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Pérez Aspiazu Federico


Estudio las primeras letras con sus hermanos en la escuelita de la Sra. María García de Morla. (Federico debió estudiar entre 1875 y el 76) Guayaquil.

Se fraguo la evasión de Vargas Torres, contando la con la colaboración del oficial Ezequiel Sigüenza, que debía mandar la guardia la noche de la fuga. Vargas Torres debería abandonar el local que le servía de cárcel, al tocar de las 12 dirigirse a la casa de la Sra. De Zevallos y emprender la marcha, en compañía de un guía, por el camino de Paute-Gualaceo-Gualaquiza-Santiago, para, por el salir al Marañón, cuyas aguas conducirían al Brasil. El plan, con la decisión de jóvenes como Simón Máximo Zevallos, Jorge Concha Torres, hermano de la víctima, Federico Pérez Aspiazu, José Amador Santistevan Modesto Burbano Aguirre, Benjamín Guerrero y otros y con la abnegación de la señora tantas veces mencionada, dio los resultados esperados.

El Presidente del Concejo Cantonal de Guayaquil en Octubre de 1882 solicito el Dr. Teodoro Maldonado González, Rector del Colegio Nacional San Vicente del Guayas, que le enviara la nomina de los diez alumnos más distinguidos del colegio para premiarlos y fueron en orden: Carlos Carbo Viteri, José María Carbo Amador, Federico Pérez Aspiazu (el tercero de todo el colegio en puntaje, y conducta), José María Amador, Augusto Aguirre Aparicio, José y Rigoberto Sánchez Bruno, Juan Bautista Destruge, Delfín B. Treviño, y Víctor M. Triviño.

Jugaba al fusilico con los chicos (hijos suyos y los hijos de sus tíos loas Aspiazu Sedeño) pero le gustaba hacerles trampas para reírse de ellos, aunque algunos no le seguían la cuerda y entonces se producían graciosísimas discusiones. Cuando regreso de Paris por segunda vez, dice mi tía Carmela, que vino cargado de baúles con juegos como jaquet, parchis, lotería, carreras de caballo y algunos más pues le encantaban estos juegos y se pasaba horas enteras con sus familiares en autenticas veladas y reuniones. Mi hijo Diego ha heredado esta manía de su bisabuelo.
Llego en burro a Playas, a eso de las once de la mañana, pues la balandra lo había dejado en Posorja. Era un sábado, almorzó poco, en su casa alquilada en playas, a tres cuadras del mar, de propiedad de Wenceslao Mazzini y de su esposa doña Micaela. Se mostraba cansado porque estaba a gripado y dijo que lo disculparán porque se iba a su hamaca a hacer la siesta. A la abuela Teresa le pidió una bolsa de agua caliente para ponérsela sobre el pecho a ver si se mejoraba. En eso la abuela le dio la bolsa y regreso a la mesa donde estaban almorzando los Pérez y los Tamayo, cuando oyeron un ronquido feo y la abuela se paró a ver que era, lanzado gritos “Un médico, se muere Federico” porque lo había visto con los ojos en blanco, como para atrás y hasta con espuma por la boca. Entonces Fina Tamayo que era una chica soltera salió corriendo y fue a ver al Dr. Roca, pero cuando regresaron ya estaba muerto el abuelo. Era sábado a eso de las tres, pidieron un barco y mandaron la fabricar un cajón de madera. A eso de las cinco lo embarcaron y fina se quedo recogiendo las cosas de la casa porque todos se vinieron a Guayaquil. La balandra encallo en los bajos y tuvieron que sacar el cajón a un playón, esperando la marea para desencallar. Entonces se le hincho la barriga al cadáver y comenzó a descomponerse. El viaje fue accidentadísimo y los deudos que habían sido avisados por telégrafo fueron dos veces a esperar la balandra, pero en vano. A la tercera fue la vencida y llegaron a Guayaquil a las 11 pm. Lo enterraron enseguida y sin acompañamiento. Los bajos se llamaban “Las correderas del Golfo o las correderas de Bajen”.

Federico G. Pérez pidió (con otro9 al Congreso de 1901 la nulidad de las elecciones presidenciales, por fraude.