frías elevaciones de Sigsig, hasta arribar a Gualaquiza donde no existía poblado alguno. La “misión” consistía en rustica choza que servía de albergue. Un modestísimo refugio pajizo recibía el pomposo hombre de Capilla.
¿Albergue? No, propiamente no existía. Había que vivir casi a la intemperie soportando los rigores de las intensas lluvias o los calcinantes días de sol. En esas tierras los escasos viajeros, especialmente los mineros del Azuay que allí buscaban con afán las pepitas de oro en los “lavaderos”, había sintetizado la realidad climática de la región con esta frase: en Gualaquiza al año llueve 6 meses. Los otros 6 de diluvio…
De uno que otro “entable” establecido a grandes distancias por esforzados agricultores azuayos se obtenía maíz, yuca, platanos y algunas frutas. Pero se sembraba poco. ¿Para qué sembrar mas si los esfuerzos eran tremendos por la falta de peones, o lo caro que resultaba utilizar sus servicios? Además, la tierra era muy generosa y con poco que se sembraba se lograba buenas cosechas para los pocos habitantes de la región. Entre productores no existía, propiamente dicho, comercialización, sino trueque de un producto con otro. Quienes desde Cuenca por esos difíciles y peligrosos caminos de selva llevaban sal, o espermas o alguna medicina o ropas, intercambiaban con los víveres requeridos.
Nació en Baba en aquel entonces departamento de Guayaquil 1828. Heredo de sus padres Don Miguel Molina y Arbeláez y Dña. Rosa Ayala y Olvera su nobleza de cuna y sobre todo, la virtud. En la flor de su edad a los 21 años, renuncio a un brillante matrimonio para consagrarse a Dios y a una cuantiosa fortuna que repartió en otras de beneficencia a los pobres. Se dedicó a la acción social y evangélica poniéndose al frente de un asilo de huérfanos.


Colaboro en la incipiente Junta de Beneficencia de Guayaquil. En el camino elegido, quiso ser víctima como Mariana de Jesús a quien imitaba. Estando en oración contemplativa el señor la manifestó, a través de un rosal florido, que fundara un instituto religioso. Dirigido primero por sacerdotes diocesanos como Pbro. Amadeo Millán de la Cuadra y posteriormente por los PP. Jesuitas y Redentoristas trabajo con las niñas huérfanas de Guayaquil y Cuenca. El año 1870 marcho al Oriente a evangelizar a los jibaros; pero su propia misión era fundar un instituto con vasto carisma de raigambre eclesial. Para cumplir este designio, después de grandes sufrimientos Dios la condujo a Riobamba, en donde el 14 de abril de 1873 vio cristalizado su deseo. Al nuevo Instituto lo puso bajo el patrocinio de la santa quiteña Mariana de Jesús. Después de 10 años de vida religiosa ejemplar y mortificada hasta el heroísmo muere en olor de santidad; Pío XII decreto sobre las virtudes Heroica; y se le da el título de “Venerable”. Este rosal ha arraigado en el Ecuador, Colombia, Venezuela, EE.UU, España, Puerto Rico, México, Chile y Argentina donde sus hijas trabajan en diferentes campos apostólicos. Desde 1906 goza la congregación del título de “Derecho Pontificio”.