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Otamendi

Con la siguiente vaciante continuo cerda a Guayaquil, y como estaba anunciada su venida sucedió en esa ciudad lo que había sucedido en Yaguachi. Luego que se diviso la canoa en que se esperaba a Otamendi corrió el populacho a la orilla, y armándose con palos de leña que se hallaban amontonados en las inmediaciones, se preparo a matarle a tiempo de su desembarco. En vista de esta criminal demostración, el Gobierno hizo traer el batallón Nº1 para que defendiese a Otamendi. Todo era ya inútil. La muchedumbre no tuvo a quien matar, ni la tropa a quien defender. Con gran sorpresa de todos en lugar de Otamendi viose desembarcar su cadáver. Otamendi fue un mulato granadino hijo de un clérigo, de quien recibió una mediana instrucción, tenia buen talento y un valor distinguido que manifestó constantemente en su larga carrera militar. Fue el brazo derecho del General Flores. Entregado por lo común a la embriaguez se hizo sanguinario y fue el espanto de los ecuatorianos. La conducta doble que observo con los revolucionarios, excito la odiosidad general, pues a ella se atribuyo la muerte de tantos guayaquileños en los combates de la Elvira.
Otamendi y Urbina acababan de distanciarse con el Gobierno. ¿Causa?. El primero por ciertos desafueros cometidos contra la sociedad y el segundo por indiscreciones y falta de tino cuando ejercía un consulado en Bogotá. Rocafuerte quito a Otamendi, “aquel tigre de Hincarnia”, como le llamaba el mismo, el mando militar que ejercía y sin duda iba a fusilarle; pero el bárbaro se salvo por influencia de flores. A Urbina se le destituyo del cargo. Los dos conspiran; pero descubiertos a fines de 1837, se los envía desterrados al Perú y a Colombia, respectivamente.

