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Mosquera Washington


Washington Mosquera (Quito, 1955), nace en el barrio de San diego que circunda al cementerio más grande y antiguo de la ciudad. Mitología de un pasado tomando por barajas y puñales, inútiles aldabones de bronces oxidados, fantasmagorías de frailes libertinos, beodos y pecadoras celebres, salteadores románticos, ecos de serenatas suicidas.
La niñez de Mosquera de curre signada por la pobreza más extrema, por eso, aprende pronto a inventar la vida: vendiendo agua a los visitadores de muertos para floreros de nichos y mausoleos; fabricando a destajo con otros rapazuelos del barrio pelotas de viento –de aquellas que no resistían el segundo puntapié, porque eran el viento enmascarado-; ganándose a puñetazo el empleo de “gritador” de buses urbanos (el chofer organizaba peleas rápidas entre los innumerables muchachos que postulaban la ocupación, el ganador se quedaba en el estribo del bus e iba voceando su ruta). Así fue pagándose su instrucción primaria.
A los ocho años fue con sus amigos a una corrida de toros en la plaza Quito. El espectáculo se le fijara para siempre e la memoria, al punto de que quiso dejarlo todo y convertirse en torero. Felizmente para nuestras artes visuales, esto no paso de ser un sueño pues en este momento empieza a dibujar con frenesí devorador –signo con el que trabajara toda su vida-, estampas taurinas de inocultable influencia goyesca. Dos cuadernos y dos lápices agotan Mosquera cotidianamente para sus dibujos y en ese mismo ritmo paradigma de disciplina y pasión-, prosigue este artista.
“El Discípulo”                                                                                                                         
A los 14 años conoce a un grupo de pintores mayores que él, liderados por Mario Cicerón Pazmiño, de entrañable recordación. El se prodiga en Mosquera, le insufla ánimos, le devela las incógnitas y los secretos del arte. Pero el grupo no se represa en el aprendizaje del oficio, sino que se convierte en un laboratorio humano donde se privilegia la discusión sobre la realidad política, cultural y social de nuestro país y el mundo. Corren los años setentas, años de insurgencia vital y de esperanzas ciertas.
El “Discípulo” es un joven menudo y con rostro de niño triste. Pequeño y desgarbado, usa boina y anda siempre con una carpeta casi de su tamaño al brazo. Los pintores grandes de su grupo le piden que se ocupe del aseo de su taller y el no se opone, escoba a mano, barre y limpia el taller
La obra
Así arriba a un estupendo dominio del dibujo y, entre sueños, al mayor anhelo de su vida, ser pintor. El dibujo para Mosquera es la traslación inmediata y limpia de sus sentires e impresiones. La pureza de los medios lo vuelve posible. Nuestro artista tiene la conciencia de que todo su ser logra expresarse a través de la escritura plástica. Su línea nutrida de vida propia, trabaja la luz de la página blanca sin estropear su tierna virginidad. Ahí se detiene. No le es posible añadir ni cambiar un solo punto, no se permite rectificaciones.