<< Montalvo Jaramillo Moisés Indice M
 

 

Montalvo Juan


Nació en Ambato el 13 de abril de 1832.
Para el Ecuador  es una gloria nacional y para América uno de sus ilustres prosistas, este escritor que a través de sus vastos conocimientos y su estilo muy característico se convirtió en alta cifra de la intelectualidad del mundo.
Su existencia a igual que su obra son de indiscutible verticalidad de intención, repletas de idealismos que asombran. Enamorado de la Literatura y de la Justicia izó bandera de reivindicaciones en una época de intransigencias religiosas y políticas. Padeció la persecución, sintió en carne propia el dolor del exilio, murió altivo y lleno de honor cuales fueron todos los actos de su vida.
R. Banco Fombona, al hacer la introducción a los “Siete tratados” (edición Carnier Hnos. Paris) realiza un sugerente retrato de Montalvo. Anota tan excelente escritor; “era Don Juan Montalvo un caballero de estatura prócera, tirado a cenceño, bien apersonado. La tez morena del hombre blanco nacido en los trópicos, con una gota tal vez de sangre indígena, daba un tono ambarino a su semblante; la riza cabellera de azabache se ensortijaba sobre la frente altísima formado como un orbe de serpientes lucias; los ojos oscuros obscuros, grandes, luminosos, “se van”, dice el propio Montalvo, “se van como balas negras al corazón de mis enemigos y como globos de fuego celeste al de las mujeres amadas”; la nariz era recta, larga; los dientes blancos, uniformes, cuidados siempre con esmero: lampiño o de escasa barba, apenas uso bigote. No fumaba. Muy presumido en su persona, acicalaba cuanto podía. Gustó siempre de vestir con elegancia, porque Don Juan llevaba a conciencia su nombre: era muy enamorado, y a lo que cuentan, fue feliz en amores, a pesar de su rostro como el rostro de Mirabeau, ese otro amoroso, estaba picarazado de viruelas. A sus propias victorias donjuanescas se refiere en breves líneas de los siete Tratados, no exentas de fatuidad: “A despacho de nuestra anti gentileza no hemos sido tan cortos de ventura que no hagamos verter lagrimas ni perder juicios en este mundo loco, donde los bonitos se suelen quedar con un palmo de narices…” la tradición le concede, en efecto, la virtud de conquistador de voluntades femeninas. En el Ecuador  contrajo nupcias con una bella paisana suya. A los pocos años se divorcio; de ese matrimonio salieron un niño, que murió, y una niña que aun existe, según creo, y se llama Doña María de las Mercedes. En una querida suya francesa tuvo un hijo que vive en Paris. Y se cuenta que las aventuras amorosas de Geometría Moral, son sus propias aventuras desguisadas. Podrían aplicarse estos versos del Arcipreste.
Era un garzón loco, mancebo bien valiente, Non quería casarse con una solamente.