Si hubiera precedido algún acuerdo entre Mena y el Presidente hubiera este esperado tranquilo el resultado de la concertada intriga. Sucedió todo lo contrario. Flores no perdió un solo minuto en ponerse en marcha con todas las tropas que pudo reunir, haciendo adelantar aceleradamente al Coronel Otamendi con un regimiento de caballería que estacionada más cerca de la costa. Este infatigable jefe llego a Sabaneta el 20, precisamente el mismo día en que Rocafuerte era proclamado jefe supremo, sabiendo que en ese lugar el pueblo de Babahoyo estaba ocupado por algo más de cien hombres enviados de Guayaquil a kas ordenes del coronel Oses y del Comandante Petit continuo su marcha y los sorprendió por la noche matándoles algunos hombres, tomándoles unos pocos prisioneros y dispersando el resto. Entre estos se hallaba el joven Roberto Ascasubi uno de los desterró el Gobierno y con sus compañeros Moncayo y Muñiz habían recobrado su libertad con la revolución de Mena, lo que ocurrió entonces puede tomarse como muestra aunque pequeña del estado social del Ecuador. Otamendi se creyó autorizado para imponer la pena de muerte a su prisionero. Afortunadamente los amigos del gobierno que veían con horror semejante atentado interpusieron su influjo. Varias señoras acompañadas de la esposa de Otamendi, se presentaron en la plaza y al fin consiguieron salvar a Ascasuvi que quedo libre bajo la fianza del coronel Sucre, mientras el Gobierno disponía  lo conveniente. Otamendi quedo encargado del pasado del Salado y del manglar con 700 hombres y Flores regreso a Mapasingue para atacar simultáneamente por frente de lado de la Tarazana, mientras Otamendi lo hiciese por la espalda de la ciudad. Otamendi tuvo que emplear casi todo el día 23 de noviembre, para hacer pasar uno a uno a sus soldados por el Estero y el manglar, operación que fue descubierta antes de terminarse, lo que daba lugar para impedirla, acudiendo a tiempo, y para matar o sepultar impunemente a la ciénaga del manglar las tropas que mandaba Otamendi. Nada de esto se hizo. Mena dándose por vencido, antes de pelear se había apresurado  a embarcar en la fragata Colombia todo el armamento, municiones y previsiones que había podido reunir. Tenía hecho el ánimo de fugar; y con sus hechos hizo creer que aunque así no fuera que realmente había pensado salir a piratear contra los españoles en las aguas de Manila. Sin embargo de esto destaco, bien que tarde alguna tropa cuando ya Otamendi había pasado del lado de la ciudad. Se empeño un corto combate en la sabana inmediata en que los Chiguaguas hicieron poca resistencia huyendo aceleradamente a buscar refugio en la Colombia según estaba previsto. Otamendi cuyo principal encargo era de atacar de revés las fortificaciones entre el estero y las colinas, no persiguió a los vencidos y se dirigió a cumplir con las ordenes de su general, quien al mismo tiempo hacia atacar la Tarazana de donde los enemigos apenas le dirigieron unos pocos tiros de cañón, poniéndose también el salvo al abrigo de la fragata Colombia. Rocafuerte que esa noche asistía a in convite se refugió en la fragata de guerra americana Fairfield. Al día siguiente el General Flores pidió al Capitán de ese buque la extradición de Rocafuerte, pretensión que fue negada como era debido. El General Flores había enviado a la Matanza al Coronel Pio Díaz para que desde la orilla hostilizase a las goletas chiguaguas, anclada a corta distancia. Al mismo tiempo aprovechándose de la marea mando al General Pareja con dos goletas y muchos equifes a atacar las goletas enemigas. Entonces Mena, que estaba en las Cruces con la Fragara, destaco cinco grandes botes con gente suficiente para reforzar a las goletas. Viendo esto el General Pareja, que había comenzado ya el combate, echo anclas y dispuso que Otamendi con los equifes retrocediese a encontrase con los botes enemigos. No tardaron en abordarse y en pocos minutos tomo Otamendi tres de los botes que condujo a la ciudad llenos de sangre; los otros dos botes pudieron salvarse. Su mala situación empeoro con la completa derrota de los chiguaguas dieron al coronel Otamendi en las inmediaciones de Chandui en que perdió casi todo un regimiento de caballería.
En un baile que se dio en la ciudad de Riobamba, la esposa de Otamendi se creyo despreciada por las demás señoras y se retiro a su casa, Otamendi que probablemente estaba ebrio monto ha caballo con sus asistentes y se dirigió al baile. Al tiempo de apearse se le presento el Gobernador Vascones, quien creyendo verle ademan de sacar la espada le tiro un pistoletazo. Otamendi que no había sido herido se lanzo furioso a la sala; algunos caballeros lograron aplacarle, cuando el joven Daniel Salvador le tiro otro pistoletazo. Entonces el furor de Otamendi no tuvo límites: lanceo e hizo lancear con sus soldados a cinco o seis de los concurrentes quedando muerto el Dr. Camilo Quirola, juez de letras de la provincia. Los dos caudillos que eran mal vistos en el país, fueron expulsados por el Presidente en uso de sus atribuciones constitucionales, Otamendi al Perú y Urbina a la Nueva Granada. 

Otamendi residía por entonces en Babahoyo enviado por el Gobierno para arreglar las milicias, pero en realidad con el objeto de estar a la mira para cruzar cualquiera tentativa revolucionaria. Se dijo en ese tiempo, que los patriotas del interior le habían seducido, lo que resulto ser falso, pues si les hizo algunas promesas fue más bien para engañarles. Los de Guayaquil, que estaban en correspondencia con los de Quito, creyeron semejante patraña, o en todo caso trataron de seducirle por su cuenta, valiéndose para ello de la amistad que con el tenia el teniente Coronel Francisco Jado que desempeñaba un destino Civil.
Otamendi engaño también a Jado y comunico al presidente todo lo que pasaba. Sin embargo, se había acreditado tanto, e intencionalmente, la participación de Otamendi en la revolución que el general Wright, comandante General del Departamento, le llamo a Guayaquil y le reconvino seriamente a presencia del Vicepresidente Francisco Marcos que se hallaba en esa ciudad. Otamendi rechazo con indignación los cargos que se le hacían. El General Otamendi recibió una herida grave en la pierna y quedo inutilizando como Jado y muertos con otros el Coronel Berinas y muchos de sus principales oficiales.
El general Otamendi, ese tigre de Hyrcania, campea en la provincia de Imbabura y sacia su sed de sangre sobre los pueblos inernes, que ardiendo en ira e indignación, y no pudiendo contener mas los ímpetus de su desesperación, gritan y se levantan contra sus obscuros opresores y barbaros asesinos.
“Rocafuerte en “A la Nación”.