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Nieto Fernando


Veintiún poemas con un solo anhelo: el regreso del tiempo en los desentierras. La increpación sobre sus huellas, son las respuestas para el regreso. Sin embargo, los desentierras solo pueden mirarlo desde su inacabada existencia, desde “el humedecido canto sobre las tinajas del invierno”, son: “monstruos indefensos”, 2obsesivos suicidios con retrasos de un mal chiste”, como dice Nieto. Entonces, porque enfermarse con esa fiebre mortuoria; porque no cerrar el baúl de excesos púberes, para que la fatalidad de este presente, que un día le fuera premonitorio rechazo, no duela o no mienta ante su acomodamiento a las circunstancias con un sobreactuado optimismo. Porque esos intentos de (en) tierras escapan a la obviedad de lo muerto; ya que los referentes son vivos-muertos donde la voz del poeta también “carga el sopor de un cadáver”, nos contesta el caminante.
Pero existe otra circunstancia que lo lleva a volver sobre sus pasos el destierro, ese extrañamiento que no solo otorga otra tierra; sino las preguntas que hace el devenir a lo que existió. Cuya presencia se extiende en este presente tomando forma en dolores no curados, querencias insatisfechas, espejos donde sus caleidoscópicos juegos afiebran todo acto.
El quehacer del caminante es una confesión con altibajos, exculpaciones, parquedades y obsesiones, de quien tuvo una: “borrachera apocalíptica”. Ahora no hay consignas; solo “un caracol pudriendo sus nostalgias en la playa”. Pero cuál es la materia de esos muertos, es la ciudad, el puerto, el juego, el amor. Es esa foto que le fuera tomada cuando crecía y el mundo se inauguraba con su presencia; cuando otorgaba a la esperanza y a la felicidad, perfume. Hoy, frente a este tiempo y en esta otra tierra que lo acoge que es “La nueva herencia contra sus huesos”, el poeta se ha quedado desnudo y sin armas: “Primerizo en aleros se hizo sombra magnifico al mar despotrico contra el mar recogió las silabas una tras una antes de retirarse”. Ese mundo perdido, cuando transcurría, lo vio desde afuera, sin formar parte de su lenguaje; fue el planeta exótico para sus desvaríos momentáneos. Por eso, ahora al leerlo; se constituye en el pretexto, en el ropaje que no abriga este presente, este invierno distinto. Es, a la vez, la huida ante la imposibilidad de enfrentarse con esa otra confabulación del tiempo: hoy.
La poesía de Nieto es la retorica de lo mismo, donde el pasado y el apresamiento en lo cotidiano, abruman. Las palabras ya no forman interminables eslabones sin sintaxis, presente  en sus anteriores  producciones. Hoy poseen un eje articulador, un sentido. No obstante, imágenes sustentadoras y logradas, se las ahoga con descripciones y explicaciones innecesarias, con dramatismo fáciles. La inclusión de hablas jergales, temimos cotidianos, partes de boleros, salsas y otros, muchas veces son incluidos por un juego de azar, que no solo recargan al texto; sino que son manipulados sin darles el contexto apropiado, empobreciéndolos, enfermándolos de parálisis y dejándolos sueltos en medio de los recuerdos. No logra incorporarlos a la escritura, provocando que el lector los desvalorice. Tampoco existe un intento de reinterpretación o de asumir su contenido se los ubica Indistintamente, cuyo resultado es la no concordancia con el tono ni la intención que se manejan. En otras ocasiones, las hablas comunes, surgen como destellos de un “candoroso rufián”; como pretextos de un “anacobero sobre los peldaños de la muerte”.
Nieto se define, se desacredita y sueña.