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Moscoso Alfonso


Nacio en Ambato, el 22 de enero de 1879. Abogado que ejerció con acierto la función de Ministro de la corte Suprema. Catedratico de Historia, Diputado y Secretario particular del General Leonidad Plaza en su administración del País. Poeta que hace honor a las letras nacionales y cuya producción es parca y depurada. Toda su obra en verso no alcanza a veinte poemas que, desde luego, son de singular forma y acento. Sin ser parnasiano, con estro modernista, ha dejado muestras de alta calidad poética. Con solamente su poema “los Aserradores”, alcanza celebridad, constituye un canto social al valor humano del trabajo, a la selva de su país tropical y andino, adquiriendo tonalidades descriptivas de pureza inigualable. Olvidado hasta hace poco tiempo, su nombre, con justicia, hoy figura entre las primeras voces líricas del País. Fue hombre modesto y sencillo; no quiso rodarse de fama y nombradía en el campo literario, al extremo que se negó a publicar algun libro suyo. La mayor parte de su producción la reunió en “Vidriecitos de colores” (1945) y en “Azabaches” (1951) manteniéndose ambas obras inéditas. Sus poemas: “El viejo de la esquina”, “Relieve”, son dignos de figurar en cualquier antología de la poesía hispanoamericana. Se le comparo con Leconte de Lisle por su maestria, por su buen gusto y perfeccion estética. Falleció en Quito, el 26 de junio de 1952.
Y el golpe del acero destrozador, vibrante. Ha socavado el árbol que se alza vacilante. La tarde en amplios iris diluye su tristeza que en ola enorme rueda sobre la fronda espesa, y cuando en la ancha costa de bosques tropicales crisparonse las hojas, temblaron los ramales, del mar adormecido la ráfaga salina troncho, al pasar ligera, la socavada encima.
Julio E. Moreno, el mejor critico de la época saludo entusiastamente  la aparición de “Los aserradores”. Aseguro que en el existía autentica poesía. Y no se equivocaba. Años mas tarde vendría a constituir pieza de indiscutible merito que consta en toda antología, en todo libro en que habla de su autor, lamentablemente, Moscoso dejo de crear, dejo de escribir poesía. Cerro definitivamente el libro que leia y marcho, dejando la huella de una voz de autentico creador, de permanencia indiscutible por la maestria en la descripción y en lo maravilloso de la forma.